Dicen, y humildemente creo con firmeza que no falta razón a quien lo afirma, que la belleza jamás está en lo observado. Somos los observadores los que, en contraste con lo vivido, descubrimos en lo admirado características que, de un misterioso modo, nos llevan a vivir una experiencia que desata nuestra química interna hasta sentir emociones. Pues que vivan los neurorreceptores. 

Jamás he padecido un síndrome de Stendhal visual, pero quizá sí auditivo. Reconozco sin pudor que hay canciones cuyos acordes me han transportado, en un torrente neuroquímico casi lisérgico (endógeno, conste) a cotas elevadísimas de incluso espiritualidad. Quizá la más popular de las que conservo en mi memoria musical sea la que traigo. Una que sencillamente se llama La Mujer Más Hermosa Del Mundo. Ay, la belleza que esconde la simplicidad.

Sí, llega San Valentín por obra y gracia de los intereses comerciales que nos trajeron ya a los Reyes Magos de Oriente y hasta el “black friday”. Pero bueno es que, como ocurre en Navidad, haya fechas para recordar a los más mastuerzos (y que me perdone el reino vegetal) que algo hay de magia en la vida a la hora de amar.

Es esa distancia que necesitamos para no ver los poros a la piel de Mona Lisa, ni los píxeles de la pantalla en la foto de un precioso amanecer

Prince Rogers Nelson, con siete años, vivió la belleza intocable del piano que su padre dejó en el salón el día que se fue de casa. Más lejano, más hermoso. Me suena, eso. Es esa distancia que necesitamos para no ver los poros a la piel de Mona Lisa, ni los píxeles de la pantalla en la foto de un precioso amanecer. De cerca veríamos las imperfecciones, los surcos y los inevitables fallos del onírico mundo que el creador de la obra nos quiere hacer llegar. No quiero verle los poros a esta canción. No quiero ver la enorme frustración que puede camuflarse en un hombre escondido tras un símbolo. Sí, amigo, recuérdese el momento “ya no me llamo Prince” y luego un tema llamado My name is Prince. Al final hubo quién se hartó y comenzó a etiquetar los discos como TAFKAP (acrónimo inglés de “el artista antiguamente conocido como Prince”. Es para estar harto.

Bueno, pues así se mantuvo el muchacho, con sus alzas y tacones, dando la nota a golpe de genialidad durante todo el tiempo que anduvo por el planeta que compartimos. Muy nombradas sus fiestas post-concierto, y toda una serie de hechicerías que, reales o no, contribuyeron a su fama mundial.

Una limusina paró en aquella esquina y abrió las puertas del cielo para ella

Creo que voy a ser discreto si no cito nombres, pero no puedo evitar citar la experiencia que vivió una buena amiga y compañera radiofónica cuando se citó con él en una conocida calle de Madrid, allá por los 90. Una limusina paró en aquella esquina y abrió las puertas del cielo para ella. El cantante jamás acudió a la emisora para promocionarse, pero sí aceptó una suerte de “entrevista”, que acabó siendo a mi amiga. “¿Cocinas?” “Háblame de tu familia”. Estas eran las preguntas que soltó el “genio de Minneapolis” a mi confidente, que no salía de su asombro, ni del vehículo que les transportaba. Ni grabar ni nada, claro. Lo comprendimos.

Mucho Purple rain, pero es inevitable para un romántico como yo destacar que la primera canción de su primera maqueta fue una versión de Love Unlimited del grandísimo Barry White. Sus neurorreceptores también ansiaban amor. Y en estas que, en algún momento de una historia que no estoy contando, apareció Mayte. Ella sí que se dejaba ver por la radio, Warner mediante. Bueno, la muchacha me dio la impresión de aceptar un acuerdo en virtud del cual se dejaba querer, a cambio de la lógica admiración arrolladora al personaje. ¿La realidad? Es subjetiva. Supongo que sería algo como “vamos a pillar el colocón de nuestra vida en eso que llaman enamoramiento, y voy a nombrarte la mujer más bonita del mundo”, le diría con la mirada. Y con la música. Y con un vídeo en el que hay varios grandes mensajes.

Pues no consta en Spotify esta preciosidad, por aquello de los intrincados mundos de los derechos legales. Su ausencia en nuestra lista será como la presencia de un padre ausente que el pequeño genio quiso alcanzar aprendiendo por sí solo a tocar su piano.

Un buen amigo sabio me dijo una vez que el enamoramiento y el amor solamente tienen en común un par de sílabas. Y cada año estoy más de acuerdo con eso. Pero, créame el lector, hay algo sencillo y maravilloso en ese pequeño gran acto instintivo de cantar a la mujer a la que se ama, preso de pura admiración. Feliz día de los amantes.





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