La ficción y el público se rinden al poder de seducción de las sectas. Analizamos por qué nos interesan estas historias de sumisión y tratamos de contestar a la gran pregunta: ¿somos carne de secta?

“Cuando en nuestra cultura la gente se siente “culpable” lo que ocurre realmente es que tiene miedo porque ha desobedecido”, Erich Fromm.

Ruby caminaba de regreso a casa cuando sintió que una camioneta se paraba a su lado. Joe sacó el brazo por la ventanilla y le entregó un papel en el que había escrito a mano, con un lápiz: “tienes que dejar de mirarme en la iglesia. Mi padre se ha dado cuenta”. Y al final, en letras mayúsculas, añadió: te quiero”. A partir de ese momento Ruby dedicaba varias horas al día a subir a las colinas que rodeaban su casa, una de tantas en el asentamiento mormón fundamentalista de Utah donde vivía, y a escuchar canciones de Abba con un reproductor de discos que su hermano guardaba en secreto –en su iglesia, la iglesia fundamentalista de Jesucristo de los santos de los últimos días, la música no religiosa estaba prohibida–. Miraba la casa de Joe, a escasos metros de la suya, y pensaba en él y en ella misma mientras disfrutaba de la “música prohibida”. El día que su madre le comunicó que iba a casarse dio por hecho que sería con Joe. Contuvo la emoción y esbozó una sonrisa que se convirtió en una oscura señal. Ruby contrajo matrimonio con un primo segundo en un motel de Caliente poco después. Tenía catorce años. A los veinticuatro ya contaba con seis hijos.

Keep Sweet pray and obey

Rebecca Wall también creció en la iglesia fundamentalista de Jesucristo de los santos de los últimos días, una facción de la religión mormona que de hecho fue expulsada del culto oficial por practicar la poligamia y permitir matrimonios que implicaban a niñas menores de edad. En su caso, una mañana cualquiera cruzó el pasillo de la casa familiar donde convivía con sus tres madres –el número de esposas que un hombre debe tener como mínimo para alcanzar la salvación y la vida eterna según este culto– y sus más de treinta o cuarenta hermanos, salió al jardín, se remangó su largo vestido de flores violetas y saltó la valla que separaba su hogar del mundo exterior. Lo hizo movida por un impulso que ni ella misma se pudo explicar. Desobedeció para salvarse, aunque entonces no lo sabía, y tenía miedo, y posiblemente ardería en el infierno.

Keep Sweet pray and obey

La historias de Rebbeca y Ruby articulan la serie documental Keep sweet, pray and obey (Sonríe, reza y obedece) de Netflix. Una de las muchas ficciones dedicadas a sectas, cultos o sociedades secretas que han visto la luz durante este último año y que confirman un evidente interés del público por estas historias de sumisión: Mariana Enríquez y su exitosa novela Nuestra parte de noche, Tara Westover y su biografía Una educación (donde también relata su experiencia en el seno del fundamentalismo mormón), las series Heaven’s Gate (la puerta del cielo), The Way Down (el descenso), Bikram, The Wild wild country (el país salvaje) o la mencionada Keep Sweet, así como futuros proyectos como el filme que recreará la masacre de Jonestown (el mayor suicidio colectivo de la historia) y que posiblemente protagonizará Leonardo DiCaprio son solo algunos de los títulos que han visto la luz en los últimos tres años, y que confirman el liderazgo de la secta-manía en la ficción. Un lugar que hasta entonces había ocupado el true crime.

“Estamos rodeados de muchas sectas y no nos damos cuenta porque no hacen nada extraño”.

La semilla del bien y del mal

Si lo que se ve o consume dice más sobre uno mismo que las palabras que se pronuncian a diario, la fascinación por las sectas plantea varias preguntas alrededor del funcionamiento de la psique humana: para empezar y casi acabar, ¿por qué nos gustan estas historias extremas de sumisión? La doctora María Velasco (@dramariavelasco), psiquiatra y psicoterapeuta, apela al síndrome del Coliseo Romano, una suerte de instinto que nos lleva incluso a disfrutar cuando vemos a otros sufrir siempre y cuando nos sepamos a salvo. Las historias de Ruby y Rebecca, contempladas desde la comodidad del sofá, son pura inspiración. Otra cosa muy diferente sería verse allí, delante del líder supremo del fundamentalismo, Warren Jeffs (ahora en prisión), y plantarle cara con apenas catorce años. “Antes el mal se localizaba fuera: el demonio, la posesión, el pecado, la locura. Pero la realidad es que todos llevamos dentro la semilla del bien y del mal”, comenta María. “Estamos rodeados de muchas sectas y no nos damos cuenta porque no hacen nada extraño. Las que nos llaman la atención son las sectas que tienen que ver con nuestra parte más oscura”.

Fotograma de la serie documental “Keep sweet pray and obey”.

El comportamiento sectáreo es casi inherente al ser humano. El hombre siempre ha temido a la soledad y, por lo tanto, a enfrentarse a los demás por miedo a quedarse solo. Pero el capitalismo y el consumismo exacerbados han alienado al individuo hasta nuevos niveles. Se piensa menos, se tiene menos sentido crítico. El hombre está mejor vestido, “educado”, y cuenta con más número de placeres a su alcance pero, paradójicamente, se siente más solo y vacío. Es carne de secta en todo su ser, pues necesita conectar con los demás como la única manera de sobrevivir, aunque luego regrese a su estado de aislamiento y enajenación. Basta ver el éxito de las aplicaciones para buscar pareja y su conversión en redes de contactos efímeros o las dinámicas que se establecen en espacios como Instagram, donde estamos solos pero acompañados, y solo nos preocupamos de nosotros mismos. Ya lo vaticinó el filósofo y psicólogo Erich Fromm en su ensayo Sobre la desobediencia: “Hay poco sentimiento crítico, poco pensamiento real, y entonces la conformidad con el resto es lo único que puede salvar al individuo de un insoportable sentimiento de soledad y desorientación”.

“Todos podríamos entrar en una secta”.

En la serie Kepp sweet, pray and obey una mujer que abandonó el fundamentalismo mormón explica esta idea de la siguiente manera: “tenía más miedo a desobedecer que a mi propia muerte”. Mientras tanto nosotros, sentados cómodamente en los sofás de nuestras casas, nos planteamos si habríamos sido capaces de seguir nuestro instinto y disentir, levantar la mano en la misa dominical y decir “no estoy de acuerdo”. El pánico a la desobediencia es tan contagioso como el atrevimiento, tan viral como una gripe. Los animales lo huelen, y los líderes de cultos y sectas lo utilizan en nuestra contra. Sí, nos fascina ver cómo otros sufrieron y se atrevieron. Y no podemos evitar fantasear sobre el que podría haber sido nuestro comportamiento en circunstancias similares.

Somos carne de secta

De una secta naces o te haces. No hay otra manera de entrar. Las personas que han tenido la poca fortuna de haber crecido en una no solo no han conocido otra cosa, sino que su capacidad de disentir o desobedecer está todavía más mermada que en el caso de aquellos que han conocido otros lugares; otros países y otra gente; otra manera, en definitiva, de vivir. Pero una secta también puede llegar a ti a través de un folleto informativo que “alguien”, posiblemente una persona atractiva y de innegable encanto, te ha entregado en la calle. “Todos podríamos entrar en una secta”, comenta la doctora María Velasco. “Aunque una persona que se sienta sola, que esté pasando por un mal momento, que tenga una personalidad más impresionable, pues es más vulnerable”.

Fotograma de la serie documental “Keep sweet pray and obey”.

Las mujeres son, de nuevo, uno de los grupos con más papeletas para ser captados por dinámicas grupales un tanto siniestras. Ellas son una parte esencial en la configuración de comunidades por su propensión a obedecer, entregarse y cuidar, y cuando el líder del grupo es un hombre con cierto magnetismo que además utiliza el sexo y el deseo en su beneficio, el cóctel se convierte en una bebida amarga y peligrosa. Elvis lo supo cuando agitó las caderas por primera vez y escuchó a las chicas gritar. Soy poderoso, pensó.

“Una mujer que piensa, que critica, que se separa, es una mala mujer”.

“El rol femenino, que no es lo mismo que la mujer, es construido a lo largo de nuestra infancia por debajo del masculino en capacidad para criticar, de tener pensamiento propio, luchar ciertas cosas. Es un rol que tiende a empatizar, a cuidar del otro, a comprender, a perdonar, y siempre poniéndote tú en segundo lugar. Se hiperdesarrolla lo afectivo, las relaciones humanas, los vínculos. Y todo eso es un caldo de cultivo para estar en una posición de sumisión en una secta donde hay un líder que te cuida y te dice lo que tienes que hacer”, afirma la doctora Velasco.

La mujer que obedece es una buena mujer y no solo eso, también es más atractiva y deseable para formar una familia. En la secta de los fundamentalistas mormones que se retrata en Keep sweet, pray and obey muchas de ellas llegaron a entregar a sus hijos para seguir el dogma, los designios de dios que llegaban a los fieles a través de las palabras del profeta. Lo hacían convencidas y con lágrimas en los ojos, lo hacían sin poder hablar ni moverse, paralizadas por la posibilidad de no volver a ver a sus bebés, pero lo hacían. Y lo hacía, sobre todo, desoyendo su propio instinto, una voz más antigua y sabia que cualquier sermón dominical. Todas querían ser buenas, todas ansiaban llegar al Sion –el paraíso terrenal que luego resultó ser un sucio rancho de Texas donde se abusaba de los niños que habían entregado–. “Una mujer que piensa, que critica, que se separa, es una mala mujer”, añade María Velasco.

Fotograma de la serie documental “Keep sweet pray and obey”.

Charlene Jeffs era una de las mujeres de Lyle Jeffs, hermano del líder supremo de la iglesia fundamentalista de Jesucristo de los santos de los últimos días, y era tan perfecta en su sumisión, en su desempeño del rol de mujer entregada a su marido y al ser humano que fuera –las mujeres también se someten a otras mujeres– que nadie habría imaginado que un día cualquiera, movida por una sensación de incomodidad ubicada en la boca del estómago, decidiría desobedecer. Se acercó a la camioneta de Lyle, cogió papel y lápiz, y apuntó los kilómetros de ida y vuelta que había hecho ese día. Luego los trazó en un mapa y fue descartando ciudades y pueblos, hasta que dio con el lugar: Texas. Sión, el paraíso en la tierra no era un reino celestial, estaba justo allí, donde hay polvo y fango, y el calor te abrasa la piel. Fue solo el comienzo. Eva mordiendo la manzana una vez más.





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