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ARCOmadrid ha vuelto a abrir sus puertas. Con esta, van cuarenta y dos ediciones de la feria de arte contemporáneo más importante del país. Remarquemos lo de feria, así evitamos disgustos. ARCO son dos pabellones de Ifema (el 7 y el 9 para más señas) llenos de cubículos de pladur donde, mal que bien, cuelgan obras de distinto pelaje. Habrá quien se quede tristísimo porque aquello no es el Pompidou, pero lo cierto es que ni se intenta.

Pasear por ARCO, o cualquier feria de ese tamaño, es un espectáculo lisérgico. A los veinte minutos, saturación; a la hora, fatiga visual. Pasadas las dos horas, empacho peligroso. Eso sin contar las decenas de paradas para saludar a amigos, conocidos o potenciales clientes; para curiosear en los atiborrados almacenes de los stands o para acercase a algunas de las numerosas actividades paralelas (presentaciones de libros, mesas redondas, conferencias) que se suceden durante los días de la feria.

Ante tal aluvión (185 galerías que exponen a más de 1300 artistas), uno puede pasarse el día entero deambulando por los pasillos y salir con la impresión de que se le han escapado cosas. Incluso, que por la acumulación, la pobre iluminación y el traqueteo de los visitantes, ha visto piezones de la peor manera posible. A esta edición también asisten los grandes nombres del arte español de mediados del siglo pasadoHernández PijuánManolo Quejido (dos piezas maravillosas en la galería Helga de Alvear), Luis Gordillo (me ha gustado mucho el díptico de dos cabezas que han colgado en Rafael Ortiz), la selección España circa 57 de la galería José de la Mano, la omnipresente Ángela de la CruzPalazueloMompó Pérez Villalta (galería Fernández Brasso, entre los que se han colado los delicados dibujos de Guillermo Martín Bermejo), algún desapercibido Barceló (cosas que pasan), unos hermosos juegos cromáticos de Esther Ferrer en 1Mira Madrid, el bellísimo autorretrato de Elena Almeida del stand de Filomena Soares, la proliferación de esculturas de Juan Muñoz al abrigo de su reciente resurrección institucional, un cuadro extraordinario de Navarro Baldeweg en la galería Miguel Marcos y, en la galería Marc Dómenech, una notable pintura de la serie Marruecos de Luis Claramunt que para mí lo quisiera.

Este año han causado baja las propuestas audiovisuales, cuya presencia es mucho más discreta que en ediciones anteriores. Están, claro, los nombres habituales del arte europeo: unos hermosos cuadros de Baselitz en Thaddaeus Ropac, varias piezas de Imi KnoebelEmanuel Seitz, etcétera. Para compensar, podemos alejarnos un poco con la sección Nunca lo mismo. Arte latinoamericano, comisariada por Mariano Mayer y Manuela Moscoso, aunque también encontremos obras de artistas latinoamericanos en galerías de la sección principal, como el espacio que la galería Cayón dedica al centenario del venezolano Cruz-Diez, el solo project de Andrea Canepa en la galería Rosa Santos, la divertida procesión de muñequitos de Laura Anderson Barbata en Marlborough o el par de cuadros anudados de Jorge Eduardo Eielson, del que puede verse una interesante retrospectiva en el museo EsBaluard de Palma hasta comienzos de abril. También están dos exponentes de la nueva pintura puertorriqueña: una instalación de Rogelio Báez en Leyendecker y un bodegón inquietante de Omar Velázquez en Ana Mas.

¿Qué hay de las nuevas generaciones del arte español? En el stand de Ehrhardt Flórez se pueden ver una escultura tentacular y tubular de Julia Spínola, algunos de los últimos trabajos de Kiko Pérez y un muy buen cuadro de Secundino Hernández. También es importante visitar la propuesta de The Goma, donde encontrarán un cuadro de Miguel Marina que es, a nuestro juicio, una de las piezas más notables de la feria. En el mismo stand hay unos trabajos de Enrique Radigales (planchas de metal fresadas y perforadas, intervenidas luego con pintura) y una pieza de Armando, última y peculiar incorporación de la galería: un ingeniero que en los años 50 perdió el juicio y comenzó a pintar ovnis (pueden ver una exposición de presentación del personaje en la galería). Igualmente, en la Rodríguez Gallery pueden visitarse algunos trabajos de Cristina Mejías, una de las más destacadas exponentes de la nueva escultura andaluza; justo enfrente, en Alarcón Criado, hay unos «tapices» de Irene Infantes y una piececita musical de Alegría y Piñero que merecen atención. En la madrileña F2, Álvaro Negro muestra un cuadro enorme y solemne, que bajo su aparente sencillez encierra un extraordinario dominio técnico.

El stand de la galería Artnueve.


Otros imprescindibles: los papeles de Miki Leal de airecillo italiano (renacentista) en la galería Rafael Ortiz, la pieza pequeña de Nacho Martín Silva (un retrato medio desvanecido) en Max Estrella, el contenidísimo bordado de Julia Huete que puede verse en Nordés, así como la composición amarilla de Rosendo Cid; la extraña chaqueta de Ana Laura Aláez (una chupa de cuero de la que sale una forma entre fálica y xenomorfa) de Pelaires y el conjunto escultórico de Alberto Peral en Alegría. El sobresaliente stand de la galería murciana ArtNueve cuenta con las esculturas cilíndricas y serpentiformes de Christian Lagata, unas notabilísimas piezas de Pablo Capitán del Río (compuestas con papel, arcilla y la técnica para aguar el papel creando esas formas coloridas que solían usarse en las guardas de los libros) y unas sorprendentes y coloridas esculturas honguificadas de Sergio Porlán, entre otros, además del delicado diálogo entre Javier Pividal y Eva Lootz.

Pero hagamos una pausa en las tradicionales propuestas abracadabrantes de ARCO. Este año, la cosa está picassiana. Casi enfrentados (el uno en la galería ADN y el otro en Max Estrella), hay un muerto y una casita. Eugenio Merino, viejo conocido de la afición por su Franco en una nevera y el ninot del rey Felipe (en colaboración con Santiago Sierra, no quitemos responsabilidad a nadie), ha plantado un Picasso de cuerpo presente sobre una peana blanca. Es decir, un muñeco de Pablo Ruiz. Admito que me decepcionó un poco: me esperaba un cadáver desmejorado, pero el figurín tiene mejor aspecto que un servidor muchas mañanas. Está amortajado con su camiseta de rayas azules y blancas y sus alpargatas de rigor. Tiene una lapidita y supongo que quiere transmitir un mensaje profundo sobre alguna de las polémicas que están rodeando al inminente Año Picasso. Hay quien pudiendo escribir un manifiesto hace un monigote. Que cada cual lo coja por donde quiera.

El ‘cadáver’ de Picasso obra de Eugenio Ampudia.


Enfrente hay una cabaña formada por fragmentos del Guernica, obra de Eugenio Ampudia, el artista conceptual artífice del famoso Concierto para el Bioceno del que ya nos hemos ocupado en este periódico. El interior de la cabaña goza de cuatro metros cuadrados, el espacio de intimidad que tienen las familias que malviven en campos de refugiados, según asegura el artista. Convendría hacer inventario de cuántas obras han reutilizado el Guernica para arrimar el ascua a su sardina, pero no deja de haber algo sórdido en poner a la venta una obra de arte en un espacio hipermercantilizado (recordemos, una feria) para sacar provecho económico del dolor ajeno.

Mediterráneo, la sección comisariada que ocupa el espacio que antes se ofrecía al «país invitado», reúne una selección de obras de temática muy dispar (chasis de coches, retratos, un despacho de botica o una colección de QRs, por ejemplo) ligadas por un hilo conductor, cuando menos, endeble: si una artista trabaja en Barcelona y se la coloca al lado de unas fotografías de unas señoras griegas, ya tenemos narrativa para esta sección, pero bastante cuestionable. Que se sitúe en un habitáculo enmoquetado que apenas estrenado ya se había puesto sucísimo tampoco ayuda, y todo eso se reflejaba en un interés escaso por parte de los primeros visitantes.

En una feria como esta, uno siempre tiene la impresión de haber visto la misma otras muchas veces. Pero para terminar en tono positivo (y podría seguir, que Marco Godoy ha hecho un neón en con el meme del «Emosido engañado»), mencionaré el proyecto de Huanchaco en Espacio Valverde. Una forma alargada y pétrea aparece recostada sobre un diván. Al lado, una silla con un enorme altavoz de bocina psicoanaliza al personaje. Se trata de una reproducción (fidedigna, aunque acomodada a la postura reclinada) del Lanzón de Chavín, un monolito sagrado del Perú antiguo. El pobre, desubicado, escucha cómo el gigantesco parlante le recuerda la historia de su creación, redescubrimiento y las precisiones que sobre él han hecho expertos inteligentísimos. El síndrome del impostor también ha llegado a los dioses.

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