Relaciones nada peligrosas

Juan Benito Argüelles, Juan Cruz, Juan Cueto, Juan Carlos Laviana… Todos se llaman Juan y todos fueron para mí una escuela de vida y profesionalidad. En los años 80 yo pertenecía al grupo Luna de Abajo, de Langreo, que empezamos publicando la revista ‘Arlequín’ y pronto nos constituimos como editorial de poesía. Al lado de Alberto Vega, Ricardo Labra, Helios Pandiella y Noelí Puente, viví unos años intensos con publicaciones y recitales por toda Asturias. Un día fuimos a ver a Ángel González, que estaba de paso en Oviedo desde su exilio en Albuquerque, Nuevo México, y le propusimos hacerle un homenaje en forma de libro que publicamos en 1985 con el título de ‘Guía para un encuentro’ con Ángel González.

El primer Juan que conocí, por indicación de Ángel, fue Juan Benito; él y su mujer, Lola Lucio, habían puesto en marcha Tribuna Ciudadana, una asociación civil y cultural de enorme prestigio, que aún continúa su vida pública. Eran también los artífices del premio ‘Tigre Juan’ de novela. Tanto a Tribuna como al premio yo me incorporé años más tarde para vivir con ellos unos años irrepetibles de fulgor cultural que hicieron de Oviedo una referencia democrática y de progreso. Tribuna se fundó en 1980 con la presidencia de Juan Benito, a instancias de Lola, tuvieron la elegancia y la generosidad de proponerme como presidente en junio de 1993, mandato que concluí voluntariamente en junio de 1996 cuando fui a Madrid a coordinar ‘La Esfera’, el suplemento cultural de ‘El Mundo’, en donde entra en mi vida otro de los Juanes: Juan Carlos Laviana.

Tres años junto a él, entonces adjunto a Pedro J. Ramírez, aprendí a llevar un equipo de periodistas culturales y críticos literarios en un diario nacional que, con Babelia, de ‘El País’, y el del ‘Abc’, eran los tres referentes sobre libros, arte, teatro y cine. Cuando terminé mi etapa en el periódico, el Ministerio de Cultura nos concedió el Premio Nacional de Fomento de la Lectura. Me fui del diario, llamado por el tercero de los Juanes: Juan Cruz, que me ofreció la dirección de comunicación de las editores del Grupo Santillana, Alfaguara, Taurus, Aguilar y El País Aguilar. De nuevo tres años en los que me batí el cobre con los medios, ayudado por un magnífico equipo de colaboradores, y hacía de nexo de unión editorial con Mario Vargas Llosa, Manuel Vicent, Carlos Fuentes, Bryce Echenique, Cabrera Infante…

Cruz y Cueto

“Juan Cruz tuvo siempre a Juan Cueto como alguien fundamental en el ámbito de la cultura, la comunicación y el periodismo. Cueto había sido para mí otro de los Juanes en mi vida profesional. Me pidió que le ayudase en la coordinación de ¡Los Cuadernos del Norte¡ cuando él iba a tener que pasar cada semana en Milán, como asesor de programación de Telepiú. Me conocía por Luna de Abajo y ya antes me había propuesto escribir en la revista, pero quien me había recomendado fue Silverio Cañada. ‘No pudo ser’, como le gustaba decir a Aute al final de la canción ‘Una de dos’. Juan Cueto me contó los motivos por los que La Caja de Ahorros de Asturias no admitía un nuevo colaborador. ‘Cuestiones de contrato, posible futura antigüedad, etcétera’, me dijo Cueto; y añadió: “pues según ese criterio, a estas alturas yo podría ser jefe de negociado”.

La publicación del libro sobre Ángel González dio a Luna de Abajo un gran impulso al contar en sus páginas con Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Paco Ignacio Taibo I, Daniel Sueiro, Caballero Bonald…, y hasta una colaboración de última hora de Paco Rabal. Fue el libro más emocionante que tuvimos la fortuna de hacer”.

Delegado en Madrid

Uno de los trabajos más interesantes para mí fue el de ser delegado del Principado de Asturias en Madrid que me ofrecieron en diciembre de 2007. Cuatro años antes, mi mujer, Palmira Márquez, y yo fundamos Dos Passos, Agencia Literaria y Comunicación. Márquez es una periodista que venía de dirigir la vida cultural de la cadena de librerías Crisol, del Grupo Prisa, en toda España. Somos socios desde entonces, pero desde que me propusieron dirigir la Delegación de Asturias es ella la que ha hecho crecer la agencia hasta convertirla en lo que es hoy: un referente entre las agencias literarias, representando a muchos de los autores más reconocidos. Mi paso por la Delegación del Principado, en la glorieta de Ruiz Giménez, fue una nueva experiencia laboral, tal vez la mejor, por la que trabajé denodadamente en la conexión gastronómica, turística y cultural de Asturias en Madrid, una ciudad, como he dicho muchas veces, que nos admira desde los primeros aguadores y serenos, y que disfruta en los más de cien restaurantes asturianos. La promoción que hicimos entonces se llamó ‘Enamorados de Asturias’, que, parafraseando a Lope de Vega, ‘quien lo probó lo sabe’. Tenemos una historia mítica y un potencial cultural inabarcable que para los madrileños, y también para los que no lo son, somos la Autonomía más querida. Pero, bueno, siempre habrá quien siga creyendo que no necesitamos tanta ayuda exterior para vivir. Puede que el ejemplo más cercano sea el de Francisco Álvarez Cascos que actuó como la canción de la Nueva Trova Cubana sobre Fidel: ‘Llegó el comandante y mandó a parar”’.

A la Nebrija

Lalo Azcona es un asturiano de pro, generoso y cordial, que me había ayudado en una gran exposición sobre cuadros de artistas asturianos que estaban en colecciones privadas, e inauguramos primero en el Revillagigedo, con La Caja de Ahorros, y con la Fundación Masaveu que colaboró con un magnífico catálogo. Azcona habló con Manuel Villa, fundador de la universidad Nebrija, para que contara conmigo tras el cierre estrepitoso y equivocado de la Delegación, una prueba más de la incompetencia de ciertos políticos que acaban con todo lo que funciona solo porque había sido una decisión de su antecesor en el cargo, en este caso mi admirado Tini Areces, que puso su confianza en mí para crear una Delegación acorde con la importancia del lugar. Con la Nebrija entré en el selecto club de las universidades privadas en donde conocí a personas de mucho nivel académico y personal. Villa y yo somos familia pero, como suele suceder, no siempre los más cercanos en consanguinidad son los mejores aliados en el trabajo o en los negocios. En este caso la experiencia duró solo seis meses porque Manuel –a quien admiro por su gran capacidad emprendedora–, y yo no acabamos de centrar las preferencias de mi cargo en la dirección de la Fundación Nebrija y el de Relaciones Institucionales. Demasiadas alforjas para tan corto viaje”.

En el teatro

A Natalio Grueso, antes de que la infamia le persiguiera, le habían nombrado en el Ayuntamiento de Madrid director de programación de Artes Escénicas, y me llamó para dirigir el teatro Fernán Gomez-Centro de Arte. Fue la experiencia más dura y mezquina que sufrí en todos mis años de actividad profesional. Me tocó el momento en el que en el Ayuntamiento se juntaron jefes de distintas secciones de la peor calaña comandados por Fernando Villalonga, director de política cultural. Me despidió, y tras poner al Ayuntamiento en el disparadero de la crítica mediática también él tuvo que dejar el cargo y pasó por varios negociados, entre ellos el de diplomático en Rabat, del que cesó antes de llegar, debido a sus declaraciones al canal de Vox en Youtube, en las que cargó contra el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden”.

Balance

“De todas las personas que conocí he aprendido. No puedo olvidar que en estas décadas fugaces he convivido con grandes artistas, algunos fueron amigos, con otros tuve encuentros interesantes, y los más siguen en mi memoria por haberlos leído o visto en el cine y en el teatro. Los he admirado y todos ellos han dejado en el aire, como el verso de San Juan de la Cruz, ‘un no sé qué que queda balbuciendo’”.



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