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Pop, tecno, glam rock, new wave, new romantic, barroco, visionario, excesivo, innovador, ambiguo… Tanto su música como el propio Tino Casal recibieron allá por los 80 -tierra y tiempo hoy mitificado por unos, despreciado por otros- un sinfín de etiquetas que trataban de definirlo o clasificarlo. Pero este artista asturiano (Tudela Veguín, Oviedo, 1950) no se ajustaba a ninguna. O, por lo menos, no solamente a una de ellas. En él se fusionaban inquietudes y virtudes musicales que lo convertían en un músico único y diferente. Quizá también inclasificable. Su permanente deseo de innovar y de encontrar nuevas fórmulas y un sonido propio ya lo habían aupado al número uno de las listas de ventas en 1981 con Champú de huevo. Pero dos años más tarde, un Casal más maduro, contando ya con la confianza del áspero mercado discográfico, lanzó ‘Etiqueta negra’, en el que se incluía el tema ‘Embrujada’, con el que se afianzaría no solamente como uno de los cantantes superventas en España, sino como referente musical de un nuevo estilo, más impregnado de tintes anglosajones y vanguardistas.

La personalidad volcánica de Casal, su estilo visual ecléctico, cosido a mano por sus propias ideas, acaso siguiendo determinados patrones basados en la figura y sombra de un tal David Bowie, no pertenecían a la línea de producción de ninguna fábrica ni a los gustos o modas dictados por terceros. Casal era un artista en busca de una obra que siempre consideraba inacabada, porque el suyo era un viaje sin destino final, el de alguien que sabía que la innovación no acaba nunca, que las creaciones son simplemente paradas intermitentes, como si la satisfacción plena se hallase en una especie de Atlántida a la que se pretende llegar de forma infructuosa.

Tino nunca terminaba los discos, no terminaba las grabaciones. Si le dejabas seguía cambiando cosas hasta el final. El productor tenía que decirle: ‘Tino, hasta aquí’. Todo estaba basado en la transformación interna y externa con lo que hacía y con su arte constante”, afirma Javier Losada, músico, compositor y productor de larga trayectoria, que formó parte de la grabación de ‘Etiqueta Negra’ como teclista. Él conoció muy bien a Tino, al que consideraba no sólo un amigo sino “un hermano mayor”.

Casal fue un creador poliédrico, un artista integral. Un cantante, sí, pero también compositor, productor, pintor, decorador y escultor. No, no era un hombre del Renacimiento, era un tipo de su tiempo, de mirada catadióptrica, percibiendo y reflejando a la vez un sentido de la existencia y del arte multicolor, poliforme y multiangular. Quizá él lo que quería era ser en sí mismo una obra de arte, y puede que sólo admitiese para sí en aquel 1983, hace ahora justo 40 años, esa consideración de ‘Etiqueta Negra’ que dio título a su segundo trabajo discográfico. Antes, casi de crío, había sido cantante de Los Zafiros Negros; después, de los Archiduques, aún en su Asturias natal. Pero aquel inquieto chico que creció en un pueblo ovetense quería seguir otro camino, y en 1977 se marchó a Londres para empaparse de la creatividad cosmopolita que proporcionaba la capital británica. Allí descubrió que quería ser un poco Bowie. Pero un Bowie a su manera.

Tino Casal junto a algunas de sus pinturas. ARCHIVO


Un nuevo Tino

A su vuelta de tierras londinenses, alguien creyó que podría convertirlo en un intérprete de canción ligera. Logró, es cierto, una segunda plaza en el Festival de Benidorm en 1978, con una canción titulada ‘Emborráchate’, pero Casal no quería ser ese Casal. Por eso, en 1981 lanzó su primer disco en solitario y lo llamó de forma reivindicativa Neocasal, como si fuese el testimonio de una ruptura, de un tiempo nuevo, como prólogo de lo que estaba por venir, alejado de pretéritos y caminos mil veces trillados. Alguien dijo de él que nunca perdía el tiempo mirando al pasado.

Grabó Neocasal’ en los estudios del músico Luis Cobos y contó con la producción de Julián Ruiz. El single ‘Champú de Huevo’ fue número uno en España, algo que le sirvió para que el sector discográfico terminara de intuir en él un gran potencial comercial.

Dos años más tarde, de nuevo con Julián Ruiz como productor, lanzó ‘Etiqueta Negra’, con el que ‘descorchó’ un buen número de mentes inquietas y abrió el interés y los oídos a una música y unas letras que ejercían de avanzadilla en una sociedad y un público aún desperezándose de tiempos recatados y adormecidos. “En el estudio era muy divertido, pero también insoportable”, recuerda Julián Ruiz. “Como yo ponía toda la música nueva que aparecía en el mundo en mi programa Plásticos y Decibelios, estábamos al día de todo. Si oíamos una canción que nos gustaba, pues íbamos por esa línea estilística”, apunta el que además de productor fuera buen amigo de Casal.

“Tino estaba formando una banda para ir de gira con su disco ‘Neocasal’. Me enteré de que estaban buscando un teclista e hice un casting, creo que el único que he hecho en mi vida. Cuando lo conocí fue una especie de flechazo musical y profesional. A Tino le encantaba innovar y lo que quería en su sonido era innovación. Después de aquella gira, me ofreció hacer los teclados para ‘Etiqueta Negra’. Fui al estudio y me encontré a Julián Ruiz. Él influyó bastante en el sonido de Tino. Julián era otro innovador”, rememora Javier Losada.

Durante cinco semanas, el sencillo ‘Embrujada’, incluido en este disco, encabezó las listas de ventas en España. Aquella melodía pegadiza estaba envuelta en magnéticos sintetizadores y en una voz repleta de pliegues y matices. “Basamos la rítmica del tema y la secuencia en ‘Don’t You Want Me’, de la banda británica The Human League -recuerda Losada-, aunque, obviamente, salió otra canción. La introducción era magnífica y los intervalos del estribillo eran magistrales por parte de Tino”.

A las pocas semanas de su lanzamiento Embrujada se convirtió en uno de los temas más bailados en las discotecas españolas. Los platós de las televisiones fueron, entonces, escenario y pasarela a la vez para ese Casal que creaba su propio vestuario, influido por la inmensa admiración que despertaba en él Bowie. De este tomó, claro, una imagen camaleónica y un sentido estético centelleante, pero siempre se trató de una adaptación e interpretación ‘autóctona’.

La modernidad española

Ese magnetismo visual y sus diseños modernistas llamaron la atención en los días de la recordada e idealizada Movida. Sin embargo -apunta Losada-, “él nunca ha salido en un documental sobre la Movida, ¿no es curioso?, cuando muchos de aquellos grupos iban a su casa para ver qué estaba gestando en su nuevo disco. Siempre fue un referente”. “Tino huía del cutrerío y una cosa que no soportaba eran las envidias. Y Tino era una persona muy envidiada”, añade quien fuera su teclista en aquellos años.

Pero en el caso de Casal, tras lo que parecía representar el papel de simple apariencia estética se escondía una autenticidad lograda con ideas y conceptos propios. Quienes mejor lo conocieron siempre recuerdan que no salía a la calle sin dedicar un buen tiempo a vestirse, peinarse y pintarse. Aquel imperio de la estética estaba presidido, sin embargo, por una voz y una creatividad musical única en su tiempo. Y eso era lo que primaba por encima del resto de cosas.

“A Tino le gustaba todo tipo de música. La gente hoy no es tan ecléctica como antes”, apunta Julián Ruiz. Casal no era una de esas voces que se esconden tras una fachada. Podía llegar a agudos al alcance de muy pocos o caer en tonos más graves y, a la vez, en la gravedad de unas letras que tenían poco o nada de impostura. “¿Cantantes como él hoy en España? No los hay. De ninguna manera. Es que tenía casi cuatro octavas. Búscame uno. Es que escuchas los temas de Etiqueta Negra y te quedas perplejo aún hoy”, responde el productor cuando se le pregunta si hay hoy alguien parecido a Casal.

Los versos del artista asturiano, sus composiciones escondían rebeldía e inconformismo, y respondían poéticamente a sus inquietudes y reflexiones. ‘Embrujada’ constituyó su gran éxito comercial, pero si hay un tema en ‘Etiqueta Negra’ que desnuda a Casal de sus ropajes, de ese imperio visual y llamativo que lo acompañaba siempre es ‘Los Pájaros’. En esa canción fue capaz de mostrar esa habilidad e inmensa capacidad creativa y aprovechar, paradójicamente, la oscuridad de sus letras para arrojar un inmenso haz de luz sobre la intransigencia, sobre aquellos que le juzgaban con una mirada inquisitorial repleta de incomprensión.

“Es una de las más personales. La gente cree que Tino era un frívolo, pero no, Tino tenía un corazón de unos sentimientos profundos, y era capaz de realizar una sintetización de todo lo que le sucedía, maravillosa”, asegura Ruiz. “Me costó mucho que la cantara así. Le decía ‘No cantes como Camilo Sesto o Nino Bravo, cántala como si fueras un anglosajón’”, reconoce el productor.

Y Casal la cantó con palabras agrietadas y oscuras: “Agitando sus alas / viven a espaldas / de cualquier sociedad. / Como halcones heridos / buscan sus nidos / entre la libertad. Ácratas de la noche. / Estigmas de posguerra / sobre la tierra, / no saben olvidar, / no quieren olvidar, / no pueden olvidar”. Y en aquellas estrofas iba implícito un contraataque artístico, plenamente humano, ante esa intolerancia, ante las ‘buenas maneras’ y ‘lo correcto y apropiado’. Con ‘Los Pájaros’ podría decirse que Casal volaba en tierras dominadas por la oscuridad para alumbrar la libertad de ese nuevo tiempo que había nacido con el fin de la dictadura en España.

El disco incluía también canciones como ‘African chic’, donde se conjugaban sonidos tribales y electrónicos, y la melódica Póker para un perdedor, en la que Casal realizaba magníficos giros vocales. ‘Miedo’, ‘Etiqueta Negra’, ‘Malaria’, ‘Azúcar Moreno’, ‘Legal e ilegal’, y’ Un minuto más’ completaban la lista de aquel trabajo discográfico.

Después llegarían más números uno con ‘Pánico en el Edén’, de su disco ‘Hielo Rojo’ (1984), que fue sintonía de la Vuelta Ciclista a España aquel año, y ‘Eloise’, una versión excepcional de la canción del cantante británico Bryan Ryan con un arreglo superlativo, incluida en ‘Lágrimas de cocodrilo’ (1987), a la que muchos consideraron la obra maestra del cantante asturiano.

¿Qué habría sido hoy de Casal? Javier Losada lo tiene claro: “Conociéndolo bien, como no le gustaba nada lo cutre creo que hubiera desistido, habría dejado la música probablemente, porque en España durante los últimos cuarenta años la música ha ido involucionando”.

Un 22 de septiembre de 1991, el coche en el que Tino viajaba con unos amigos chocó contra una farola en la carretera de Castilla, en Madrid. Él no llevaba puesto el cinturón de seguridad. El accidente le costó la vida. “Cuando Tino fallece, en España es como si se hubiera apagado un faro”, apunta con tristeza Losada.

Casal murió mientras era trasladado en helicóptero a un hospital, casi como si la letra de Los Pájaros hubiera sido una oscura y trágica premonición: “Despertad. / Ya se fue la luz del día. / Despertad. / Envuélvete en la oscuridad. / Despertad. / Las garras de la noche fría. / Despertad. / Por una vez más te atraparán. / Despertad. / Y ver que empieza un nuevo día”.

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