miércoles, junio 16, 2021
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Franco fue asesinado mientras Hitler pintaba: ucronía y banalización de la Historia

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Unas horas después del batacazo electoral del PSOE en Madrid, la valoración de los resultados por parte de la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, tomaba forma en clave histórica, tratando de enlazarla con el acto en memoria de las víctimas del nazismo al que acudió. Afirmó, en un inesperado contorsionismo dialéctico lejos de la autocrítica, que la libertad con la que Ayuso hizo bandera en campaña podía ser sinónimo de fascismo. Exactamente aseguró que “hay quien nos dijo que a veces el fascismo aparece con la bandera de la libertad. Con la libertad de quienes pensaron que la limpieza que debían hacer en Europa llevaba a asesinar en los campos de concentración”.

De nuevo, una voz representativa del PSOE insistía en asociar al PP con el fascismo y, en esta ocasión, incluso con el nazismo o el drama de los campos de concentración. El eco mediático esta vez ha sido más sonoro al producirse en la víspera del 8 de mayo, Día de la Victoria, una efeméride que conmemora la aceptación por parte de los Aliados de la rendición de la Alemania nazi y, por tanto, el punto final a ese dramático y sangriento periodo histórico.

Muchos analistas políticos e historiadores llevan mucho tiempo alertando de la necesidad de evitar esa asociación de ideas por no desvirtuar el horror que de verdad supuso el nazismo, o el fascismo de Mussolini, siempre asociado a una violencia extrema o terror. De hecho, uno de los mayores expertos en fascismo, el historiador italiano Emilio Gentile, no se ha cansado de repetir que el fenómeno del ‘todo es fascismo’ es más peligroso de lo que parece porque lo desvirtúa.

Otro historiador, Julián Casanova, coincidió en este sentido en señalar que los historiadores nunca utilizan el término fascismo para descalificar, sino como un hecho histórico violento y, como Gentile, advierte del peligro del ‘si todo es fascismo, nada es fascismo’.

Es por tanto, según los expertos, necesario conmemorar el fin del nazismo o fascismo desde un punto de vista pedagógico. El Día de la Victoria debería servir para entender bien el fenómeno, cómo llegó a ocurrir y, además, para desterrar para siempre esta asociación de ideas recurrente que se produce en el ámbito político, que banaliza los términos y, además, ofende a aquellos familiares de los que vivieron ese horror.

Si Hitler hubiera seguido pintando…

En medio de esta peligrosa y habitual utilización política de los términos hay una obviedad, y es que se produce porque el fascismo, el franquismo, el nazismo o el comunismo fueron movimientos que tuvieron mucha fuerza en un momento concreto de la Historia. Pero… ¿y si jamás se hubieran producido?
Este ejercicio en Historia se llama utropía, que no es otra cosa que la reconstrucción del pasado sobre datos hipotéticos. Y es que, en el caso del nazismo hubo una concatenación de casualidades, causalidades y permisividad social que llevaron a un horror que, quizá, pudo haberse evitado si la persona que lo encarnó, con bigote, hubiera logrado materializar su sueño de juventud a principios del siglo XX.

En septiembre de 1907, un joven pintor viajaba ilusionado a Viena con el propósito de ingresar en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de la ciudad. Sin embargo, y pese a la confianza en sus dotes pictóricas, fue rechazado en dos ocasiones, algo que desató en él un profundo malestar, “como si hubiese caído sobre mí un rayo del cielo”, dicen que repetía. Este hecho cambió el rumbo de su vida y este muchacho, llamado Adolf Hitler, pasó de pintar paisajes sobre lienzos a cambiar por completo, años después, el paisaje de Europa sobre planos militares. Ya que estaba, y puesto a hacer historia, también se convirtió en el responsable del mayor conflicto armado de la historia de la humanidad, mientras subía al podio de la vergüenza de los mayores genocidas.

Adolf Hitler pasó de pintar paisajes sobre lienzos a cambiar por completo el paisaje de Europa sobre planos militares»

Poco va a cambiar hoy pensar qué hubiera ocurrido de haber sido aceptado en la Academia. Quizá nada de eso hubiera tenido lugar, quizá su carácter nunca se hubiera llegado a crispar tanto como para liderar ese horror… o quizá sí. Nunca lo sabremos porque realizar este ejercicio de utropía es inútil, pero a veces es un pensamiento inevitable al valorar las circunstancias previas.

El asesinato que acabó con la vida de Francisco Franco

Si hacemos estas mismas conjeturas históricas aplicadas al instante que precedió a la Guerra Civil española, y al mismo conflicto, este ejercicio es exactamente igual de inerte, tampoco cambiará nada, pero al menos resulta más cercano. Sería infinito aventurar qué hubiera sido de España si no se hubiera asesinado al teniente Castillo. Quién sabe, es probable que no hubiera provocado el asesinato posterior del líder de la derecha José Calvo Sotelo, o quizá sí. Podemos jugar a adivinar quién hubiera liderado el bando sublevado si Sanjurjo no hubiera subido a esa avioneta que se estrelló, o qué hubiera sido de España si la República hubiera tomado más en serio la amenaza del golpe. Metidos en batalla, podríamos pensar que la guerra se hubiera terminado en pocos meses y provocado menos muertes si Franco no decide darse el homenaje de rescatar el Alcázar… Muchas son las hipótesis y todas conducen a la misma nada.

Resulta interesante, una vez que contamos con el spoiler de que Franco murió en la cama en noviembre de 1975, conocer algunos hechos que reflejan que la Historia, al menos aplicada a la figura del gallego como gran protagonista, pudo haber cambiado radicalmente de haber triunfado algunos de los intentos de atentados que se proyectaron contra su persona los días previos a la sublevación y durante el conflicto bélico.

El primero tuvo lugar el 14 de julio de 1936, cuando el golpe militar era bastante más que un secreto mal encubierto. En ese instante, algunos creyeron que asesinando a los principales instigadores también se enterraría la amenaza de esa guerra inminente. Entre los que quisieron llevar a la práctica sus certezas se encontraban los anarquistas Antoni Vidal, Antonio Tejera y Martí Serasols, quienes siguiendo las premisas del Comité Confederal de la CNT de Canarias y la FAI, decidieron, según relata el historiador A. Batista en Matar a Franco. Los atentados contra el dictador, ejecutar al por entonces comandante militar de las islas, Francisco Franco Bahamonde, un militar que en ese momento todavía mantenía su juramento de lealtad a la República y del que no se podía ni intuir la importancia que tendría tiempo más tarde.

Antoni, Martí y Antonio, después de pedir ayuda al gobernador civil de la República en Canarias, Manuel Vázquez Moro, quien se la negó, se acercaron en busca de apoyo logístico a la propietaria del restaurante Odeón, situado en la plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife. Desde ese lugar existía un acceso a la nave del pabellón donde se ubicaba la habitación de Franco. La noche del 14 de julio los tres hombres llegaron hasta el dormitorio donde descansaba el futuro dictador, pero encontraron la puerta y la ventana con el cerrojo echado.

El asesinato de Calvo Sotelo, llevado a cabo justo un día antes, sumado a la inestabilidad política y social, habían provocado que Franco tomara algunas precauciones para garantizar su integridad y, por ello, bloqueó todo acceso a su habitación. Los asaltantes, según los testimonios de la época, solamente lograron realizar algunos disparos cargados con frustración antes de huir, y no solo fracasaron en su intento sino que ni tan siquiera lograron alterar su sueño. Es curioso porque tiempo después, el 13 de octubre de 1936, el mismo gobernador civil de Canarias que se negó a prestar su ayuda para que estos hombres asesinaran a Franco, era fusilado por las tropas franquistas.

Un día más tarde de este grotesco intento frustrado por un cerrojo, el 15 de julio, en el marco de este clima de violencia generalizado, era asesinado el general Amadeo Balmes en Canarias. Franco acude al entierro y, un día después, en la noche del 16 de julio se embarca en el vapor Viera y Clavijo desde Tenerife, rumbo a Gran Canaria, para iniciar la sublevación militar.
En ese mismo barco también se encontraba Amadeo Hernández Hernández, un personaje acusado de querer volar el Hotel Madrid, edificio en el que se alojaba Franco en Canarias. Fue detenido armado con una pistola Parabellum y acusado de intento de asesinato por orden directa del Frente Popular. Su último viaje fue a la Península, donde fue fusilado junto a tres personas más, según refleja el informe de los Estudios de Historia Social en 1989.

Los intentos de asesinar a Franco no quedaron ahí durante esas horas, ya que el mismo día en el que España saltaba por los aires, el 18 de julio, hubo uno más. Ocurrió cuando Franco se traslada a la base aérea de Gando para volar hasta Marruecos y ponerse al frente del ejército de África. Allí, y tras un periplo de aterrizajes clandestinos le esperaba el piloto inglés Cecil William Henry Bebb y el famoso avión Dragon Rapide que finalmente sacó al militar de su exilio canario.

Los intentos de asesinar a Franco no quedaron ahí durante esas horas, ya que el mismo día en el que España saltaba por los aires hubo uno más»

Para llegar a la base, Franco debía tomar el camino habitual a través de la carretera del sur, un itinerario que le obligaría a pasar forzosamente por el túnel de La Laja. En ese angosto pasadizo le esperaba un retén armado que pretendía tirotearle a su paso.

Pero Franco volvió a ser precavido y decidió llegar a Gando por mar. Tomó una embarcación en el antiguo muelle de Las Palmas y alcanzó la bahía, donde subió al Dragon Rapide, en lo que se convirtió en un vuelo que quedó para la historia de España.

Por este intento de asesinato se acusó al militante comunista Juan García Suárez, El Corredera, quien pasó más de 22 años huido de la justicia hasta que en octubre de 1959 fue asesinado por garrote vil, acusado de rebelión militar e intento de asesinato de Francisco Franco.

No fueron los únicos intentos. Hubo muchos más. En concreto los servicios secretos de Franco detectaron decenas de casos. Entre ellos destacan los de Ananías San Juan, un piloto que tenía intención de estrellar un avión con Franco de pasajero y que, al ser designado como piloto suplente y no lograr su objetivo, decidió un día después cambiar de bando y aterrizar en zona republicana a los mandos de un avión nazi. También la inteligencia franquista detectó a cinco hombres gallegos que viajaron en barco desde Nueva York con la intención de asesinarle, o a varios aviadores franceses que buscaban ese final para el futuro dictador, también sin éxito. Hubo incluso un periodista mandado por Stalin con la intención de entrevistar y asesinar a Franco, o guerrilleros denominados como Grupos de la muerte que tenían entre sus misiones la de acabar con su vida, según reflejan diferentes documentos oficiales que descansan en los archivos de guerra españoles.

Lo que vino después de la guerra española, a nivel patrio y a nivel europeo, ya lo conocemos. Hoy, Día de la Victoria, día del fin del horror, los expertos animan a los responsables políticos que es fundamental recordar el pasado para no repetirlo, no para banalizarlo.





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