Nota del editor: Mari Rodríguez Ichaso ha sido colaboradora de la revista Vanidades durante varias décadas. Es especialista en moda, viajes, gastronomía, arte, arquitectura y entretenimiento. Productora de cine y columnista de estilo de CNN en Español. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivamente suyas. Lee más artículos de opinión en cnne.com/opinion.

(CNN Español) — Al honrar a mujeres muy especiales durante estos días que celebramos en todo el mundo los logros femeninos, quisiera recordar que hace 35 años –el 6 de marzo de 1986– murió la genial pintora estadounidense Georgia O’Keeffe. Tenía 98 años y había vivido a su aire, a su estilo y pintando lo que le gustaba y le producía curiosidad.

Su trabajo es considerado pionero en el arte estadounidense y, por ello, Georgia recibió muchos premios en vida, incluyendo las prestigiosas Medalla de la Libertad y Medalla Nacional de las Artes de Estados Unidos.

A mí me encantan sus flores –y el estilo tan especial en que las pintaba–, ¡aunque una de sus obras preferidas es su visión de las nubes desde un avión! ¡Y, cuando vuelo, retrato mucho las nubes y el cielo, inspirada por ella! Sus paisajes del desierto y las montañas de Nuevo México plasman su gran admiración por la naturaleza que le rodeaba.

Su mundo en Santa Fe, Nuevo México –donde vivió desde 1949–, era fascinante, aunque muchos artistas no hubieran seguido sus pasos a sitios tan duros y desérticos a comienzos del siglo XX. Pero era un hábitat que a ella, sin embargo, inspiraba –y donde vivió largos años–. Se enamoró de las montañas: «Es mi montaña privada, me pertenece, Dios me dijo que si la pintaba suficiente, podía quedármela”, dijo una vez para explicar su amor por el paisaje de Nuevo México. Curiosamente, sus orígenes habían sido muy diferentes y muy bucólicos –creció siendo la hija de un exitoso granjero que criaba vacas en Wisconsin-, algo usual para descendientes de inmigrantes europeos en el siglo XIX.

Un obra de Georgia O’Keeffe en el Tate Modern de Londres en 2016. (Rob Stothard/Getty Images)

Después de una exclusiva educación religiosa en el colegio privado del Sagrado Corazón, el naciente mundo artístico de Nueva York, a comienzos del siglo XX marcó su futuro. Y el resto es historia.

La artista desarrolló su amor por la pintura en Manhattan –donde el mundo artístico estaba floreciendo con gran éxito–. Y allí conoció al que sería su marido, el fabuloso fotógrafo Alfred Stieglitz. O’Keeffe era una mujer privadísima, disciplinada –que respetaba la naturaleza– e impartía clases de arte (durante varios años antes de llegar a Nueva York). “Para crear un mundo propio se necesita coraje”, decía.

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O’Keeffe –a quien le molestaba el machismo que siempre atribuía a sus pinturas, connotaciones y freudianos símbolos sexuales– perdió parcialmente la vista debido a degeneración macular, y desde 1971 solo tenía visión lateral.

Después de radicarse en el Oeste estadounidense, nunca más quiso volver a vivir en Nueva York –donde había pintado rascacielos y puentes– y vivió con su esposo, el brillante Stieglitz, de quien se enamoró “a primera vista”. La muerte de Stieglitz en 1946 –después de 22 años de casados– provocó su mudanza permanente a Santa Fe.

¡Como ven, Georgia O’Keeffe fue una mujer especial, diferente y con gran talento, que tuvo el coraje de seguir su vocación y tuvo una vida interesantísima!



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