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Alberto Cordero Martín | Es difícil, llegado a cierto punto, levantarte, coger la caja de las pastillas que se encuentra en la mesilla, sacar una píldora y mientras fluye junto al agua por tu garganta no preguntarte ¿Cómo hemos llegado a este punto? Una larga historia humana ha ido caminando lentamente hasta llegar al punto en el que un chico gay de clase baja cada mañana al levantarse se toma una pastilla. Morel decía en el siglo XIX que la locura germina en la miseria como su caldo de cultivo, él ya intuía, desde una voz cómplice, que había una estructura de clase, que la locura es un producto esencial del orden burgués (UHP, 2007), esa bestia amorfa a la que hoy se rinde un silencioso culto. Había una moraleja detrás de aquella afirmación que provocó un seísmo que aún hoy hace temblar el precario barro en el que nos movemos: el pobre siempre es peligroso para el capital y este se declara en abierta guerra contra él.
Le decía Rosa Luxemburg a Bernstein, su principal rival, que él no quería oír hablar de ninguna ciencia de clase pero como la sociedad está constituida por clases con aspiraciones, intereses y concepciones contrapuestas es pura fantasía hablar de una ciencia social humana general. Cuando quien habla de ciencia, moral o democracia lo hace de forma general lo que tiene en su cabeza son la ciencia, la moral y la democracia de la clase dominante (Luxemburg, 1977). Es esto, quizá, extrapolable al complejo de ciencias ‘’psi’’ que, incluso, han sustituido en la mayoría de las personas al sentido común a la hora de pensar sus vidas. Es por eso que hoy se hace presente el pensamiento de Max Weber en el que subraya que el capitalismo se caracteriza por un desencanto del mundo que no ve más allá de las pérdidas y las ganancias (Löwy, 2018) Es decir, y creo que no estamos descubriendo nada a nadie al decir esto, la cosificación de los lazos y su inevitable destrucción a manos del naufragio en las heladas aguas del cálculo egoísta.
Es una especie de ritual que se expande durante el día detrás de cada comida y al dormir, te acompaña como una expiación que depura los peligrosos humores de las clases bajas que son el fervor del fulgor político. Walter Benjamin hablaba siempre de una cierta religiosidad capitalista y es, quizás, esto lo que penetra en mi alma cuando me encuentro frente a la fluoxetina: la consumición del cuerpo de un Dios anónimo, el culto silencioso a una bestia invisible, después de todo en eso se basa la religión capitalista que prefigura Benjamin (Catalina, 2018). A veces, y pensando el día por entero, cabe preguntarse más allá y observarlo en su conjunto: todo lo que hay en ese ritual se aglutina en el fetichismo que Benjamin prefigura: una idolatría alienante la realización de la autonomía. Una idolatría que trata a las personas como si fuesen objetos y a los objetos como si fuesen personas (Catalina, 2018). Cuando me veo solo aplicando esas terapias me pregunto si no he aplicado esa inversión desde hace tiempo: las relaciones que me rodean, y las de los que me rodean, son cada vez más endebles, consumibles (salvo contadas excepciones), es decir, el clima de deshumanización imperante en el cálculo egoísta del capital se extiende a la mayoría de mi vida, es un virus explosivamente contagioso. Sin embargo, busco los remedios a un clima alienante y mercantilizado en ese objeto verdaderamente consumible que ha sustituido a los cuidados. Es un sistema de captura perfecto porque, volviendo a esa religiosidad: No es la creencia la que determina la integración en el capitalismo pero tampoco su exclusión. El capital no exige dogmática y sus herramientas de clase han ido convirtiéndose en un sistema de captura indudablemente eficaz. Digamos que a veces incluso se trata de un extraño funcionalismo.
Hay una genealogía que retrocedería para buscar la expresión de este camino hasta Philippe Pinel y la liberación de los locos en Bicetre. Me lleva a pensar hasta que punto este quedó como un hecho encapsulado dentro del orden capitalista que ha provocado el devenir de lo que posteriormente sucedería. Para Georg Lukács hay una clara diferencia entre la burguesía revolucionaria que alcanza su liberación en el desarrollo ‘’espontáneo’’ del capitalismo y la clase proletaria que solo lo podrá hacer de una acción consciente que le involucre en la que se tenga una conocimiento de la realidad objetiva social (Lukács, 1969). Poco o nada tiene que ver la liberación de los locos con un acto de las clases bajas, la miseria era la que allí se hallaba encerrada, consciente y en el que se ven involucradas, más bien es el desarrollo de futuras técnicas de explotación, el punto entre la ruptura y la creación de nuevas formas de violencia.
El Colectivo de Pacientes Socialistas de la Universidad de Heidelberg (SPK) menciona varias veces como el capital ha llevado las lógicas de explotación y consumo a su cénit creando una política económica de increíble eficacia. La destrucción de la vida que el capitalismo provoca sale enormemente rentable en el mercado actual. La función de la psiquiatría es el mantenimiento y el aumento del grado de explotación de la mercancía fuerza de trabajo. Por otra parte la psiquiatría tiene que garantizar que las farmacéuticas y las industrias médico-técnicas realicen sus plusvalías (la psiquiatría es la esfera circulatoria de la industria farmacéutica y medico-técnica). Así el paciente es el objeto de una doble explotación: La fuerza de trabajo es reparada con el fin de una explotación continua y como consumidor garantiza la venta permanente de la industria farmacéutica y medico-técnica (SPK, 2018). Es, sin duda, el camino a nuevas formas de violencia.
La liberación de los locos lejos de las ensoñaciones de Pinel de liberar a los locos de los terribles humores que se encontraban encerrados en el hermético espacio del psiquiátrico han hecho de la violencia algo continuo en la vida de toda persona psiquiatrizada. Hoy la violencia es perpetua y el enfermo crónico, la psiquiatría es la reproducción de la destrucción de la vida, la reproducción de la patología, de cerca nadie es normal pero en las plantas de salud mental de este país, y lo sabemos todos los que allí hemos estado encerrados, te enseñan a ser enfermo, la psiquiatrización te educa en la patología. No solo el encierro, si no es la propia psiquiatrización una heterotopía sumamente abierta, como bien dice el SPK: la enfermedad es la única forma de vida posible bajo el capitalismo. Es el propio capital el que acaba por reproducir esta destrucción de la vida.
Sería injusto no mencionar que hay toda una construcción moral y política alrededor de este proceso. Después de todo lo sano viene en nuestra sociedad determinado por la adaptación, la locura por la no adaptación del individuo al sistema en el que vive; lo que tendríamos que preguntarnos es hasta donde lo irracional (la no adaptación) es patológico, hasta donde la locura decretada por las autoridades médicas determina al paciente a un destino etiquetado. En las sociedades capitalistas existe un miedo a la locura entendida como una situación infantil del hombre frente a la madurez necesaria para introducirse en las relaciones sociales y productivas. El loco es, al fin y al cabo, alguien que no se ha introducido en este juego y que no ha sido capaz (o no ha querido ser capaz) de insertarse en las relaciones sociales y de producción constituida entre los otros. La locura viene definida como un comportamiento inaceptable de una realidad política y cultural concreta (UHP, 2007). Es decir, lo sano tiene estrechos lazos con la moral y la política y, como bien señala el fragmento antes mencionado de Rosa Luxemburgo, la moral y la política desligada de la clase es pura ensoñación.
Marx sirve completamente de apoyo a lo que el UHP menciona cuando dice que una mutilación mental y corporal es un elemento inseparable de la división del trabajo en la sociedad que el periodo de manufactura profundiza todavía más y por otra parte, esta división, ataca al individuo en su raíz vital, suministra el material y el impulso para la patología (Marx, 1971), es decir, la alienación. Es esta relación con el capital la que ha ido prefigurando nuestro trato al sufrimiento psíquico. El problema está en la representación basada en los intereses de la clase dominante de un individuo divorciado de su contexto histórico y cultural. En tu sufrimiento el código postal es clave. No solo en lo que sufres, sino también en como se presenta en tu entorno.
Y, claro está, este sistema de captura se ha vuelto tan refinado que no hay más posibilidad que sumergirte en las lógicas del capital. Siendo que las dinámicas violentas y de explotación rompen cualquier posibilidad organizativa acabando con los posibles lazos que se puedan generar. Solo hay que ver la destrucción de los movimientos sociales que ha provocado la pandemia y el capitalismo. Debido a la desposesión de saberes y medios de subsistencia autónomos o comunitarios progresivamente el capitalismo conlleva el sometimiento masivo de la población no solo a una racionalidad técnico- económica, sino a sus correspondientes formas sociales como única forma de sostén (Benjamin, 2004).
Hay que pensar, que después de cada tratamiento se esconde la ideología del capital y un apoyo mutuo asfixiado y derrotado. Pensar que la fuerza emancipadora ha de provenir desde la rememoración del sufrimiento que se proyecta hacia el futuro. Por eso, la fuerza ha de provenir desde la rememoración de lo y los que quedan excluidos del progreso. (Benjamin, 2011). Esa es la posibilidad que aguarda detrás de los momentos estériles hay que construir día a día. Es por eso que la cita que titula este artículo procede de una obra del joven Lukács, ‘’De la pobreza de espíritu’’, en la que expresa el hastío por una vida en el capital y sus lógicas desgarradoras y la búsqueda por una respuesta colectiva a ese sistema primero en la religión atea rusa y más tarde en el marxismo.
Referencias:
Taller de investigaciones UHP (2007) UHP Uníos hermanxs psiquiatrizadxs en guerra contra la mercancía, Gatazka Gunea, DDT Benaketak.
Luxemburg R. (1977) Reforma o revolución, Barcelona: Grijalbo
Michael L (2018) El Marxismo Olvidado, Barcelona: Sylone-Viento Sur
Lukács G. (1969) Historia y Conciencia de Clase, Barcelona: Grijalbo
SPK (2018) Hacer de la enfermedad un arma, Mannheim: KRIMM
Catalina C. (2018) Viento Sur n158, Madrid: Viento Sur.
Marx K. (1971) Das Kapital I (El Capital I) MEW
Benjamin W. (2004) Libro de los pasajes, Madrid: AKAL
Benjamin W. (2021) Tesis de filosofía de la historia, Madrid: Alianza Editorial, en A propósito de Walter Benjamin nueva traducción y guía de lectura.
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