Dos soldaldados inspeccionan una zona devastada tras la retirada rusa en Bucha, cerca de Kiev. / E. P./Vídeo. Atlas

Los supervivientes salen de los sótanos después de seis semanas en las que han subsistido entre explosiones y disparos

Oleg tenía 33 años y era cocinero en un restaurante en Kiev. Casado y padre de una niña de 4 años, desde que los rusos llegaron a Bucha vivía encerrado en el sótano de su casa en la calle Yablunska junto a cuarenta vecinos. La tarde del 19 de marzo salió a por leña para hacer un fuego y calentar el sótano. Sabía que era una salida de riesgo porque los rusos no permitían ningún movimiento. Nunca regresó. Yaroslav, uno de sus vecinos, recuerda que «era por la tarde y los rusos les dieron el alto. Oleg respondió al grito de ‘soy civil, soy civil’, pero no le hicieron caso y escuchamos cinco disparos». Su cadáver apareció diez días después, «maniatado y con el estómago reventado a balazos. Yo fui quien le dio la vuelta al cuerpo, que estaba boca abajo. Llevaba ya días muerto cuando lo dejaron aquí. Es urgente que alguien investigue estos crímenes», pide con tristeza bajo la placa del bloque 318-A de la calle, a solo 30 pasos del búnker.

Oleg es uno entre las decenas de caídos en esta calle rebautizada como la ‘avenida de los cuerpos’ en el barrio Sklovazod de Bucha, una zona obrera nacida durante los años de la URSS en el entorno de la fábrica local de cristal, que visitó ayer el presidente Volodímir Zelenski. «Los rusos se han comportado como unas bestias y me da pena que en Moscú les engañen con esta guerra, que no sepan la verdad. ¿Desnazificar? Todos estos muertos son solo civiles, aquí no hay seguidores de Stepán Bandera», lamenta Lasia, que camina entre los conches calcinados junto a su marido, Mikhail.

Rusia dice que todo es un «montaje» de Kiev, pero en esta calle nadie ha tenido tiempo para eso. Los supervivientes salen de los sótanos después de seis semanas en las que han vivido entre explosiones, disparos y bajo el terror de unas fuerzas de ocupación heridas por la gran emboscada que sufrieron en Bucha su camino a Kiev el tercer día de la guerra, que continuó ayer con otro ataque que dejó 7 muertos –entre ellos, tres menores– y 34 heridos tras un bombardeo en Járkov.

La UE investiga los «crímenes de guerra» de Rusia tras la masacre de Bucha

La familia de Oleg no quiere hablar. En su nombre lo hace una amiga cercana, Luda. Le recuerda como «un hombre bueno y tranquilo» y se santigua cuando se acerca a la marca de sangre dejada por su cadáver. «Nadie podía caminar por la calle y por la noche nos prohibían hacer fuego, temían que las llamas sirvieran para llamar la atención de algún francotirador ucraniano. Llegaron a disparar a un hombre por encender un cigarro», asegura la amiga de la familia.

Luda se dirige junto a una conocida al supermercado del barrio. El lugar está reventado por las bombas, así que entran por lo que eran unas puertas de cristal y en un interior apocalíptico retiran de las estanterías lo que se puede salvar del desastre. En el camino de ida y vuelta deben tener cuidado porque hay una zona minada.

Fosa común

La fosa común principal de Bucha la cavaron los rusos en la parte trasera de la iglesia de San Andrés. El padre Andrei cuenta que los vio comenzar la excavación el 10 de marzo y calcula que puede haber más de sesenta cuerpos. Algunos de los cadáveres recogidos desde el viernes, día de la retirada rusa, también se han traído hasta este lugar en el que las manos moradas y los pies de los muertos que llevan más tiempo sobresalen del barro. Sobre ellos se amontonan los cuerpos recién llegados, metidos en bolsas de plástico de color negro.

«Los rusos traían muertos cada día en una furgoneta blanca y en el tren infantil que antes estaba en el parque del pueblo. Llegaban, descargaban y se iban», relata Alek, que ha permanecido en Bucha las seis semanas. «Yo miraba atónito la escena y no me hacía muchas preguntas porque mi prioridad era sobrevivir, pero ahora que puedo salir a la calle y verlo tan de cerca estoy en shock», comenta frente a una tumba con una cruz de madera con los nombres de Margarita, Matvei y Klim, fallecidos el 5 de marzo.

Está a solo unos metros de la fosa común y el propio Alek enterró los cuerpos de esta madre y sus dos hijos, abatidos por los disparos de un puesto de control ruso cuando trataban de cambiar de barrio en Bucha para estar junto a la abuela. «Era una familia de desplazados del Donbás, rusos puros, la típica familia rusa. Llevaban dos años con nosotros y les teníamos mucho cariño. Tardé 22 días en poder ir a retirar sus cuerpos del coche. El padre ha perdido la pierna, pero se salvó y se recupera en el hospital», recuerda Alek. Cavó un hoyo para los tres y cubrió la tumba con adoquines. El entierro improvisado fue el día 28, justo un día después del cumpleaños de Margarita y cuando los rusos ultimaban los preparativos para su retirada. Con su salida, muertos y supervivientes de Bucha recuperan la paz.



Source link