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En Silicon Valley se acumulan historias de éxito, caídas estrepitosas o mezcla de ambas. Una de ellas está protagonizada por Elizabeth Holmes, la ‘niña bonita’ que se codeaba con personalidades como el expresidente estadounidense Bill Clinton. Su revolucionaria start-up de análisis de sangre, Theranos, logró alcanzar una valoración de 9.000 millones de dólares. Nadie se imaginaba que la llamada a ser la sucesora de Steve Jobs, y no solo por su afán de vestir con jerséis negros de cuello cisne como él, había construido una mentira alrededor de la compañía. Un jurado del Tribunal de San José, en California, declaró en enero de este año a Elizabeth Holmes culpable por defraudar a sus inversores y ahora el juez Edward Davila ha determinado la pena: 11 años y 3 meses de prisión.

Además de entrar en prisión, la fundadora y ex consejera delegada de Theranos deberá pagar una multa de entre 400 y 100 dólares por cada cargo de fraude realizado. Sus abogados han conseguido rebajar la pena demandada por los letrados en defensa del Gobierno, que habían solicitado 15 años de cárcel y una sanción total de 250.000 dólares.

Durante su intervención, Holmes ha dirigido una disculpa a los empleados, inversores y antiguos pacientes de Theranos: «Lo siento mucho. Di todo lo que tenía para construir nuestra empresa y salvarla. Lamento mis fallos con cada célula de mi cuerpo». Aseguró también, visiblemente afectada, que la compañía «era el trabajo de mi vida» y que «amaba y respetaba» a las personas con las que trató de involucrarse.

Auge y descenso de Theranos

Desde bien pequeña, Elizabeth Holmes aspiraba a seguir los pasos de Steve Jobs y crear algo tan disruptivo que revolucionase la historia. El esfuerzo y empeño que demostró durante sus años de instituto le permitieron acceder a la Universidad de Stanford para estudiar ingeniería química y así honrar a su tatarabuelo, cirujano e inventor. Allí formó parte del prestigioso «Becarias del presidente», el grupo reducido de alumnos con las mejores notas de su curso. Cuando llegó el verano, Holmes consiguió unas prácticas curriculares en el Instituto de Genoma de Singapur gracias a sus conocimientos de mandarín.

La idea primigenia de Theranos se gestó por su miedo a las agujas. Con tan solo 19 años, Holmes diseñó un dispositivo que analizaba la sangre a partir de la extracción de una gota. Solo se necesitaba un pinchazo en el dedo, similar al que se efectúa para medir el azúcar. Enseñó su invento a su profesor universitario Channing Roberson, quien la animó a seguir adelante con la idea. Ese fue el impulso que Holmes necesitó para dejar la universidad y convencer a sus padres para que invirtiesen el dinero reservado para su educación en la empresa recién creada, Theranos.

En 2003 se convirtió en consejera delegada de su propia compañía y logró alzarse como un modelo a seguir para las mujeres en Silicon Valley. A los 20 años rompió el techo de cristal que parecía inalterable en el mundo tecnológico. Ataviada siempre de negro, como su ídolo Steve Jobs, consiguió atraer a altos cargos del Gobierno y de empresas respetadas. Alguna de las figuras más reconocidas fueron el exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, que perdió 3 millones de dólares, Rupert Murdoch, que invirtió 125 millones de dólares y la secretaria de Educación de Estados Unidos durante el mandato de Donald Trump, Betsy DeVos, quien confió junto a su familia 100 millones.

Pero lo cierto es que el fraude se había fraguado desde 2006, tres años más tarde de su nacimiento. Los ingenieros y químicos que formaban parte de Theranos no eran capaces de hacer funcionar el dispositivo y las empresas farmacéuticas solicitaban ver una demostración para avalar a Holmes. Ese mismo año, la CEO de la compañía falseó una demostración para que el sistema, denominado Edison, funcionase durante una reunión con Novartis y así aseguró la financiación que necesitaba.

A partir de ese momento, Theranos se rodeó se secretismo: si alguien entraba en la sede, debía firmar un documento de confidencialidad, y ningún empleado tenía permiso para hablar de su trabajo, ni siquiera con compañeros de otros departamentos de la compañía. En 2009 Ramesh Balwani, la pareja secreta de Holmes, entró en la empresa y ocupó el cargo de director de operaciones hasta el cese de Theranos en 2018. El dispositivo seguía sin funcionar y los análisis de sangre que realizaban ofrecían resultados falsos o incompletos que ponían en peligro la vida de sus pacientes.

El fin de Theranos llegó en 2016. El nieto de George Schultz, miembro del consejo de administración de la compañía y ex secretario de Estado de Estados Unidos, destapó la trama al periódico The Wall Street Journal después de trabajar en el laboratorio de la empresa durante tres años. La visita a los laboratorios de Theranos por parte de la agencia federal del Departamento de Salud y Servicios Sociales de Estados Unidos, CMS, obligó al cesar la actividad de la compañía. Dos años más tarde, Theranos cerró sus puertas y sus superiores, Elizabeth Holmes y Sunny, afrontaron un total de 11 cargos penales, entre ellos fraude y conspiración.

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