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Manel Barriere Figueroa | Hay libros que te invitan a plantearte preguntas sobre su mera existencia como tal. ¿Qué define una novela? ¿Cuáles son los elementos que la constituyen? ¿Cuál es su cometido? ¿Qué recursos son válidos para construirla? Preguntas aparentemente muy elementales que adquieren una complejidad y una profundidad nuevas cuando nos encontramos con un libro como 1969, de Eduard Márquez. Porque se trata de una novela, no hay duda, y sin embargo, no contiene una sola palabra escrita de puño y letra de su autor. Ni una sola.

El cine se compone de una sucesión de imágenes fijas. Es nuestra percepción visual, debida al funcionamiento del sentido de la vista, lo que crea la ilusión del movimiento. La imagen en movimiento no existe más que en nuestro cerebro. 1969 funciona de un modo parecido. No es nuestra manera de mirar, si no nuestra manera de leer lo que genera la “ilusión” de una novela, la tensión dramática y la tensión narrativa necesarias para que una novela exista. Hay quien ha comparado 1969 con un documental cinematográfico. El autor insiste, es “simplemente una novela”. Yo diría: de todo menos simple.

1969 es una novela de montaje. El autor ha ordenado una serie de textos de origen diverso para construir un relato a partir de nuestra experiencia lectora. Entrevistas realizadas durante un largo proceso de documentación alternadas con textos institucionales de la época. Lector o lectora están llamados a asumir una responsabilidad, porque cada uno de los textos por separado no son en sí mismos literarios, o novelescos, no son ficción sino un documento.

Dice Claude Lanzmann que su monumental película documental Shoah es una obra de arte, todas y cada una de las imágenes y palabras que aparecen son responsabilidad suya, una elección como artista. Pero en Shoah hay puesta en escena, un trabajo muy elaborado al servicio de una idea. Eduard Márquez va más allá pues respeta escrupulosamente no solo los documentos, también la forma de hablar de los entrevistados, transcritos casi literalmente con sus dejes, sus errores gramaticales y sus chascarrillos, con el fin situar fidelidad y honestidad como principios irrenunciables. Y aun así no deja de ser una obra de arte, una novela de Eduard Márquez.

La novela empieza con la acción del movimiento estudiantil en el rectorado de la Universidad de Barcelona, el 17 de enero. Ocupación, zarandeo del rector y un busto de Franco lanzado por la ventana. Causó un gran revuelo y llenó la prensa de la época de inflamados titulares. Pocos días después, el 24 de enero, se proclamó el Estado de Excepción en Barcelona. Lo que sigue es una particular crónica de un año entero en la ciudad, un año que representa por un lado la llegada del influjo de Mayo del 68, y por otro el inicio del proceso histórico conocido como Transición Española. Es un año clave, por tanto, un año bisagra entre dos períodos, el viejo franquismo gris y el tardo franquismo convulso donde se producirá el choque final entre el régimen y la oposición antifranquista.

El mecanismo narrativo ideado por Eduard Márquez establece una relación dialéctica entre las palabras en el presente de los protagonistas, su humanidad, y la lectura actual de textos institucionales. Un lenguaje formal y anquilosado nos transporta no solo a otra época, también a un mundo absurdo desconectado de cualquier realidad fuera de la defensa y justificación de esas mismas instituciones. Se genera un efecto de contraste (elemento fundamental de todo montaje) entre una cierta nostalgia por la juventud perdida y el horror ante la crudeza de algunos de los hechos acontecidos. No olvidemos que ese mismo mes de enero, el día 20, Enrique Ruano era asesinado por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, inaugurando una Transición mucho más violenta que modélica.

El recuerdo de lo vivido, irrecuperable para bien o para mal, frente al inmovilismo de un poder que se muestra inflexible, frío, inescrutable, inmutable. Quienes se movieron entonces escucharon el ruido de sus cadenas en una sociedad encadenada, y lucharon precisamente para poder recordar. Eduard Márquez ha decidido como escritor ser fiel a quienes protagonizaron esa lucha, a su generosidad, convirtiendo la novela en un vehículo para la memoria. Un compromiso tan admirable como necesario.

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