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PRIGOZHIM EMO
Las ranas. Todo eran ranas de cobre contaminando el río.
Saludas al sol asombradas por sus tormentas nucleares.
Cántaros escópicos rebosando en la noche su mercurio
como baba tóxica sobre la cara y ese sudor sin pelos ni cauces
de los últimos glaciares ante el estupor de un grillo carbonizado.
Y uno que es otra en algún otro lugar más adusto y cruel,
come luz todas las mañanas y lame el viento del que está hecha esa luz.
Lleno de fortuna no cambia de canal porque es todo lo mismo y entonces
se muere un poco como muere Yourcenar, del todo.
Marcha la palabra contra el habla
y la sitia y la aniquila, tan armada ella
del léxico del poder.
Nadie calla pero nadie dice ni hace nada en realidad y se hunden los cadáveres,
carne hinchada de titular, noventa por ciento
agua implosionada por su propia presión
allá en las llanuras del fondo donde solo resplandece la oscuridad total.
Todas guardamos, de alguna forma, la hipotermia eléctrica de la tortura.
Y así los tanques y los drones y las mariposas de acero que friccionan
con su fuego de dólares las retinas
en su reentrada en la atmósfera vítrea de los globos oculares
mientras las hileras del hambre
se desordenan como hormigas histéricas, huérfanas ya,
ante la gran avispa agonizante.
Generalas en derrota con bacinilla de latón sobre su cabezas de alquitrán,
borrados sus rostros, lloran lágrimas iguales a cañones de tanques desfilando
por los pasillos de cipreses, flameantes como antorchas, de sus mejillas
y al mismo tiempo orinan su ambición y orinan su mentira y orinan
sobre otros rostros su alquitrán y los borran.
Esos rostros que alguna vez
lloraron los mares más salados y orinaron los ríos con un pis tan puro…
Muere quien muere y uno por vivo
no puede más que morir un poco que es como nada
más lejos que morirse
y apaga el móvil, deja de leer, se tapa los oídos ante la radio
para abrazar al hijo desconocido de la ahogada;
a la hija de pelo ralo del que fuera asesinado por el cielo.
E intenta dormir pero tan solo consigue respirar las burbujas de sangre
decapadas por el óxido del oxígeno que exhalan
todas esas bocas quietas y piensa en la voz que nunca
tocará las omátidas de sus manos, esas manos que como las mías sobre la cama
flotan heladas e inertes mirando hacia la superficie del techo,
tan ciegas, tan rocío negro cual pupilas
resbalando por los televisores apagados.
Callo ahora su callar, despedí en silencio al día con un adiós iletrado
ante el sauce que deshojaba sus látigos de alambre y marchaba hacia Moscú
con su ejército de ahogados, moscas para la miel de los espasmos futuros,
y le he dado las buenas noches a todo lo que amo
como si fuera para siempre.
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