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Rodrigo Martín nos ofrece, en el espacio artístico de Lucía Dueñas en Oviedo, una selección de acrílicos sobre lienzo con el título “El brillo y la espada”. Resulta interesante acercarse a esta galería y valorar su trabajo, sus aportaciones y cambios con respecto a su anterior etapa. Ya en la obra expuesta en la Feria de Arte de Oviedo de 2017 se advirtió un cambio en su trayectoria, alejándose del expresionismo gestual que le caracterizaba y de las connotaciones simbólicas del color, para centrarse en los aspectos intrínsecos a la pintura, básicos en la configuración de toda obra de arte. Las piezas que ahora nos presenta son fruto de esa experimentación, el artista ha pasado del ámbito lírico y sensorial al análisis riguroso y racional de las formas; unas indagaciones que han provocado esta inflexión y que, evidentemente, también están condicionadas por las reflexiones provocadas por la pandemia que, si bien está afectando a la manera de entender el mundo, en Rodrigo Martín ha propiciado una profundización en el análisis de las cualidades de su propia concepción plástica.
Estamos ante una muestra coherente, de una armonía potenciada por la homogeneidad de los formatos, la combinación cromática y la repetición de patrones geométricos, entre los que destacan las formas apuntadas, de daga o de filo de espada. Contemplándolas, surgen conexiones con la renovación plástica en torno a la forma y color desarrollada en las vanguardias históricas pero, sobre todo, con planteamientos más radicales (y menos emocionales) de los presupuestos teóricos y estéticos de la abstracción post-pictórica. Entre los referentes directos, se hallan los que se alejan de cualquier interpretación iconográfica, simbólica o connotativa, y se centran en modulaciones y variaciones apoyadas en una geometría rigurosa, como los trabajos de Josef Albers, o en las combinaciones formales y cromáticas de Max Bill, muchas veces tan angulosas y repletas de aristas, como las que ahora nos presenta Rodrigo Martín. En sus nuevas pinturas se integran estos principios, pero con una impronta muy personal, dando “una nueva vuelta de tuerca” al ámbito de la abstracción geométrica, reivindicando la presencia de una pintura esencialista que se nutra exclusivamente de elementos tan básicos como imprescindibles para la pervivencia del arte: la escala, el plano/superficie y la composición cromática y formal.
Desde una primera impresión, percibimos una pintura que se halla en la línea de la geometría pura, la de contornos duros, la de una delimitación de campos formales de colores planos, sin embargo, desde el acercamiento que propician los pequeños formatos –como ocurre en los cuadros de la serie “Thorns”– se advierten las huellas matéricas y el gesto, variaciones tonales, gradaciones y efectos volumétricos que señalan un distanciamiento de esa frialdad propia de la vanguardia más radical.
“El brillo y la espada”, más allá de las formas afiladas presentes en el conjunto de la muestra, con un especial protagonismo en acrílicos como “Dos posibilidades” –una de sus pinturas más interesantes– juega con el significado del brillo metálico de la espada, exquisito y delicado pero, al mismo tiempo, cortante. Habla de una necesaria complementariedad de los elementos que configuran cada obra. De ese carácter holístico implícito en cualquier obra de arte que aspire a la perfección, donde la superficie plana y monócroma encuentra su equilibrio en la gradación tonal, llevándonos a una percepción volumétrica, y las diagonales compositivas se complementan con el propio formato cuadrado o rectangular del soporte, aspecto muy importante en la configuración de unas obras que abren infinitas posibilidades y nuevas indagaciones.
Regálense una visita a la galería Lucía Dueñas, advertirán la calidad y buen hacer de un pintor que transmite, con su propuesta plástica, hasta qué punto el arte contribuye a calmar los excesos de estos momentos tan convulsos, permite reflexionar sobre la necesaria presencia de la geometría para recuperar un cierto orden individual y una serenidad perdida porque, cuando el silencio no es suficiente, las imágenes pueden llegar a ejercer el mayor de sus poderes.
En “El brillo y la espada” el pincel no es simplemente un instrumento de trabajo, es un arma que se empuña para enfatizar los principios creativos más elementales. La pintura parece hallarse siempre en una encrucijada, en una necesaria y fértil incertidumbre a la que Rodrigo Martín hace frente en la intimidad del estudio. La mención específica que el artista hace en su texto de presentación a la novela “La muerte del comendador” del escritor japonés Haruki Murakami añade, al conjunto, un sentido existencial: “Únicamente en soledad, cuando el futuro es incierto, empieza el verdadero viaje”.
«El brillo y la espada»
Rodrigo Martín
Galería Lucía Dueñas, calle Cervantes, 22, Oviedo.
Hasta el 4 de febrero de 2022
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