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LA VERDADERA HISTORIA DE LA VAQUERA DE LA FINOJOSA
Salgo a segar. Me entrego a la cebada, la avena y el centeno.
Cargo las gavillas hasta la era.
Aviento pajas, separo mieses, retomo el tiempo de la molienda.
Enharinada oficiante, socavo el pan, amaso los latidos de su esencia.
Luego tributo las hogazas a la avidez de las llamas,
mientras el ángel del hastío rezonga entre mis sienes.
Pinto las vallas del cercado.
Podo las matas, recojo leña, amontono la maleza.
Trenzo canastos con varillas de mimbre,
remango mi voluntad al paso por los humedales.
Coso botones, punteo encajes.
Lustro sartenes, ollas y peroles.
Saco el rebaño a pastar. Los herbajes más frescos brotan en el otero.
Sólo cuando la noche baja a besar mi frente
imagino que escribo.
Finjo esmeradamente la sutil caligrafía de unos versos.
Pasan las horas.
Y al clarear los gallos sus gárgaras al viento
aún me sorprenden rizando garabatos trémulos y cursivos
con esta torpe mano de arcilla analfabeta
empeñada en creerse que te dedica un poema.
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