'La gran odalisca', copia de Jean-Auguste-Dominique Ingres.
‘La gran odalisca’, copia de Jean-Auguste-Dominique Ingres.

En la compleja red de mujeres esclavas del mundo islámico, las odaliscas ocupaban el puesto más ínfimo. Eran menos que nada. Jóvenes y bellas, su misión era servir a las esposas y concubinas del sultán. A sus jaulas de oro llegaban en forma de regalo con el que se obsequiaba a los hombres más poderosos. Su figura, más fantástica que real, alimentó sin descanso las fantasías masculinas de los artistas europeos de los siglos XIX y XX y fueron utilizadas por muchos pintores para sus experimentaciones plásticas en un tiempo en el que las mujeres reales empezaban a luchar en las calles para reclamar sus derechos civiles. Ingres, Delacroix, Picasso, Matisse, Chassériau, Bernard, Gérôme y Constant fueron algunos de los grandes maestros que abordaron el tema. Todos ellos están representados en la exposición Odaliscas. De Ingres a Picasso, inaugurada este jueves por los reyes Felipe y Letizia y que se podrá ver desde el 11 de junio hasta el 11 de septiembre en el palacio de Carlos V de la Alhambra. Esta muestra temporal y gratuita se plantea como un aliciente para que el conjunto monumental de la Alhambra vuelva a llenarse del murmullo de los visitantes, después de las restricciones impuestas por la pandemia.

Comisariada por María López sobre un montaje de Juan Pablo Rodríguez Frade, la exposición se empezó a gestar hace dos años, antes de la pandemia, cuando el conjunto monumental de la Alhambra recibió 2.474.231 personas, cifra que le ponía a la cabeza de los museos más visitados en España, pero que hacía temer por la masificación. Dos años después, la situación ha cambiado radicalmente y sin el turismo internacional no se alcanza el aforo del 65%, límite al que todavía están sometidos los espacios públicos andaluces. El pasado miércoles, eran muy pocas las personas que aguardaban su turno bajo un calor desaforado y el denso perfume de los tilos que dan acceso a los palacios nazaríes.

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Repartida en tres salas del palacio de Carlos V, el primer espacio está ocupado casi en exclusiva por 18 dibujos de Jean Auguste Dominique Ingres, prestados por el Museo Ingres-Bourdelle de Montauban, junto a una de las máximas joyas de la muestra, la icónica y pequeña pintura Petit Harem, cedida por el Museo del Louvre. El centro francés, en cambio, no ha prestado en esta ocasión La gran odalisca, que se pudo contemplar en el Prado en 2015. Para intentar compensar el vacío se incluye una copia de la época.

Ante los dibujos nunca antes vistos en España de Ingres, llenos de detalles de cuerpos femeninos contorsionados y desnudos, María López explica que en esta exposición ha querido ahondar en el significado de la odalisca como asunto pictórico vinculado a los desnudos que ya están en los orígenes del arte. “Es uno de los temas míticos de la modernidad, cuya multiplicidad de significados resulta casi abrumadora. Es un género que participa del orientalismo, encarna la misoginia decimonónica y conecta con el desnudo tradicional de los viejos maestros”. Y ha querido también dar una lectura sobre la deconstrucción de un mito que en el siglo XX ha sido contestado por artistas feministas como Guerrilla Girls, quienes a finales de los ochenta colgaron frente al Museo Metropolitan de Nueva York uno de sus carteles más famosos. En él se veía a La gran odalisca de Ingres representada con una máscara de gorila y acompañada de una frase que decía: “¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Met?”.

En la segunda sala, un estudio de Delacroix para Las mujeres de Argel sirve para mostrar cómo el motivo de la odalisca y su entorno oriental sirvió para la experimentación cromática. “Todos los artistas aquí representados, salvo Ingres, viajaron por Oriente y llevaron a sus lienzos el colorido que no conocían en Europa”, dice la comisaria. “Estamos hablando de un movimiento básicamente parisino que surge en un tiempo de transformaciones políticas a las que estos artistas prefieren no prestar atención en sus pinturas. Frente a la realidad de las calles, optan por la fantasía procedente de regiones lejanas”. Así se ve en los cuadros de Constant, Gérôme o Seel, cuyas odaliscas abundan en las fantasías, tópicos y prejuicios misóginos en torno al harén. Por contra, Emile Bernard o Fernand Lantoine recrean mujeres ataviadas con vestidos corrientes, a veces cerrados hasta el cuello, que pudieron tener mucho que ver con la figura real de las mujeres orientales de finales del XIX y comienzos del XX, como es el caso de Joven de El Cairo (hacia 1882), de Jean-Léon Gérôme, donde una joven morena posa vestida de la cabeza a los pies con una pandereta en las manos.

'Mujer con pandereta', de Pablo Picasso.
‘Mujer con pandereta’, de Pablo Picasso.

La última sala contiene una transformación del género a manos de Pablo Picasso y Henri Matisse. De las odaliscas de Matisse se pudo ver una exposición en este mismo palacio en octubre de 2010 con siete de las 100 telas que el artista dedicó al tema a lo largo de su vida. La sala ofrece solo una tela, prestada por un coleccionista privado estadounidense, frente a un despliegue de obras de Picasso entre las que se encuentran La femme au tambourin, del Musée de l’Orangerie, Femme couché o Femme au bonnet turc, procedentes del Pompidou, junto con varios estudios para Femme d’Alger, del Museo Picasso de París. No ha podido venir La siesta, del Picasso de Málaga, por el alto coste del seguro, 60 millones de euros, en una exposición cuyo coste ha sido de 400.000 euros.

En medio del recorrido que atraviesa las salas se exhibe una colección de objetos y muebles procedentes del Museo de la Alhambra que se supone que adornaban los harenes: puertas de alacenas, arquetas, braseros de piedra caliza, cortinas de seda con hilos plateados, perfumeros o silbatos con los que se entretenían y jugaban los niños del harén. O así se cree que fue porque Antonio Peral, arquitecto conservador de la Alhambra, explica durante una visita nocturna a los palacios que, a ciencia cierta, no se sabe dónde se encontraba el harén de la Alhambra por más que uno de los principales salones lleve su nombre. “Hay mucha fantasía. No hay planos de lo que estos palacios fueron en origen ni sabemos quiénes fueron sus diseñadores porque entonces no existía la figura del arquitecto. Parece lógico pensar que el harén estuviera en las partes altas. Es fácil imaginar montones de ojos fisgando a través de las celosías lo que ocurría en los salones principales. También podía estar en los sótanos. A saber”.



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