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El pasado 8 de abril se cumplían cincuenta años de la muerte en 1973, en la localidad de Mougins, cerca de la Costa Azul francesa, de Pablo Picasso, al que unánimemente se considera como la encarnación misma de la pintura. Su universalidad es la base del programa «Celebración Picasso 1973-2023», que arrancó el pasado septiembre de la mano de los Ministerios de Cultura de España y Francia.

Desde entonces, más de 200.000 personas han podido visitar las exposiciones temporales que se han ido inaugurando en lugares como el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Fundación Mapfre de Madrid o el Museo Picasso de Barcelona, por ejemplo. En ellas se le enfrentaba a figuras de la moda como Coco Chanel o al proceso de desmaterialización de la escultura vivido junto a Julio González, en la Fundación Mapfre, el último gran proyecto de Tomás Llorens como comisario, verdadero tour de force entre dos portentos del arte del siglo XX.

La muestra leonesa sobre el pintor malagueño.


Internacionalmente, desde septiembre también se han abierto al público exposiciones en Francia, Alemania, Bélgica, Suiza y Estados Unidos. Una de las más recientes en el Museo del Hombre de París, sobre Picasso y la Prehistoria, un recorrido a 30.000 años de arte y pintura que debe de resultar fascinante. Hasta 50 exposiciones se le dedicarán de aquí a marzo de 2024.

Dentro de ese programa oficial, el Museo de Bellas Artes de La Coruña acaba de inaugurar la exposición «Picasso blanco en el recuerdo azul», promovida por la Xunta de Galicia, que reivindica la herencia gallega en su obra, ya que vivió cuatro años en La Coruña, de 1891 a 1895, y allí se despertó al arte. Ya en 2015 habían podido hacer la exposición «El primer Picasso», comisariada por Malén Gual, con más de 200 obras originales, de las que 81 eran del artista malagueño, la mayoría hechas en La Coruña cuando tenía entre 9 y 13 años. De Picasso se guarda todo, hasta el más pequeño apunte, ya que pocos pintores fueron tan conscientes de su genio desde el primer momento.

La exposición actual está comisariada, además de por la misma Malén Gual, que fue conservadora del Museo Picasso de Barcelona, por Antón Castro y Rubén Ventureira. En total son 120 obras, de las que 68 son originales, procedentes de 35 instituciones nacionales e internacionales como el Museo Picasso de Barcelona, el Musée National Picasso-París, el Museo Picasso de Antibes, el Museo Picasso de Málaga, el Museo Casa Natal de Picasso de Málaga, el Museo Reina Sofía de Madrid o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Se articula en torno a los diez temas que consideran más significativos, entre ellos el de los mosqueteros, lo que explica su insistencia en que se les prestara el cuadro «Mosquetero con espada y amorcillo», de 1969, perteneciente a la Colección Pedro Masaveu, que es un cuadro menor, que no aporta gran cosa a la trayectoria de Picasso, pero resulta muy importante para el Museo de Bellas Artes de Asturias, ya que es el único que tiene y por tanto no lo cede. El cuadro muestra a un Picasso en declive a sus 88 años, obsesionado con la ancianidad y la decrepitud sexual.

Una obra de Picasso expuesta en La Coruña


Fuera ya de la celebración oficial, el Museo Casa Botines Gaudí de León mantiene abierta la exposición «Picasso. Arte e intimidad», comisariada por Marisa Oropesa, que reúne tres series completas y varias obras sueltas de grabado, además de un dibujo que perteneció a Juan Antonio Gaya Nuño. Oropesa ya había sido comisaria de otra exposición también de grabados que se celebró en 2020 en el Centro Niemeyer de Avilés y que mostraba una de las pocas ediciones completas que existen en el mundo de la «Suite Vollard», su obra cumbre como grabador.

Asimismo de grabados será la conmemoración del Museo de Bellas Artes de Asturias, anunciada por su director, que este verano hará una exposición con dieciocho obras procedentes de una colección particular asturiana. Además, tiene programada otra exposición del fotógrafo Antonio Cores, perteneciente a la conocida familia de artistas asturianos, que compartió con Picasso dos estancias en Francia en 1966 y le realizó una serie de 73 fotografías, que se conservan en el Museo de Bellas Artes de Asturias y ya han protagonizado su calendario de este año.

Como se ve, su cincuentenario no va a pasar desapercibido. Podríamos decir que Picasso se ha convertido en marca, como lo fue de un conocido coche francés que hizo que Jean Clair dejara el Museo Picasso de París, en un tiempo en el que los automóviles todavía no habían conquistado los museos. Sigue estando de máxima actualidad, como demuestra la obra «Picasso cadáver», de Eugenio Merino, la sensación del ARCO de este año. Y su nombre y su imagen son negocio, hasta el punto de que museos e instituciones apenas pueden reproducir sus obras en los carteles, tal es el peaje que se les impone por parte de las empresas de gestión de derechos.

Su fallecimiento en 1973 se produjo además en una encrucijada que muchos consideraron como la de la muerte del arte, tras el proceso de disolución que emprendieron las neovanguardias artísticas y condujeron, inevitablemente, a la crisis del objeto artístico tradicional, pero que «después del fin del arte» (Danto) quedó reducida a una supuesta muerte de la pintura defendida por las corrientes más analíticas y conceptuales, en una dialéctica en la que nos encontramos todavía.

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