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Marcel Duchamp es un nombre ineludible de la creación artística y la cultura contemporáneas. Su sombra fantasmal nos persigue, quizá sin darnos cuenta, a cada paso que damos. Las preguntas con que interpeló a la concepción tradicional del arte son, en realidad, interrogaciones definitivas sobre la existencia humana. Nació en 1887 en una pequeña localidad normanda y falleció en 1968 a orillas del Sena. Residió largas temporadas en Nueva York y viajó a Alemania, Argentina y España, donde hizo una excursión de Sevilla a Madrid, pasando por Toledo. En sus últimos años, holgazaneó en Cadaqués todos los veranos, en compañía de viejos amigos, como Picabia y Dalí. En sus estancias en la costa catalana se entretuvo con arreglos caseros, hizo pícnic, visitó el lugar en el que Buñuel había rodado «La edad de oro», jugó al ajedrez, actividad que en su caso fue mucho más que un pasatiempo favorito, y recolectó materiales que luego incorporó a «Etant donnés», obra que realizó en secreto durante veinte años, cuando todo el mundo creía que estaba retirado, y que se dio a conocer después de su muerte por expreso deseo suyo. Su ocupación preferida era no hacer nada y se consideraba afortunado por haberse dado cuenta a una edad temprana de la estupidez que suponía la obligación de trabajar para vivir y de haberla sorteado. Se paseó por el siglo XX haciendo gala de cierta indiferencia irónica, movido por una curiosidad infinita, manteniendo siempre una distancia escéptica respecto a todo. Irreductible en su singularidad extrema, ajeno a los aspavientos del gremio, desafió sin pudor las ideas establecidas, hasta el punto de transformarse en Rrose Selavy para desbaratar la noción de identidad.
En «Diccionario abreviado del surrealismo», escrito con Paul Eluard, su amigo André Breton afirma que «Marcel Duchamp es, seguramente, el hombre más inteligente y (para muchos) el más molesto de esta primera mitad del siglo XX». En 2004, los críticos británicos otorgaron a su «Fuente» el título de obra de arte más influyente del siglo. Duchamp ha sido destacado como el artista más importante de la última centuria, si acaso compartiendo esa posición con Picasso. La explosión creativa del pintor malagueño es admirable, pero Duchamp es fascinante. Tanto su obra como su vida, pues ambas están fundidas de tal manera que no se pueden distinguir. Duchamp encarriló su aventura vital como si de elaborar una obra de arte se tratara. En él, la interpenetración de vida y arte es constante, nunca cesa. Participó en las vanguardias, pero no tardó en llevarlas al límite, rompiendo cualquier molde o canon, y tomar su propio camino. Duchamp, se ha dicho, es un género en sí mismo, que ha provocado ríos de tinta.
Genio, bufón o farsante, el hecho es que Duchamp ha tenido innumerables imitadores, incapaces de conseguir la originalidad que él fue capaz de demostrar sin esfuerzo aparente y carentes de su profundidad filosófica. Se inspiró en poetas, pensadores y observaciones de la vida cotidiana. Borró las líneas que separan el arte y la vida, el artista y el espectador, y emplazó a este a completar la obra. ¿Qué es arte y qué no? ¿Acaso el arte y la vida no son mero juego, gratuito? «El aprendiz en el sol» es el título disonante que puso al dibujo de un ciclista en pleno esfuerzo, subiendo una empinada cuesta con la cabeza hundida entre los hombros. Para unos, Duchamp fue el «ingeniero del tiempo perdido» que disfrutaba de la abulia. Para otros, estaba obsesionado con plasmar una idea revolucionaria a la que dio una y mil vueltas. José Jiménez ha estado medio siglo explorando su vida y su obra. Su libro reúne hallazgos deslumbrantes y los dispone en torno a una hipótesis que da sentido a todo: la modernidad es una conjugación de la máquina con el deseo. Tiene el inmenso mérito de hacer legible a Duchamp, un pozo sin fondo, que no es poco.
El aprendiz en el sol
José Jiménez
La Oficina, 206 páginas, 19,50 euros
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