Ya ni nos acordamos desde cuándo conocemos al pintor Guillem Darder. Pero debe de hacer mucho, y desde luego fue en tiempos mejores que los actuales, sobre todo para él, pues  desde unos años a esta parte las cosas no le han rodado bien.

Su situación hoy

Primero, porque un mal día de no hace mucho, llegando a casa, ubicada en un segundo piso de una finca, cargado con una bolsa, y al ir a abrir la puerta de entrada, se la colgó del hombro con tan mala fortuna que le hizo perder el equilibrio cayendo por el hueco de la escalera. Por fortuna para él, el pie le quedó enganchado en uno de los    hierros de la barandilla de la escalera,    lo que evitó que se golpeara con la cabeza contra el suelo. ¿Resultado? Múltiples magulladuras, un par de semanas en la clínica y unas cuantas secuelas que le han quedado de por vida, como dolores en uno de sus brazos.

Segundo, como durante la pandemia no pudo moverse mucho, no pudo vender cuadros –y para colmo, la caída por el hueco de la escalera, que le mantuvo durante una larga temporada en el dique seco–, por tanto, no tuvo ingresos suficientes, por lo que no pudo hacer frente a los pagos del alquiler de su estudio, lo que se tradujo en un desahucio. «Menos mal que mi ahijado me guarda los cuadros en un almacén, en Sóller, que si no…». ¿Que qué piensa hacer con los cuadros? «Pues a nada que pueda, una exposición, a ver si tengo suerte…».

Tercero, tiene 88 años, y a esa edad nada es fácil, ni siquiera moverse. Pero, pese a todo, confía que lo que le pase en adelante no tiene por qué ser malo… «Ya que en mi vida –reconoce– he pasado por más situaciones malas que buenas. Porque, cuando trabajaba para un banco, que me destinó a Eivissa, mi mujer, María Luisa, quedó embarazada, y al ir a dar a luz perdió al niño que traía y también murió ella. Fue un golpe terrible que no sé cómo pude superar. Era una mujer extraordinaria, por tanto, pienso que el niño que traía al mundo también lo sería… Pero no pudo ser. ¿Que qué hice…? Además de resignarme como pude, traer sus cuerpos a Mallorca y enterrarlos en el cementerio de Sóller».

Guillem hace una pausa para sacar de una carpeta, que reposa sobre la mesa del bar El Altillo, dónde está comiendo con Alla, una foto en la que está con María Luisa. «Era una mujer increíble en todos los aspectos –dice, sin apartar la vista de la fotografía. Segundos después nos mira…–. Pese a que soy un luchador… Cuando pierdes algo que vale, y ella valía mucho, quedas tocado de por vida». Vuelve a mirar la foto en la que está con su mujer, pasando su dedo pulgar sobre ella… Es evidente que el sentimiento sigue ahí.

«De Eivissa – dice, guardando la foto en la carpeta, y así zanjando la cuestión… Aunque no, pues ella sigue siendo parte de él–, el banco me trasladó a Formentera en plena época hippy –retoma el relato dejado momentos antes–. Y años después me volví a casar y tuve tres hijos… Y me divorcié. Desde entonces, no los he visto más –vuelve a rebuscar en la carpeta para mostrarnos unas fotos en la que él aparece con tres niños–. Son ellos…    Pero hoy ni sé dónde están, ni qué hacen, ni si tienen hijos y me han hecho abuelo. Y si lo soy, tampoco conozco a mis nietos… Está claro que no quieren saber nada de mí, y yo… ¡Pues que siento mucho que suceda esto!», apostilla, a la vez que da un profundo suspiro…

Actor y pintor

Guillem, como hemos dicho, ya dedicado plenamente a la pintura,    participó en Madrid en el Premio Penagos, quedado entre los veinte primeros. También expuso en distintos lugares, como Catalunya, en la galería Catalonia, en la del RAC (Real Automóvil Club), y en Girona, en la Forum Galería. «También hice exposiciones en Palma, por lo que me entrevistaron en los periódicos y revistas, especialmente en este, Ultima Hora, y Brisas… Vamos, que en este aspecto no me puedo quejar. ¡Ah!, y también fui actor –se le ilumina el semblante cuando lo recuerda de repente–. Sí, en mi juventud. Representábamos las comedias en el Teatro Alcázar de Sóller… Por eso en mi tarjeta ponía artista-pintor».

Como decimos, no está solo almorzando en el bar El Altillo. Le acompaña Alla. «Es la viuda de un compañero mío –explica–. De cuando trabajaba en el banco… Es una muy buena mujer. Vivimos juntos más que nada para compartir la soledad, para sentirnos menos solos. Porque juntos estamos mejor que el uno sin el otro».

Alla, que es belga, y que de joven debió ser muy bella, y con mucho estilo, además, asiente. Nos dice que se va a sentar en otra mesa a fin de que hablemos más tranquilos, pero le decimos que ni hablar, que se quede con nosotros… ¡Faltaría más!

Solidario

¿Que por qué hemos quedado con Biel en El Altillo? Pues porque un año más, su espíritu solidario, pese a todo, le ha hecho crear un calendario solidario, en esta ocasión a beneficio de la lucha contra el cáncer. «Saque lo que saque, se lo entregaré…», afirma. Y al decir ha creado, nos referimos a que no solo ha hecho el dibujo, a color, que lo ilustra, sino que ha corrido con todos los gastos de imprenta.

«Siempre, a pesar de los muchos problemas que he tenido, he sido solidario. Cuando en 1992, Sóller acogió a un grupo de refugiadas bosnias, hice una exposición cuyos beneficios fueron destinados a ellas. Cuando hubo la desgracia en Sant Llorenç, hice también otra exposición. Y desde hace diez años, hago este calendario por una buena causa, y de paso me divierto haciéndolo… ¿Que dónde lo puede comprar la gente? Aquí, en este bar, que está en Marqués de Fuensanta, y en el bar Indianápolis, de calle Aragón».



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