• La organista más longeva del mundo actúa este sábado en Santoyo, Palencia, en uno de los ocho conciertos que ha confirmado para este verano


  • En el último año, ha terminado las grabaciones de la integral de Arauxo y ha inaugurado el órgano de la iglesia de san Felip Neri de Barcelona


  • El Premio Nacional de Música 2021, que ensaya en silencio por una acusada sordera, ha confirmado ocho conciertos para este verano

Montserrat Torrent tiene ocho conciertos este verano. Este sábado, 23 de julio, actúa en Santoyo, Palencia. Le llueven invitaciones para tocar en los mejores órganos de la geografía española. No es para menos: en 2021 fue Premio Nacional de Música en la modalidad de Interpretación y con 96 años es la organista más longeva del mundo. Pese a su edad, Torrent no ha bajado el ritmo. Estudia a diario en su piso de Barcelona y en silencio debido a una acusada sordera. Cuenta, con la ayuda de un programa que le transcribe las preguntas de su interlocutor, que sí que oye la música. La conoce tan bien que cualquier corte, por nimio que sea, le produce «un gran dolor». Acaba de publicar las últimas grabaciones de su monumental integral de Correa de Arauxo y explica, orgullosa, que la reconstrucción del órgano de Sant Felip Neri ha sido «una de las obras» de su vida.  

Pregunta: Empezó primero a tocar el piano. Cuéntenos sus inicios.

Respuesta: Mi madre era muy buena pianista. Fue mi primera maestra. Fue alumna de Enrique Granados y a sus 7 hijos nos dio una educación musical. En mi casa la música era lo más normal. Mi padre era médico pero tenía pasión por la música. Vivíamos en una casa muy grande con una sala inmensa. Contrataba a músicos que tocaban en casa para los amigos. Recuerdo a todos sentados, embelesados.

A los cinco años, mi madre vio que tenía facilidad con el piano y se lanzó a darme clases todos los días. Me ponía unos sobrecitos en los que había vestidos para una muñeca de cartón. Me los daba si hacía bien los ejercicios. Para mí era un estímulo tremendo.

P: ¿Qué le llegó de Enrique Granados a través de su madre?

R: Era un hombre de gran inspiración. Más que su técnica, llamaba la atención su interpretación tan expresiva. Era como acariciar el instrumento. Era poético y precioso. Quedan pianistas como él, como Josep Maria Colom. Cuando tocaba se me llenaban los ojos de lágrimas.

P: ¿Por qué cambió al órgano?

Tras la Guerra Civil, la situación económica de mi familia fue pésima. Mi padre no podía costearme la Academia Marshall (famosa escuela de música fundada por Enrique Granados). Unos primos nos invitaron su casita en Santa Coloma de Farners. Allí íbamos a la iglesia y un día escuché algo que sonaba fantástico, tocaba el doctor Jubany, que fue cardenal de Barcelona. Me recomendó que me matriculara en el conservatorio municipal de música de Barcelona. Empecé con ejercicios muy aburridos, hasta que un día pude tocar la Coral de Bach. Se abrió otro mundo ante mí. Sólo quería tocar el órgano. Además era muy tímida y pensé que con el órgano nadie me vería. Pero ocurrió al revés.

P: ¿No deseaba exhibirse ante el público?

R: No. Hice toda la carrera de órgano para mí. Luego me invitaron a dar clases. Estuve años enseñando sin titulación y fue un disgusto para mis padres, que finalmente vieron que obtuve el título de catedrática. Me di cuenta de que sabía poco y quise aprender más. Obtuve becas del Instituto Francés, de la Fundación Juan March, fui a Siena, a París, pude escuchar órganos importantes.

Tras la guerra, me dijeron que si daba un concierto me lo compensarían con 350 horas de servicio femenino. Fue entonces cuando di mi primer concierto. Vino alguien que no tenía nada que ver con el servicio y me dijo que tenía una barra de oro en los pies. Ahí empezaron mis ganas de aprender y de no quedármelo sólo para mí.

P: Hasta el año pasado que recibió el Premio Nacional de Música. ¿Qué supuso para usted?

R: Fue una sorpresa. Años atrás habían pedido que me lo dieran y no tuvo resultado. Y me lo dieron sin haberlo pedido. Pensé que premiaron a la constancia, a una vida de estudio. Era inesperado a mi edad.

P: Hay pocos organistas con 96 años.

R: En activo, creo que no hay nadie más.

P: ¿Piensa en retirarse?

R: Mientras tenga salud y vea que no hago el ridículo y que la gente se emociona, no. Las personas de edad no nos podemos quedar en casa retraídas. Hemos de luchar por lo que amamos. Estarse sentado esperando a que venga la muerte es horroroso. Si algo no te sale y estudias más, de repente sale. ¡Esto es vida! Te olvidas de los achaques y vives en otro mundo. Acabo de pasar la covid, y me costaba mucho moverme. Tenía miedo de haber perdido facultades, pero ya me vuelvo a levantar a las 5.

P. ¿Cuál es su rutina diaria?

R: Me levanto a las 5 de la mañana y estudio durante dos horas. Después desayuno, me ducho y respondo correos y mensajes con la tablet. Leo el diario para saber qué pasa en el mundo y estudio otra hora. Almuerzo a las 12h. Hago los crucigramas de La Vanguardia y duermo una siesta estupenda. Luego otra hora de estudio y después ocio, lo dedico a leer, gusta mucho. Enriquece saber otras cosas que no sean sólo música.

P: ¿Ha tenido que sortear barreras en un mundo dominado por hombres?

R. La verdad es que sí pero entonces no sabía que era por eso. Me llegaron a insultar. Llegaron a decir: «¡Qué se ha creído! ¡Se cree que tiene la verdad absoluta!». Me limitaron la programación, si tocaba música del siglo XVI no podía tocar del XIX. Siempre lo atribuía a mi manera de ser, retraída y poco simpática. Ya no soy retraída. Ahora es distinto, ahora es la hora de la verdad. Ahora las críticas no me pueden hacer ningún daño.

P: ¿Cuáles han sido los momentos más emotivos de su carrera?

R. Mis padres decían que había dejado un instrumento sensible, como es el piano, por un instrumento insensible como es el órgano. Es cierto que no puedes hacer fuertes y pianos pero sí que se puede tocar expresivamente. Un día al acabar una actuación, un ciego vino a hablar conmigo. Le dijeron que no le escuchaba porque soy sorda y el hombre puso mi mano en su corazón y la apretó fuerte. Me emocioné en grande porque el ciego no había visto gestos ni nada de nada, pero la música le había entrado en el corazón.

P: ¿Usted oye lo que está tocando?

R: No oigo las notas y estudio en silencio. Pero sí que oigo la música porque la conozco muy bien. Si alguien toca algo que no he escuchado en mi vida me voy a perder, pero si tocan algo que conozco no me pierdo porque sé perfectamente la nota que viene. Escucho en horizontal. Cada voz tiene un recorrido. A veces doy alguna clase y digo: «Aquí has cortado». Lo escucho porque había un recorrido y han cortado en medio. Hay que prestar mucha atención pero se puede.

P: Ha participado en la restauración del órgano de Sant Felip Neri, destrozado durante la Guerra Civil ¿Es un órgano especial para usted?

R: Sí, me lo han dedicado, lleva mi nombre. Sacrifiqué muchas horas pidiendo dinero para su restauración. Ya tenemos la madera del órgano mayor pero faltan muchos tubos y el juego de pedales. Nos faltan 450.000 euros todavía pero creo que lo conseguiremos. Creo que ha sido la obra de mi vida por todo el tiempo y esfuerzos que dediqué por míseros donativos.

P: ¿Cuáles son sus principales proyectos a la vista?

R. Este 2022 tengo ocho conciertos y para 2023 tengo uno. No me quiero comprometer sin ver cómo está mi salud, mi cabeza y mis dedos, quiero vivir tranquila. Ya no puedo viajar sola, necesito asistencia. Este verano ha sido una locura. Yo creo que me quieren despedir, quieren que me vaya contenta y que toque en órganos bonitos. Y yo he aceptado. Otro deseo que tenía era completar la integral de Correa de Arauxo y ya se ha hecho.





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