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El pasado fin de semana hablamos con Marily Coll, algo que deberíamos hacer con más frecuencia. Sí, porque aparte de que es un placer hacerlo, siempre tiene cosas que contarle a uno. A Marily la encontramos triste debido al fallecimiento de su amiga Olivia Valère, a quien conoció a poco de instalarse ésta en Marbella, donde tras derrocar a la que por entonces era reina de la noche y –¿por qué no? del día también– Regine, sentó sus reales y marcó la pauta. Lo hizo ya fuera en restauración como en ocio nocturno de alto nivel. Era una mujer poderosa y con mano dura para los negocios, pero que en cambio era educada y amable en las distancias cortas, de lo cual podemos dar fe, pues fueron muchas las ocasiones que compartimos con ella. No se esperaba de ella postureo, pues no existía, lo cual hacía que las veladas no se interrumpieran a base de selfis, que tampoco eran posibles dado que la telefonía móvil, como mucho, estaba en pañales.
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