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Katja Meirowsky, la artista refugiada en Ibiza que plasmó en la pintura los horrores de la persecución nazi

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Katja Meirowsky, en su estudio de Berlín (1948-1949)

Esther Ballesteros

Mallorca —

Perseguida por la Gestapo, la policía secreta de la Alemania Nazi, y huyendo de un pasado que la atormentaba, Katja Meirowsky recaló en Eivissa un día de 1952. Aún no sabía que se iba a convertir en una importante figura del llamado grupo Ibiza 59, cuyo ambiente era eminentemente masculino y estaba integrado sobre todo por creadores que habían dejado atrás el país germano. Años atrás, Walter Benjamin, Rafel Alberti, Albert Camus y Tristan Tzara ya habían arribado a la mayor de las Pitiüsas cuando ésta aún era la antesala del desarrollo turístico, un lugar en el que todavía no había llegado la modernidad mientras la República de Weimar rezumaba una efervescencia cultural sin precedentes que posteriormente acabaría engullida por el régimen de Hitler.

De Meirowsky (Straussdorf, 1920 – Potsdam, 2012), sin embargo, poco se ha escrito, a pesar de haber alumbrado una extensa obra pictórica en la que, poco a poco, han ido reparando galerías y museos. Entre ellos, Es Baluard, en Mallorca, que acoge hasta el próximo 25 de agosto una exposición dedicada a esta artista alemana. Y es que, como señalan desde este museo de arte contemporáneo, actualmente “es necesario rehacer el canon del arte moderno ampliando los criterios y haciendo un hueco a ‘la otra mitad de la vanguardia’”.

“De entre los artistas modernos que después de la Segunda Guerra Mundial se establecieron en las Illes Balears para producir una extensa parte de su obra, Katja Meirowsky ha permanecido injustamente alejada de los focos historiográficos”, resaltan desde Es Baluard, destacando el hecho de que su obra y su figura se revelen en la actualidad “bajo el signo de un cierto anacronismo, de extrañeza y, al mismo tiempo, de una poderosa determinación estética”.

Integrante de la Rote Kapelle antinazi

De ascendencia rusa e italiana (Casella era su nombre de soltera), Katja Meirowsky era hija de madre judía y padre comunista. Entre 1938 y 1942 estudió pintura en la institución que actualmente recibe el nombre de Universidad de las Artes en Berlín. Durante la época nazi fue miembro de la Rote Kapelle [Orquestra Roja], nombre con el que la Gestapo denominaba a los grupos independientes del movimiento de resistencia antinazi y de asistencia a los judíos, así como a quienes se veían abocados a huir del régimen alemán.

En una entrevista grabada para el United States Holocaust Memorial Museum en 2006, la artista explicaba que su compromiso ético la llevó a implicarse en la Rote Kapelle, compuesta “de una muchedumbre abigarrada de individuos de perfiles y posiciones políticas e ideológicas muy diversas, unidos por el rechazo al autoritarismo del Tercer Reich”, como explican el comisario de la exposición La acción roja y la membrana, Bartomeu Seguí, y la directora de Es Baluard, Inma Prieto.

De ascendencia rusa e italiana, durante la época nazi fue miembro de la Rote Kapelle [Orquestra Roja], nombre con el que la Gestapo denominaba a los grupos independientes del movimiento de resistencia antinazi y de asistencia a los judíos

Sin embargo, cuando Meirowsky fue consciente de que la policía secreta germana la estaba vigilando por esconder y ayudar a disidentes políticos y judíos perseguidos –ella misma era judía y temía ser expulsada de la escuela, además de saber que su vida corría peligro–, decidió huir de Berlín y ocultarse en Polonia durante la guerra. “Apenas teníamos qué comer porque vivíamos ilegalmente”, confesaría la artista mucho después. Terminado el conflicto bélico, regresó a la capital alemana en 1945 para trabajar como artista en el entorno de las galerías Gerd Rosen y Bremer.

Los traumas de la experiencia del nazismo

Su incursión en el arte no dejaría indiferente a nadie. “Los traumas de la experiencia del nazismo, la persecución, el asesinato de tantos amigos y gente cercana, la guerra y, podemos añadir, las condiciones humanas y políticas de la posguerra en Berlín, son la base de una actitud vital que empujan a Meirowsky a dedicar el resto de su vida a traducirlo en pintura, en imágenes que hoy nos sorprenden y nos provocan”, destacan Seguí y Prieto. “También pueden desorientarnos y, probablemente, transportarnos a lugares de descripción pesada. Los territorios a los que nos quiere llevar la obra de Meirowsky son el intento de reconstrucción de la utopía del arte moderno, despertado con gran violencia por el fascismo, reventado a golpes de prohibición y persecución”, subrayan.

Como recuerdan desde Es Baluard, junto con el artista Alexander Camaro y su esposa, Liselore Bergman, Meirowsky fundó en 1949 el cabaret de artistas Die Badewanne [La bañera], del que también formaban parte los artistas Hans Laabs y Heinz Trökes, con quienes, años después, Meirowsky coincidirá en Eivissa. Se trataba, en concreto, de un centro de experimentación multidisciplinar que unía la pintura, la literatura, la danza, el teatro y la música y que se inspiraba en la literatura y el arte modernos perseguidos y censurados por los nazis para su reinterpretación y adaptación a la realidad del momento. La sátira, la ironía, el absurdo y el humor negro les permitían denunciar la pervivencia del nazismo en la sociedad de posguerra. Sin embargo, Die Badewanne apenas duró seis meses, y en 1950 varios de aquellos artistas fundaron un nuevo cabaret, Die Quellepeitsche [La fuente original], mientras Meirowsky, su marido, su hermano pequeño, Rolek Casella, y Hans Laabs impulsaban un proyecto alternativo, Das Atelier [El taller].

“Los artistas alemanes de la época son conscientes de la fragilidad de lo que quieren construir: un espacio estético nuevo para una nueva humanidad, sobre valores supuestamente universales de libertad, igualdad, solidaridad y confianza en la mejora, todo lo que la Ilustración identificaba con el progreso. El arte debe construir ese espacio y los artistas alemanes de la época viven el sentimiento de su extinción en manos del gobierno y la sociedad que lo ha creado”, abundan Prieto y Marí.

La llegada a Eivissa

Sin embargo, pese a haber terminado la guerra, comenzaron a alzarse voces que los atacaban como “contaminadores” por su participación en la Rote Kapelle, como explicó en su día Heidi Jäger: “Mientras que los oficiales del 20 de julio fueron celebrados como héroes, los resistentes de la Rote Kapelle fueron tachados de comunistas”. Fue entonces cuando, en 1952, Meirowsky tomó una decisión: junto a su marido, Karl, decidió trasladarse a Eivissa, “un territorio de libertad en un país gobernado por el antiguo amigo de Hitler y Mussolini”, señalan comisario y directora de Es Baluard. “Beatniks primero, hippies después, intelectuales y artistas crearon una sociedad cosmopolita y babélica paralela al mundo local. La dictadura de Franco era sólo perceptible en la ciudad y en días señalados”, inciden.

En Eivissa] beatniks primero, hippies después, intelectuales y artistas crearon una sociedad cosmopolita y babélica paralela al mundo local. La dictadura de Franco era sólo perceptible en la ciudad y en días señalados

Inma Prieto y Bartomeu Marí — Directora de Es Baluard y comisario de la exposición ‘Katja Meirowsky. La acción roja y la membrana’

En Eivissa, Meirowsky producirá la mayor parte de su obra, a la que se dedicará de un modo absoluto. Fue en la mayor de las Pitiüsas donde la artista, señalan Marí y Prieto, “encontró un espacio desconectado de la cultura metropolitana, del pasado de agitación, intrigas y peligros, del recuerdo de la persecución y de la destrucción. O de las diversas destrucciones, en plural, que el fascismo, la guerra y la posguerra habían supuesto. La isla le ofrecía paisajes, gente y cosas diametralmente opuestas, antitéticas a todo lo que debía dejar atrás”. La antigua colonia fenicia, púnica, romana e islámica era, además, centro de relaciones multiculturales donde coincidían artistas y creadores de numerosas nacionalidades, un hervidero de creación plástica y literaria, con algunas galerías y, desde 1969, uno de los primeros museos de arte contemporáneo de la posguerra.

Pero sería en 1959 cuando, junto a otros artistas residentes en Eivissa como Erwin Broner, Hans Laab, Bob Munford, Egon Neubauer, Erwin Bechtold o Antonio Ruiz, se constituyeron en el grupo Ibiza 59, una galería que, sin embargo, tuvo conexiones con nazis afincados en la isla. Por ejemplo, Erwin Broner fue un judío alemán nacido en una familia burguesa que desarrolló su actividad profesional como pintor y arquitecto. Su arte fue encuadrado dentro de lo que Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo, llamaba Entartete kunst –arte degenerado–, es decir, todo lo que para el régimen hitleriano procediera del arte moderno, para ellos ‘contaminado’ por la ‘influencia’ del judaísmo y el bolchevismo.

El fin del Grupo Ibiza 59

El local en el que luego se alojó esta galería estuvo alquilado, en 1957, precisamente por Dieter Loerzer, militante de las juventudes hitlerianas, quien vivió en la isla en dos periodos, desde 1957 a 1962 y desde 1973 hasta su muerte en 2010. Estrechó lazos en Barcelona con Emil Schillinger (que fue miembro de la Luftwaffe) y, una vez establecido en Eivissa, se hizo cargo de la dirección de la galería. Schillinger además inauguró un bar, en el barrio de La Marina –pegado al puerto–, llamado El Delfín Verde, en el que, según Rosa Rodríguez Branchat, licenciada en Historia del Arte y doctora en Ciencias Sociales y Humanidades, autora de, entre otros libros, La construcció d’un mite. Cultura i franquisme a Eivissa (1936–1975), se producían encuentros de nazis que celebraban todos los años el nacimiento de Adolf Hitler. En 1964, apenas cinco años después de su creación, Ibiza 59 acabaría disolviéndose.

Como señalan desde Es Baluard, Meirowsky dejó una obra y las huellas de una vida poco publicitada, conocida sobre todo a través de los testimonios de algunas personas que la conocieron. “Manteniendo relaciones con unos pocos amigos y gente cercana, la artista nos deja escasos documentos públicos o publicaciones sobre su vida aparte de su obra, aunque sí muchos documentos privados. Sus archivos, custodiados por los Lippeck hasta la fecha, han sido donados al Archivo de Arte Alemán del Germanisches Nationalmuseum en Nuremberg, donde serán conservados y, esperamos, estudiados de aquí en adelante”, sentencian.

Meirowsky dejó una obra y las huellas de una vida poco publicitada, conocida sobre todo a través de los testimonios de algunas personas que la conocieron

Como escribió en Los días en la isla el poeta castellano Antonio Colinas, gran amigo de Katja y Karl Meirowsky: “[…] En sus obras -como en el paisaje circundante, como en la isla toda, como en la vida- hay sabia paz y amenazas, hay una enorme y metafísica serenidad y una agresión, una provocación que viene impuesta por el sentido catastrofista del tiempo que nos ha tocado vivir”.