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Se atribuye desde siempre al poeta Carlos Drummond de Andrade la expresión: “¡Oh, Brasil, mi continente!”, frase que dice mucho y llama a reflexionar sobre que Brasil mismo, el país, sus colores, su monumentalidad vital y sus culturas son mucho más que una nación, que también eso será. Es decir, un continente contenedor con toda la variedad sincrética que admite su historia y sus componentes. Lia Rodrigues (São Paulo, 66 años), repetidamente, en su magisterio y madurez intelectual, reivindica su papel ciudadano, cívico; no hay una pretensión de liderazgo en ella, sino un expresado deseo de compromiso. Esta es una postura muy cara de los grandes brasileños que conocemos y respetamos y determina lo que vemos en escena. No es sólo un laboratorio que se vale de herramientas al uso, hoy tenidas ya como habituales y estandarizadas en las plásticas, a menudo “brutalistas”, y a las que nos hemos ido acostumbrando como tono, estilos y lenguajes. ¿Por qué? Pues resulta que esa violencia descarnada, inmisericorde, que no se detiene en las personas ni en los detalles más domésticos, se ha expandido en sus dominios, diríamos que domina la acción y el propósito y vigila después el descanso del guerrero. Casi puede asegurarse que se lucha cuando se expone honestamente este drama socio-político y humano que va mucho más allá de la obra artística. Ni capoeira ni carnaval, ni playa ni candomblé para turistas; aquí estamos dentro del monstruo.

La obra de danza tiene en Lia Rodrigues un efecto vehicular preciso. ¡No hay nada caritativo ni ejemplarizante en esta obra! Es tan ridículo como reaccionario querer plantearlo así (o politizarlo con calzador) y esa es la postura que quieren los censores y los diseñadores del nuevo grillete, porque no nos desviemos: hay nuevos y torticeros modelos de esclavitud, los que rondan la posverdad, justifican cierto segregado pintoresco y hasta remodelan la ideología. La intensa misa secreta que Rodrigues imagina en ese círculo mágico y animista tiene su anclaje —y quizás también su bocina principal— en los recursos estéticos del mestizaje y la contaminación, trasvase y amalgama de elementos que una vez fueron foráneos, pero hace mucho son propios. Rodrigues lucha en su obra contra toda falsedad.

Momento de la representación.
Momento de la representación.Sammi Landweer

Fúria, el espectáculo que la creadora ha presentado este fin de semana en el centro Conde Duque de Madrid, es una obra de madurez. Rodrigues acumuló sobre sí misma un espeso magma coreútico y plástico del que cataliza hasta la síntesis actual, su estilo y su voz dancística. Si hablamos de belleza, deberemos hablar de trance y de voluntad extasiada. Eso vemos estructurado con precisión por los artistas (que están escogidos por su autenticidad y fiereza por encima de cualquier convención); hay un usufructo gustoso por el trash art con poco edulcoramiento: el despojo y el jirón siempre lo serán, aunque lo usemos como si fuera seda de Flandes; probablemente para el convencido extasiado, es ya seda pura por mor de la danza y su intención. Esa es la cuestión: hacer de la voluntad lírica un lenguaje cognoscible. Ya lo trató en lo literario Guimaraes Rosa y lo cristalizó en el cine Glauber Rocha tratando el mundo del sertão y sus iluminados. Rodrigues tiene su propia “tierra del sol” con sus dioses y sus diablos, sólo que aquí, parece ser siempre de noche, como en Dante y su viaje por los círculos del averno. El averno es un gran espejo.

El conjunto de los bailarines crea un artefacto colectivo, unitario, potente, orgánico como un monstruo abisal donde habita la leyenda del castigo, la culpa, la búsqueda de redención. Hay creencias transmutándose en certezas. La percusión africana acompaña a ese cambiante tótem procesional que muta y crece, desfila, pasea por su cruel e inhóspito territorio ofertando una catarsis tras otra. Ya dijo Florestan Fernandes que las heridas de la anhelada integración seguían abiertas, que empezaron en el siglo XVI provocando infinitas y crueles variantes en el sacrificio, que continuaba latente y real.

Momento de 'Fúria'.
Momento de ‘Fúria’.Sammi Landweer

A la América portuguesa llegaron los negros africanos como carga subhumana, ¿y de dónde venían? A veces de las mismas zonas originarias de la población esclava de la América hispana o del sur norteño (ese acerbo es compartido). Congo, Angola y otras regiones atlánticas con sus posos culturales, su plantel de dioses y su lengua, sus tambores y sus bailes, su dolor llevado a la oralidad. Presentes están en Fúria la herencia bantú, el malditismo ñáñigo y el atemorizante paso de una especie de Ellegguá del inframundo yoruba. La percusión, monocorde y obsesiva, guía desde el cuerpo a la liberación, quizás mandinga, se impone y radicaliza la atmósfera, donde la trapería informe se convierte en adorno, viste el secreto para un solemne viaje.

Se palpa que la estructura coreográfica ha sido obtenida de manera colaborativa, pues la intensidad es democrática, muy compartida en igualdad de oportunidades escénicas.

Fúria

Coreografía y dirección de Lia Rodrigues.
Sábado 22 y domingo 23 de abril de 2023.
Teatro del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque (Madrid).

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