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“Voy tatuadísimo, pero las dilataciones y los piercings no me llamaban la atención. Hasta un día, con 22 años o así, dije: me las voy a hacer. Y lo hice a lo bestia, de no tener nada a abrirme un agujero de 20 milímetros en dos semanas. Hay gente que lo hace poco a poco, pero a mí el anillador me dijo que podía hacerlo de golpe con unas agujas de gran diámetro. Ha sido lo más doloroso que me ha pasado en la vida, no recuerdo nada tan fuerte. Y ahora reniego de ellas”.
Alberto tiene 35 años, es madrileño y en 2009, cuando las dilataciones empezaron a pegar fuerte en España, se sumó a la moda y se abrió las orejas. Cuenta que se inspiró en el personaje El Postilla, de la serie web Malviviendo, que llevaba dos enormes boquetes además de un séptum (el aro que cuelga del tabique nasal). Alberto convivió con un par de agujeros de dos centímetros de diámetro durante años, hasta que se cansó y se quitó los pendientes que los sostenían. “A ver si se me cierran”, pensó. Pero no. “Se me han quedado colgando y por el agujero me cabe un dedo entero”, dice.
El boom de las dilataciones en las orejas alcanzó su apogeo entre 2012 y 2013. Aunque hay quien sigue llevándolas y haciéndoselas de nuevas, el progresivo declive de la cultura emo/hardcore que triunfó en los 2000 terminó con su popularidad. Los gráficos de tendencias de Google son muy descriptivos, tanto en inglés como en español, y muestran claramente esos años de crecimiento de búsquedas de las palabras “dilatación de lóbulos de las orejas” y los de “cierre de dilatación de lóbulos”.
Porque al tiempo que sus búsquedas caen, empiezan a colarse otras: las que tienen que ver con arreglar el estropicio. La técnica se llama lobuloplastia y, en contra de lo que muchos creen, no consiste en dar “un puntito”. Hay que perforar la piel para volver a unirla con varios puntos, primero por delante y luego por detrás. Si la dilatación era muy grande y apenas queda lóbulo, habrá que cortar y reconstruir. “Es una cirugía emergente que va a ir a más, seguro”, sostiene con firmeza Francisco Menéndez-Graíño, cirujano plástico asturiano que aunque aún no ha tenido ocasión de intervenir en ninguna oreja con dilatación del lóbulo, sabe claramente cuáles son las tendencias de la profesión. Avisa también Menéndez-Graíño de que “es una cirugía delicada; vas a tener que andar con tejidos que están olongados y eso no es una cosa rápida ni menor”. No es una intervención compleja, digámoslo así, pero sí es ”delicada y que requiere de una actuación meticulosa”, puntualiza el experto ovetense.
Este artículo tiene algo de personal porque una de las autoras del mismo fue de esas personas que en los 2000 se dilató las orejas. Corría el año 2007 y ya había cumplido los 18, pero aún quedaban dos meses de instituto y pasar la Selectividad. “Entre mis amigas sobrevolaba la idea de hacerse ‘dilatas’. Una de ellas, un par de meses mayor, fue la primera en lanzarse. Y yo no podía ser menos”.
El recuerdo que le ha quedado a esta autora fue de “algo dolorosísimo, una tortura autoinfligida” y por fases, ya que se requería de varias semanas hasta ir aumentando el diámetro del agujero: 2 milímetros, 4, 6, 8, 10… “Con los años me cansé de las dilataciones. No de su estética —solo llegué a 10 milímetros y con el pendiente en negro no quedaban mal— sino de su practicidad. Usaba pendientes de una pieza y los perdía habitualmente porque el agujero había cedido un poquito. Existía la teoría de que los agujeros de hasta un centímetro vuelven por completo a su ser. Es mentira. Dos años después, los agujeros seguían ahí. Con un centímetro no se te quedan las orejas ‘colganderas’, pero es tamaño suficiente para que el boquete se vea y quede extraño. Así que, a lo tonto, llevo tres años sin recogerme el pelo en público para disimular”, añade con la experiencia propia.
Hasta no hace mucho las lobuloplastias se hacían a personas (principalmente mujeres) que tenían el lóbulo rasgado por utilizar pendientes pesados. O a otras con lóbulos envejecidos que habían dejado de tenerlos redondeados y querían una reconstrucción. Al consultarle sobre esta técnica al cirujano maxilofacial, experto en estética facial, Samuel Espías Alonso, justo cuenta que acaba de intervenir a una paciente.
Este experto asturiano también ve venir los casos, en aumento, de cierre de dilataciones. “Es lo que tienen las modas; que son algo pasajero, pero a veces suponen una agresión al cuerpo que requiere de una reconstrucción posterior”, dice. Eso por no hablar de que “una perforación hecha a los 20 años no se va a ver igual a los 40; con los años el lóbulo tiende a caer de por sí, pierde turgencia, y si además lo tienes dilatado, puede que el resultado no te guste demasiado”. Ratifica que, como cirugía, no tiene nada que ver un agujero rasgado “que les ocurre mucho a las mujeres por los pendientes grandes o porque sufren un tirón”, que hacer frente al cierre de una dilatación. ”Eso es ya una reconstrucción. Porque ha habido una modificación del tejido y ya no es tan fácil de abordar como un cierre directo con unos puntos. Hay que reseccionar la zona y reconstruir”. Lleva ya intervenidos algunos pacientes y, seguro, le esperan más.
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