Por más que nos empeñemos en confundir nuestros deseos con la realidad, el SARS-CoV-2 dista mucho de estar vencido. Es un enemigo formidable. Puede que ninguno de los que estamos vivos lleguemos a ver su extinción, si es que la ve alguien.

Desde que se desató la pandemia hace apenas 2 años, el SARS-CoV-2 ya ha sido capaz de infectar a unos 260 millones de personas (diagnosticadas por PCR). Las cifras reales podrían ser significativamente mayores.

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El SARS-CoV-2 mató en todo el mundo a cerca de 1 de cada 10 personas del total de los seres humanos que fallecieron desde que la pandemia se nos fue de las manos.

A la mayoría las mató directamente.

A otros lo hizo indirectamente como consecuencia del colapso de los hospitales y del sistema sanitario.

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Las tasas de mortalidad son aterradoras

Durante la pandemia de Covid-19 las tasas de mortalidad de algunos tipos de cánceres llegaron a duplicarse en muchos países avanzados.

Según las cifras oficiales, en España ya estamos alrededor de los 5.100.000 contagiados de los cuales cerca de 88.000 fallecieron. Y estas cifras oficiales infraestiman significativamente la situación real.

A menudo estos números no dan una idea clara de la magnitud del desastre.

Como explicó el presidente la primera potencia mundial, Joe Biden, en una alocución desde la Casa Blanca en febrero, solo en Estados Unidos el SARS-CoV-2 mató a más norteamericanos que la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra del Vietnam juntas.

Biden se quedó corto. También podría haber sumado la guerra de Corea y las guerras del Golfo, y su afirmación se seguiría cumpliendo.

Actualmente la vieja Europa se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia. Las cifras de contagios y muertos siguen creciendo sin control de día en día. Y las perspectivas para estas fiestas navideñas no resultan nada halagüeñas.

También en España la situación empeora rápidamente. Tenemos comunidades que ya vuelven a estar en situaciones de alto riesgo y caminan a paso firme hacia el riesgo extremo.

Semejante panorama deja claro que no va ser fácil derrotar al coronavirus.

¿Por qué?

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Los coronavirus ya tienen demasiada experiencia con humanos

A menudo olvidamos la que tal vez sea la frase más relevante en lo que atañe a explicar la compleja organización de la vida: “En biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.

Para un patógeno, dar el salto evolutivo a una nueva especie puede ser un “buen negocio”.

Para el SAR-CoV-2 colonizar a una población de casi 8.000 millones de seres humanos es mucho mejor que seguir infectando a unos pocos miles de pangolines que van hacia la extinción.

Pero adaptarse a las características biológicas de un nuevo hospedador es un reto evolutivo formidable.

Y aunque la probabilidad de que eso ocurra es teóricamente muy baja, parece que actualmente los coronavirus están siendo extremadamente hábiles para dar el salto desde otros mamíferos hasta los seres humanos.

Así, durante el presente siglo vivimos los brotes pandémicos de otros dos coronavirus:

– El SARS-CoV, que en 2002 causo el Síndrome Respiratoria Agudo Grave en países del Sureste Asiático.

– El MERS-CoV que en 2012 produjo el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio.

Fueron una clara advertencia de lo que podía llegar.

Porque ambos coronavirus fueron capaces de dar rápida y eficazmente el salto a los seres humanos desde animales hospedadores como pequeños mamíferos y camellos.

Además, se adaptaron muy rápidamente a colonizar seres humanos.

Los derrotamos y nos creímos a salvo

El hecho de que estas dos epidemias se desataran en dos zonas geográficas lejanas contribuyó a darnos una falsa sensación de seguridad.

Pero con mortandades que alcanzaron al 11% y al 33% de los infectados, respectivamente, los coronavirus demostraron que podían ser unos enemigos tremendamente peligrosos.

Y aunque muchos quizás no lo tengan en la cabeza, desde que se desató la pandemia de Covid-19 al menos otros 2 coronavirus fueron capaces de dar el salto a nuestra especie desde otros animales.

Así se aislaron en seres humanos 2 coronavirus diferentes, uno de ellos de perro y otro de cerdos.

Aparentemente no causan una enfermedad grave, pero apuntan a la facilidad con que los coronavirus podrían colonizar a los seres humanos.

También hay indicios históricos de que los coronavirus pudieron desatar otro brote masivo que erróneamente se interpretó como una pandemia de gripe. Se trata de la denominada “Gran Gripe Rusa” de 1890.

Hoy en día muchos virólogos piensan que fue en realidad un brote de coronavirus.

Su paso inverso, del hombre a animales, la peor noticia

En realidad los coronavirus no parecen solo capaces de pasar de mamíferos a seres humanos. El SARS-CoV-2 también ha dado el salto desde nosotros a una serie de animales tanto domésticos como salvajes (desde gatos, a visones y ciervos).

Es una de las peores noticias que podríamos recibir.

Porque significa que aunque lográsemos eliminar al SARS-CoV-2 de las poblaciones humanas, siempre quedaría un importante reservorio en animales que podría volver a infectarnos en cualquier momento.

El principio de la pandemia fue el momento adecuado para haber conseguido extinguir al SARS-CoV-2. Por aquel entonces el coronavirus no había desarrollado las variantes más infectivas y capaces de evadir mejor la respuesta del sistema inmune y escapar al menos parcialmente a la acción de las vacunas.

Pero en una fase en la que hubiese sido posible extinguir al SARS-CoV-2 con medidas epidemiológicas convencionales (rastreo y confinamiento de los primeros contagiados), la mayoría de los gestores prefirieron minimizar la importancia real del coronavirus en contra de toda evidencia científica.

Recordemos, entre otros, a Fernando Simón diciendo que como mucho la pandemia causaría “unas pocas decenas de enfermos” y ningún muerto. Es difícil equivocarse tanto.

Desafortunadamente en los momentos en que el SARS-CoV-2 era más vulnerable, los Fernando Simón de turno le ayudaron mucho.

¿Ya hemos perdido la oportunidad de acabar con él?

Expertos en biología de poblaciones piensan que hasta enero de 2021 pudimos ser capaces de extinguir al coronavirus.

A partir de entonces, las nuevas variantes como la delta, más infectivas y más hábiles para escapar de las vacunas y del sistema inmune, hicieron imposible la extinción del SARS-CoV-2.

En las erróneas decisiones de muchos de estos gestores sin duda contribuyó un prejuicio firmemente establecido entre muchos epidemiólogos que no hacían investigación experimental con microorganismos patógenos.

Tras décadas de estudio de la historia de las enfermedades infecciosas, muchos de ellos creyeron que el virus de la gripe era mucho más peligroso que los coronavirus. Llegó a ser frecuente que considerasen que quienes se dedicaban a los coronavirus trabajaban en asuntos “de segunda fila”.

A fin de cuentas, el virus de la gripe era capaz de mutar muy rápido y de originar en ocasiones cepas muy peligrosas, lo cual es rigurosamente cierto.

Pero, sin causa justificada, muchos epidemiólogos asumieron que los coronavirus simplemente producirían catarros invernales sin mayores consecuencias.

El problema radica en que una pandemia producida por un nuevo organismo patógeno no tiene una historia epidemiológica en la que podamos basarnos.

Es un problema evolutivo de capacidad de adaptación.

Y en esto el SARS-CoV-2 es un verdadero maestro.

Hemos apostado por la vacunación como el método para convivir lo mejor posible con el coronavirus. En este sentido estamos ultimando la administración de la tercera dosis y pensamos vacunar a los niños a partir de cinco años.

En este contexto vacunar a todos es esencial. Nos va la vida en ello.



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