Manel Barriere | En mi memoria, la ciudad alicantina de Torrevieja está irremediablemente ligada al concurso televisivo Un, dos, tres. El momento en el que Mayra Gómez Kemp terminaba de leer la tarjeta ganadora y anunciaba “un apartamento en Torrevieja, Alicante”, suscitaba estimulantes imágenes indefinidas de luminosa felicidad entre los aplausos del público y el jolgorio generalizado. Con el tiempo llegué a entender el valor simbólico y político de un lugar convertido en acontecimiento, como el de tantos otros lugares de la geografía española híper explotados por el turismo masivo.

Paradigma del desarrollismo salvaje, un no lugar que no he visitado nunca ni lo pretendo. Entonces cayó en mis manos la novela de J.M. Sala, Arde Torrevieja, una novela escrita desde dentro, desde el vientre de la bestia, que desentraña la vida y milagros de quienes protagonizaban, entre bastidores, la transformación de un pequeño pueblo de costa en uno de los buques insignia del sector turístico español.

El turismo es una de las actividades económicas más destructivas con el paisaje y el medio ambiente en general, una de las que más especulación urbanística ha promovido y mayor precariedad laboral ha generado. Sin embargo, también goza del prestigio de ser considerada uno de los motores de progreso del país. Esta contradicción se viste de promesa, la promesa de una vida mejor por el camino de la deuda: el crédito que proveerá de coche seguido de la hipoteca que proveerá de casa seguido de un nuevo crédito para un coche más grande y así mientras la rueda siga girando. Es el modelo de la “España de las piscinas” que tan buenos réditos electorales le ha dado al PP hasta hoy mismo.  

Arde Torrevieja consigue imbricar varios géneros para tejer una trama que nos adentra en la cara B de la burbuja inmobiliaria ligada al turismo. Los personajes, trabajadores de la construcción y sus familias en uno de los momentos cumbre del proceso, viven rodeados de fantasmas que actúan como una suerte de ángeles de la guarda trágicos, pues no consiguen evitar que la vida les pase por encima a sus protegidos como si de una apisonadora se tratara. La novela constituye así un testimonio de primera mano de la destrucción y el sufrimiento silencioso, invisible, que trajo consigo la consecución de esa famosa frase de ministro franquista: convertir a los proletarios en propietarios. La destrucción de la realidad material, natural y social, del país y el sufrimiento de su gente (proletaria, claro), un sacrificio para el lucro de unos pocos.

Pero toda novela tiene su contexto, y en el contexto actual, Arde Torrevieja mira en dos direcciones. Mira al pasado de la ciudad y del propio escritor, pero desde ahí pronostica o refleja un futuro que identificamos con nuestro presente, para seguir mirando más allá, hacia un devenir que nos atenaza. Pasado, presente y futuro se sobreponen como en una figura cubista, y la imagen resultante nos empuja a plantearnos una cuestión fundamental: ¿en qué momento nuestra vida se convirtió en una distopía? o hablando en plata, ¿en qué momento se fue todo a la mierda?

Porque la incertidumbre que atravesamos ahora respecto al futuro tiene que ver con el momento en el que abrimos los ojos y nos damos cuenta de que el capitalismo ha superado todos los límites, del planeta y de la vida misma, pero las consecuencias de la catástrofe son evidentes desde hace décadas. De ahí una extraña sensación al leer Arde Torrevieja, la sensación de que nos habla del futuro desde el presente, de que no se trata de una novela histórica sino distópica.

La utopía liberal es la distopía que vive la gente de abajo, sepultada por toneladas de arena, acero y cemento. Proletarios expulsados de la rueda, convertidos en fantasmas que nos advierten del desastre que se avecina si no cambiamos el rumbo, si nos dejamos llevar, como los personajes de la novela, por una promesa de progreso ilimitado que todavía hoy en día mucha gente se cree a pies juntillas. Arde Torrevieja es una novela de fantasmas, pero tal vez esos fantasmas seamos nosotras y nosotros mismos emitiendo señales de alarma desde algún rincón de la memoria.

Arde Torrevieja



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