Tengo 15 años y tengo miedo de dormir sola. Me da vergüenza decir esto, pero hemos pasado mucho miedo. No sabías qué podía pasar el siguiente minuto y nos despedíamos a cada rato de esta vida». Es la respuesta de Fania Bratunets cuando se le pregunta por las seis semanas que ha vivido bajo ocupación de Rusia en Ivankiv, al norte de Ucrania y muy cerca de Chernobil. Faina viaja cada verano desde hace siete años a Euskadi, como otros cientos de niños de esta zona próxima a la central nuclear. «Yo voy a Getxo. Allí está Virginia, mi segunda familia, y mis amigos, y estoy deseando regresar», asegura en un perfecto español.

Con una entereza que abruma, recorre el jardín de su casa acompañada de su pastor alemán, Chery, y señala un cráter junto a una de las paredes. Un proyectil impactó aquí mismo, pero no explotó. «Fue como si un avión se estrellara. Estábamos en casa, escuchamos ese fuerte sonido… pero al final no pasó nada», asegura. El artefacto sigue allí, clavado en la tierra a la espera de que lo retiren los especialistas de las fuerzas ucranianas.

Las tropas rusas se han retirado del norte de Kiev y su herencia es muerte, destrucción e incomunicación. Las zonas que ocuparon se han convertido en un agujero negro sin cobertura de ningún tipo y esto ha generado gran ansiedad entre las familias que desde hace años acogen a estos niños. Solo hay pequeñas islas en las que se puede hacer una llamada al exterior. En Ivankiv, que antes de la guerra tenía 10.000 habitantes, esa isla está en un noveno piso donde vive la abuela de Faina y desde donde contactó por primera vez después de semanas de silencio con su familia de adopción en Getxo.

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Faina ha vivido toda la ocupación rusa en primera persona. Los soldados y los tanques patrullaban las calles de Ivankiv, donde no hubo excesiva resistencia de las fuerzas ucranianas y por eso no hay tanta destrucción en el casco urbano. Esta fue la zona que primero ocuparon y de la última que salieron, y en su despedida destrozaron el puente principal de acceso sobre el río Téteriv, con lo que ahora la única forma de entrar y salir es por un puente provisional instalado por el Ejército.

El viaje a Kiev es de 90 kilómetros y antes se realizaba en una hora y media. Ahora puede llevar más de seis, según las colas de vehículos en los puentes y el barro que haya en los caminos alternativos que hay que tomar por los bosques.

Sin electricidad

A unos minutos en coche de Ivankiv se llega a la aldea de Sukochi, donde vive Anna Mertel con sus padres, dos hermanos y abuela. Es un lugar tranquilo, alejado de la ruta principal por donde circulaban los tanques rusos, pero donde los sonidos de la guerra «nos aterrorizaban y por eso pasamos cuatro días encerrados en el sótano», recuerda esta niña de 13 años en un dulce euskera con acento de Oñati. Viaja a Gipuzkoa desde hace seis años y su última visita fue en Navidad. Pocas semanas después de su regreso estalló la guerra y se cortó toda la comunicación con «mi aita Iñaki, mi ama Zorione y mis dos hermanos Eneko y Unax, que son más pequeños que yo», lamenta. En Sukochi no hay edificios de nueve plantas con islas de cobertura para los móviles, solo humildes casas de campo alineadas una junto a la otra con sus huertos y chimeneas humeantes.

En esta parte de Ucrania no hay electricidad, pero sí gas y en la cocina de casa de Anna no falta nunca una buena cazuela de patatas cocidas con cebolla. Los supermercados están cerrados y la comida escasea por lo que viven de lo que les da la tierra. Esta semana ha llegado la primera ayuda humanitaria a la plaza de Ivankiv y poco a poco las autoridades esperan ir mejorando los servicios.

No hay electricidad y Anna no puede escuchar los discos de la serie juvenil ‘Goazen’, su favorita en la televisión. Lee para su hermano pequeño historias de ‘Nur’ y cuenta las horas para volar de nuevo a Oñati, aunque esta vez, teniendo en cuenta la incertidumbre que reina en su país, asegura que «me gustaría ir con mi madre y dos hermanos hasta que las cosas se tranquilicen, hemos pasado mucho miedo».

Faina y Anna están unidas por ser niñas de Chernóbil, por haber vivido bajo la ocupación rusa y porque ambas tienen más que nunca su vista puesta en sus hogares de adopción. Más de cuatro millones de ucranianos son ahora refugiados en otros países debido a la guerra. Ucrania es un país de despedidas y puede que pronto Getxo y Oñati sean escenario de dos cálidas bienvenidas.

Fania posa junto al que era el puente principal de acceso a Ivankiv sobre el río Téteriv, destrozado por el Ejército invasor.



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