Carlos Pérez Siquier en una imagen del documental 'Azul Siquier' de Felipe Vega
Carlos Pérez Siquier en una imagen del documental ‘Azul Siquier’ (2019), de Felipe Vega

Carlos Pérez Siquier realizó la gran mayoría de su obra fotográfica al mediodía, justo cuando un fotógrafo sensato guarda la cámara para evitar que el sol destroce su trabajo. La hizo en Almería, su tierra, lugar donde la luz es tan singular como para que el Instituto alemán Max Planck coloque cinco telescopios para observar ese cielo Azul Siquier que es como muchos lo nombran. En cierto modo, guardó el secreto de esa forma de trabajar toda su vida. Su inspiración fue la provincia entera de Almería, una pequeña parte de la costa malagueña y poco más, es decir, su sur. Esa esquina del Mediterráneo donde el viento dicta su ley implacable. Por ese motivo, no me cabe duda, Carlos ha sido un fotógrafo conocido de forma irregular y un poco tardía dada su indiscutible calidad.

Conocí su obra de manera accidental en una pequeña galería de fotografía en París. Cuatro fotos en blanco y negro tomadas en el barrio de La Chanca a comienzos de los años 70. Como sus apellidos se parecían a los del fotógrafo mexicano Álvarez Bravo y yo no conocía todavía aquel barrio almeriense, creí estar ante un fotógrafo extranjero…

Pérez Siquier realizó su obra fotográfica al mediodía, justo cuando un fotógrafo sensato guarda la cámara para evitar que el sol destroce su trabajo

Durante viajes para proyectar mis películas en la ciudad de Almería comenzó a aparecer en ellas un hombre de largo pelo plateado, vestido con modernos y elegantes colores y un aspecto mucho más joven que el que correspondía con su verdadera edad. Una de esas veces, un amigo nos presentó. Hablamos un poco de cine, pero enseguida traté de desviar la conversación hacia el mundo de la fotografía, que era el que interesaba hablar con él, sabía muy bien delante de quien me encontraba. Así nació una amistad que dura hasta hoy.

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El color de Carlos

Durante años, en mis viajes a Almería se han ido sucediendo los encuentros con Carlos y su buen amigo, consejero y comisario de exposiciones, Antonio Lafarque. Con ellos llegaban los viajes a su casa de la ciudad, que te explicaba, por sí sola, tanto por dentro como desde balcones y ventanas, por qué las fotografías de Pérez Siquier son como son. El color de Carlos es el color que te rodea. Captarlo es cuestión de paciencia. Y si hay algo que defina a Carlos y sus cámaras de medio formato es justo eso, la paciencia y un apreciable sentido del humor. Como otro gran fotógrafo, Elliot Erwitt, las imágenes de Carlos salpican por su ironía y lo que él definía como trampantojos. Es decir, destacar detalles visuales más allá de los que ven los demás. Reírte mientras aprietas el obturador.

Como soy un poco lento de reflejos, solo tras dejar pasar un montón de años viéndonos decidí, animado por algún amigo almeriense, rodar un documental sobre él, su ciudad y su tierra. De todo ello salió Azul Siquier. Al principio, Carlos, siempre muy sincero, dudó de su manera de comunicarse, dudó del interés de su obra, dudó de todo… y se equivocaba. Rodamos y nos contó mil detalles de cada una de sus fotografías con una precisión admirable. Habló de La Chanca y los habitantes de La Chanca, un mestizaje inaudito entre payos y gitanos, hablaron de él. Porque no era inhabitual encontrar en muchas de sus casas algún ejemplar de la obra de Carlos. Al fin y al cabo, esas fotos suponían su pasado, su infancia, y muchos de ellos eran sus familiares.

Una de sus fotografías más icónicas, palabra que hoy sirve para todo, es en la que aparece una niña apoyada en el quicio de la puerta de su casa con un modesto vestido blanco mientras la brisa agita el trapo que cuelga de la puerta. Tras hacer la fotografía, Carlos buscó a esa niña durante muchos años sin saber que ella había salido de Almería y vivía en Inglaterra. Muchos años después, la hija de esa niña vio un día una foto en un semanario español y se topó de bruces con el rostro de su madre. Fueron ellas las que buscaron a Carlos. Y fue Carlos el que guardó esa sorpresa para que, por puro azar, ambas estuvieran en el documental en el que Carlos busca con ellas la casa, la puerta, su pasado. Caminan, les seguimos, les oímos y encontramos un lugar que ya no existe. Carlos hace una foto digital rompiendo su tradición analógica. La ocasión lo merece. La niña, una mujer ahora de 70 años, sostiene en sus manos la fotografía de finales de los 50.

En el extranjero Carlos Pérez Siquier es un fotógrafo reconocido. Martin Parr, fotógrafo inglés y director la conocida Agencia Magnum, le dedicó una exposición en El Museo de Arte Moderno de Nueva York al descubrir que otro fotógrafo había hecho 40 años antes lo que él estaba haciendo ahora. Por eso, muchos visitantes actuales creen ver en sus fotos de color un presente cercano. Cuando leen el año en que se ha tomado la foto no dan crédito. Sin duda, otra broma de Carlos que sigue esbozando esa sonrisa burlona con la que unos cuantos hemos disfrutado.



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