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No me gusta ponerme en plan Sibila de Cumas, hija de ninfa y origen del adjetivo sibilino/a, sobre cuyas acepciones peyorativas valdría la pena reflexionar. Mi perfil es más bajo, no vivo en una cueva y mi vestuario es prêt-à-porter. Pero a veces, sin que mis oráculos estén inspirados por Apolo, lo clavo. Escribí una novela-timbre en la que una renacida ultraderecha, con el pretexto de defender a una clase obrera abandonada, apuntalaba intereses oligárquicos cebando dos batallas culturales: la de un feminismo que no busca igualdad, sino una hegemonía destructora de las buenas costumbres y de todos los varones hispánicos, y la de una memoria democrática, entendida como venganza y derroche: con sus memoricidios, voxistas y simpatizantes blanquean la dictadura. Mis pesadillas se hicieron realidad. En Valladolid. En León. En Palencia, la bella desconocida. La alianza de Mañueco con Vox cumple y excede los peores pronósticos: inmigración ordenada, ley de violencia intrafamiliar y ley de concordia, un sustantivo encantador frente a la imagen de los cadáveres exhumados en Milagros o en Villadangos del Páramo.
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