Nicolás Monterde Izquierdo | El sábado 7 de mayo amanecimos con la noticia de que el Centro Social La Ingobernable había ocupado la antigua sede de la UGT en la calle Hortaleza. Vacía desde 2018, tenían pensado vendérsela, con mediación de Almeida, a unos especuladores para hacer un hotel. Esto parecía estar destinado a convertirse en un capítulo más de esa desagradable y triste novela que es la gentrificación. Esta consiste en la privatización y mercantilización total del espacio público de las ciudades, expulsándonos y confinándonos en las periferias. Mientras, las ciudades se convierten en espacios configurados para el consumo, alejándose más y más de la comunidad. El capitalismo, en su búsqueda insaciable por rentabilizar aquel espacio que ocupa, moldea nuestras ciudades a su imagen y semejanza.

Debemos ser conscientes que las formas concretas que adoptan nuestras ciudades no son casuales o “naturales”, sino que están totalmente mediadas por las lógicas capitalistas y la lucha de clases. Pero antes de continuar hagamos una serie de apuntes histórico-políticos. Esto fue una cuestión fundamental, o así lo fue para el movimiento obrero durante el último siglo, donde la implantación barrial en las ciudades constituyó auténticos fortines rojos. Estos no solo sirvieron para plantar cara a la burguesía y su modelo de ciudad, sino que también permitieron empapar a numerosas generaciones de obreros con experiencias de autogestión y autoconstitución como clase.

En estos espacios dotados de autonomía respecto al estado y sus instituciones pudo nutrirse el movimiento obrero tanto objetiva como subjetivamente. No solo eran espacios de “ocio libre”, de talleres, de formaciones de toda clase o de socialización; también eran espacios donde la madurez de la conciencia de los trabajadores aumentaba, reforzando su autopercepción y empoderamiento. En definitiva, estos espacios formaban parte de la constelación de lo que se conocía como “mundo obrero”, que no era otra cosa que aquel entramado organizativo de clase que, enfrentándose al “mundo burgués” y su entramado, permitía un marco donde la clase trabajadora se curaba las heridas de la lucha contra el capital al mismo tiempo que se impulsaba en ellas para continuar esa misma lucha.

Ese marco era fundamental puesto que solo de esta forma el proletariado podía desarrollarse con autonomía política, social e ideológica respecto al estado y la ideología burguesa que buscaban atrofiar las mentes de los obreros. Es en ese sentido el motivo por el cual estos espacios comunitarios tenían la fortaleza de elevar a las masas, ya que eran espacios libres tanto para que el proletariado luchara como para que pensase más allá de los estrechos marcos de la imaginación capitalista.

Al fin y al cabo, eran lugares que habían sido arrebatados al control del estado, como si se trataran de pequeñas comunas en las calles de muchos barrios. Eran trincheras diminutas que, si bien estaban embolsadas por el estado, eran capaces de infundir terror a este puesto que se sabía que estas eran los cuarteles desde donde se urdían las huelgas y las luchas que tanto debilitaban al Capital. Con estos casos se ve con claridad como la lucha de clases se materializaba en las propias ciudades, con zonas o edificios liberados que se usaban como punta de lanza para desbaratar las posiciones de la burguesía en toda la ciudad.

Si hubiese que definir a estos espacios en base a lo dicho más arriba diríamos que estos se caracterizaban por su gran vitalidad y creatividad político-social, presentándose como auténticas fábricas de la creación social. Estos espacios liberados eran pequeñas semillas de poder comunista, posibles núcleos de “doble poder” enfrentados al estado. Además, eran fuertes hilos conductores entre lo social y lo político, entre el partido y la clase. Y era precisamente en la dialéctica de esta relación donde la revolución tomaba forma y avanzaba.

Sin embargo, y como es sabido por todos, la izquierda sufrió en el siglo pasado una derrota histórica profunda. Estos espacios en muchos casos desaparecieron y los que quedaron se convirtieron en templos donde se acumulaba lo mejor y lo peor del movimiento obrero. Y así regresamos a la actualidad, donde uno de esos templos, en posesión de la UGT desde 1979, iba a quemarse para construir sobre sus cenizas una resplandeciente iglesia en honor a la patrona de los especuladores. Todo parecía ir en el ambiente. La voluntad de resistencia y de lucha de la que se impregnó una parte de la juventud madrileña fue muy clara, sirviendo como píldora vigorizante para la lucha. Demostrando, que a pesar del momento de retroceso que vivimos, la potencialidad creativa y voluntad de cambio que aun tiene ciertos sectores de la clase trabajadora. Las dinámicas y formas que adoptan esta lucha no solo empoderan a la juventud, sino que también la orientan a la perfección en la lucha. Con este tipo de acciones somos capaces de cortocircuitar la reproducción capitalista, a pequeña escala y durante un breve periodo de tiempo, pero de todas formas cortocircuitarla. Eso tiene que ser puesto en valor, ya que tiene una gran fuerza simbólica pero también muchas lecciones que sacar.

Reaccionar y organizar la lucha contra los especuladores y sus aliados, de los que hablaremos a continuación, con el objetivo de liberar edificios para nuestra causa y para vivir un poco mejor es una línea que hay seguir. En momentos de retroceso, es fundamental identificar cuales son los actores sociales y políticos con más vitalidad, y con ellos ser capaces de tejer alianzas que nos permita resistir en mejor posición las arremetidas de la burguesía. Sobre todo, en nuestro contexto donde lo político y lo social están cada vez más distanciados. La apertura de estos Centros Sociales puede servir como bunkers desde los cuales organizarnos mejor y sembrar las semillas de la revuelta.

En un periodo donde parece que nada es posible, donde la imaginación y creatividad de creación político-social ha dado paso a la completa hegemonía atrofiante de la política oficial del estado, debemos atender a las necesidades más básicas de nuestra clase. Debemos atender a muchas cuestiones pre-políticas, que tienen que ver con el desastroso estado de ánimo y de salud psico/mental de los nuestros, para que así después pueda darse la posibilidad de que germine en ellos la semilla de la rebelión. Por esa misma razón crear espacios autónomos al estado nos permite, además de huir del magnetismo de la “paz social” del gobierno, levantar hospitales de campaña que atiendan y revitalicen a nuestra clase, y así prepararla para el futuro. También cabe recordar que los Centros Sociales representan ricos cauces para la politización de muchos perfiles de la juventud que, huyendo del erial de la política oficial, buscan una burbuja de oxigeno en un mar de incertidumbres.

En la ciudad de Madrid esta lucha es fundamental puesto que avanza en la construcción de un polo radical que escapa y confronta a la paz social que proclama el gobierno. Este polo que se esta constituyendo, y del que forman partes distintas organizaciones políticas, sociales y sindicales, confrontan a la triada del capitalismo madrileño: el sector inmobiliario, el financiero y las constructoras. De cuyo entramado parece querer integrarse los sindicatos de la concertación, más interesados en subirse al tren de la hegemonía política de la derecha madrileña, que de combatirlo.
Esto es perfectamente coherente con su línea del dialogo social, que a nivel estatal se traduce en colaborar con la patronal y que, en Madrid, además de eso practica un isomorfismo con las lógicas capitalistas. Cabe recordar el comportamiento detestable de los sindicatos de la concertación a la hora de organizar una huelga general madrileña contra Ayuso cuando existían mimbres para ello hace unos años. En vez de aprovechar la coyuntura favorable y el descontento de la población, hicieron gala de su oportunismo y capitularon antes de luchar.

¿Tuvo algo que ver la posición de estos sindicatos por aquel entonces con las conexiones beneficiosas que su burocracia con los chanchullos urbanísticos del PP madrileño? Nosotros creemos que sí. Creemos que sí, ya que si por algo se caracteriza la burocracia sindical es por su capacidad camaleónica respecto a los poderes facticos del Capital en cada circunstancia. Creemos que la atrofiada burocracia sindical se encuentra más cómoda especulando con el espacio conquistado por los trabajadores, que gestionando una lucha directa contra la patronal y sus aliados en Madrid o en Cádiz. Se siente, en definitiva, más cómoda tratando con la patronal y sus amigos que con los trabajadores de Cádiz, o los que traicionaron miserablemente dándoles la espalda, o que con la juventud obrera de Madrid. Han cruzado de nuevo una línea roja bochornosa, convirtiéndose en los matones invisibles de la policía y la patronal.

En nuestra opinión habría que saber orientarse correctamente a tenor del conflicto entre UGT y el movimiento social madrileño en un doble sentido: en primer del “dialogo social”, impulsado por gobierno y sindicatos, debemos seguir profundizando la critica y denuncia del papel que cumple la burocracia de UGT en todo esto, llevándonos a la juventud a nuestro campo.

Por otro lado, hay que ser capaces de tomar el pulso al momento político y social, y entender cuando una acción es necesario o bienvenida entre nuestras filas. En este caso hay que atender a la frustración y la rabia que tiene la juventud en Madrid, que ahora mismo se siente enfurecida por lo ocurrido el otro día. Hay que dar salida a esa rabia, que por otro lado puede impulsarnos y ser creadora, vehiculándola en una acción concreta para denunciar la sinvergonzonería de esos sujetos.
En conclusión, en estos momentos complicados en los que vivimos las revolucionarias, debemos apostar por sembrar revolución en aquellos nichos que parezcan fértiles, el caso de los centros sociales se presenta sin duda alguna como uno de los más fértiles. No solo hay que apoyarlo por una cuestión moral, ante la reacción de la clase trabajadora ante el avance implacable del capital y su modelo de ciudad, sino que estratégicamente es igualmente importante.

Esto nos permitiría la creación de una retaguardia donde resistir los embates del capital, contar con un ejército industrial de reserva que nutra con renovadas fuerzas los movimientos sociales en Madrid y sobre todo hacer de estos trincheras desde las cuales preparar nuevos asaltos contra el Capital. Cada centro social es un semilla de poder socialista, trincheras hondas y con resistentes parapetos desde las que amenazar la hegemonía de la derecha en Madrid. La tarea de las revolucionarias en este nuevo ciclo, como decía nuestro compañero Andreu Nin, es la de plantar y sembrar revolución en todos los surcos. ¡Hagamos de Madrid una trinchera infinita de dignidad y de afectos frente al Capital!



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