Nueve siglos hace que los peregrinos caminan hacía Santiago de Compostela. Los primeros emprendieron la marcha impulsados por la fe, pero con los años la motivaciones se han adaptado a los nuevos tiempos. «Antes de empezar el viaje tenía como objetivo volver a encontrarme a mi mismo y reorientar mi vida en todos los aspectos. Pensaba que sería una travesía solitaria y de introspección, si bien es cierto que esto lo he cumplido, el camino me ha enseñado una manera totalmente opuesta de conseguirlo. Es muy complicado acabar solo la marcha, ya que se establecen vínculos muy fuertes en muy poco tiempo y de manera totalmente espontánea. A medida que te vas relacionando, vas encontrando un poco de ti mismo en cada peregrino». Toni Alemany empezó su camino en Saint Jean Pied de Port el pasado 12 de agosto: 32 días más tarde y con casi 900 kilómetros a sus espaldas coronó la Catedral de Santiago.

No es la primera vez que este mallorquín de 30 años hace el camino, se lo conoce como la palma de la mano. «Es algo que llevo haciendo casi cada verano desde niño gracias a mi tío Jaume Alemany y su Asociación de Amigos del Camino de Santiago Mallorca, que llevan más de 25 años peregrinando», cuenta. Alemany explica que «siempre había deseado era hacerlo entero y eso requiere algo de dinero ahorrado y sobre todo tiempo, alrededor de un mes. Es algo que siempre vas posponiendo y que nunca parece llegar, por nuestro ritmo de vida y por darle prioridad a ciertas cosas, hasta que de repente todo cambia».

El mallorquín explica que hace unos meses su situación personal cambió y fue entonces cuando decidió que era el momento de retomar uno de sus sueños. «Pedí una excedencia en el trabajo y sin pensarlo dos veces entendí que era la señal que había estado esperando durante tanto tiempo. Me fui a principios de julio y solo volví a Mallorca para vacunarme. Junto con mi tío estuvimos haciendo cuatro caminos de su programa hasta acabar el 10 de agosto. Ese mismo día emprendí mi marcha hacia el inicio del camino y el día 12 empecé en Saint Jean Pied de Port».


La ruta de más de 900 kilómetros acumula un raudal de historias, tradiciones y mitos. Algunos peregrinos discurren en busca de un objetivo mientras que otros disfrutan del camino y los lugares que atraviesa. «Lo más duro de la travesía en perder gente que no consigue acabar, mucho más incluso que los días de sol intenso por Castilla y León con ola de calor. El camino es como una pequeña metáfora constante de la vida en la que la gente viene y va», asegura el mallorquín.

Y al igual que recuerda aquellos instantes de sacrificio de los días de intenso calor, cuenta con emoción el que sin duda ha sido el mejor momento de esta aventura: «Llegar con todas las personas que he conocido estos días a la meta final ha sido una de las experiencias más bonitas y emotivas de mi vida».


Aunque el camino lo empezó solo y luego ha ido rodeándose de muchos a los que ahora ya considera amigos. Alemany comenzó a contar su andadura a través de un diario en Instagram. Cada día publicaba las mejores fotografías y narraba como había sido su ruta, al poco tiempo, amigos, familiares y desconocidos se convirtieron en acompañantes online de esta aventura. «En principio lo hacía para mi, para poder tener un bonito recuerdo de todo el camino, también he escrito cada día unas notas a la vieja usanza para intentar no olvidar nada en un futuro. Lejos de eso, no tenía ninguna otra pretensión», asegura.

La sorpresa llegó días más tarde cuando descubrió que aquellos post le interesaban a muchos más de los que él pensaba. «Mucha gente me ha reconocido el esfuerzo tanto de hacer el camino como de documentarlo. Al poco tiempo me empezaron a escribir por privado felicitándome y declarándose fans de mis historias diarias. Eso me ayudó y me motivó a continuar con ello», explica.


El mallorquín es uno de los miles de peregrinos que han acudido este verano al Camino. De hecho, a pesar de las noticias de aglomeraciones durante julio y agosto, Alemany explica que no tuvieron problemas de masificación hasta llegar a los últimos 100 kilómetros. «Al principio no tuvimos ningún problemas, aunque si es cierto que debido a la reducción de plazas en los albergues por la COVID, algunas personas preferían reservar para no tener sorpresas. Al llegar a la etapa de Sarria – Santiago es cierto que la afluencia de gente aumentó considerablemente, incluso en septiembre. Entonces fue cuando comprendimos lo que había pasado en pleno verano, por miedo también reservamos todo hasta Santiago», cuenta.

A pesar de ser uno de los muchos mallorquines que han realizado esta ruta durante las vacaciones dice no haberse encontrado con ninguno durante todo este mes. «En el último tramo del camino encontré a gente que tiene alguna relación con Mallorca. Guillermo Galletero, un bilbaino con familia en Felanitx donde pasa los veranos. Y Inma Galdón, una chica de Albacete que hace 3 años vino a Mallorca y trabaja en Son Llàtzer como enfermera de neonatos».


Y es que después de más de un mes caminando, Alemany regresa a la Islas con una de las «mejores experiencias de su vida» y alguna que otra lección aprendido. Como aquella de desconectar para volver a conectar o dicho es su propias palabras: «el camino de una forma u otra te cambia la vida. Después de eso ya no vuelves a ver la vida de la misma manera. He conocido a muchísima gente, cada uno con sus problemas que les impulsaban a venir y a todos les ha ayudado muchísimo. Al fin y al cabo, casi todos tenemos los mismos problemas y compartirlos es la mejor terapia que puede existir. No quiere decir que el Camino te arregle la vida ni los soluciones, pero el esfuerzo diario y las ganas de conseguir el objetivo son como una metáfora de tu propia vida. Al fin y al cabo, lo único que hay que hacer siempre es seguir caminando».


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