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Después de los retrasos que supusieron la burocracia, luego la transición de régimen y finalmente los varios meses de inactividad debido a la pandemia, el gobierno inauguró las ampliaciones en el Aeropuerto Internacional Monseñor Óscar Romero, en Comalapa. Los trabajos ampliaron en más de 20 mil metros cuadrados la infraestructura y sin duda facilitarán el trabajo de las más de doce aerolíneas que conectan a El Salvador con el mundo a través de unos 660 vuelos semanales.
En su discurso, el presidente de la República sostuvo que esta obra forma parte del impulso al turismo, que es una de las 10 acciones a través de las cuales se inyectará nueva dinámica a la economía nacional. Y no se equivoca cuando reconoce en la industria turística un potencial de crecimiento, una promesa que El Salvador no ha logrado ver materializada ni cercana siquiera a su mediano potencial.
Hay que reconocer que América Central, concebida como un multidestino turístico común, no comenzó a desarrollarse sino en el último cuarto del siglo pasado, luego del cese de los conflictos armados en la región. Pero desde entonces, lo que debió ser una carrera entre todos estos países por explotar la compartida y privilegiada condición interoceánica y de puente biológico y cultural entre «las dos Américas», ha exhibido las debilidades de unos y las fortalezas de otros estados.
Esa es la principal explicación a lo que los costarricenses están facturando en esos términos versus sus vecinos del Triángulo Norte y Nicaragua, pese a que la ubicación geográfica, la dotación de recursos naturales, el clima y la riqueza cultural son en esencia los mismos, con matices que no pueden considerarse decisivos.
La principal distinción es que Costa Rica desarrolló todo un concepto de oferta turística alrededor del ecoturismo y tomó las decisiones políticas que soportan esa construcción, desde contenido educativo, una concienciación transversal acerca de la biodiversidad y la protección medio ambiental y capacitación de la fuerza laboral que le da atención y mantenimiento a esa industria. Sobre qué tan efectivo ha sido su esfuerzo conservacionista, basta decir que de las 557 áreas protegidas de Centroamérica, Costa Rica tiene el 28 % del total.
El resto de países va a la zaga de Costa Rica, pues sus destinos turísticos no gozan de una identidad, ni siquiera los del Mundo Maya, y a eso cabe añadirle que como todos buscan ofrecerse como posibilidad a mercados similares con productos parecidos, sus posibilidades son limitadas.
El Salvador goza, no obstante, de algunas características poderosas: extensión territorial, conectividad terrestre y aérea en la que se ha invertido en el último decenio, y destinos medianamente desarrollados de belleza innegable tanto en el litoral como en los golpeados ecosistemas que todavía sobreviven a la depredación voraz. Pero otros factores le juegan en contra, ya que volver atractivo un país no sólo se consigue con acciones de alcance limitado ni con inversiones quinquenales, sino con una buena promoción de la marca país.
Y esa es una de las asignaturas en las que El Salvador reprueba desde hace dos años, cuando el presidente creyó buena idea sumarse al listado de los enemigos continentales de la democracia, en uno de los voceros antiamericanos más notorios y en especialista en la criptocultura, arriesgando la economía nacional. Así que por más actos de relaciones públicas de los que Bukele quiera regodearse a los cuatro vientos, la paradoja es que su retórica, las líneas de su discurso y la inercia de sus decisiones políticas son la principal contrafuerza para que la economía despegue, como ya lo ha certificado el Fondo Monetario Internacional.
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