Fotografía: Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas

La primera vez que estuve en una autonomía “real” fue en 1983, en una demarcación autónoma en la provincia de Yunnan, en la República Popular China. Esa experiencia me permitió hacer conciencia de la posibilidad de que los pueblos no dominantes -minorías étnicas cómo solía decirse- pudieran tomar sus propias decisiones, desarrollar sus vidas colectivas en apego a sus culturas y lenguas y ser legalmente reconocidos con derechos específicos. Esa experiencia me llevó a profundizar en el estudio de las autonomías, razón por la cual elegí, años después, especializarme en nacionalismo en la London School of Economics de la Universidad de Londres. La experiencia de China con respecto a las autonomías y a las nacionalidades minoritarias me llevó a escribir un cuaderno de investigación, Autonomía Étnica en China (1998), entre otras publicaciones sobre temas de autonomía hasta hoy día. Así mismo, el contacto académico me llevó a conocer otras experiencias de autonomía en el mundo -comunidades autónomas de Cataluña y Galicia-. Y lo más significativo, a estudiar con rigor académico el significado y trascendencia de la autonomía y la libre determinación, en el entendido de que libre determinación no es independencia y no es intercambiable con autodeterminación. De ahí la problematización más evidente, pues no se trata por ahora de que surjan más Estados sino como estos Estados deben incluir en igualdad de condiciones y poniendo pisos parejos a las poblaciones históricamente excluidas y sin representación nacional. Hago este preámbulo que impregna mi visión sociológica porque me ayuda a fortalecer la narrativa que aquí quiero presentar de algunos acontecimientos muy recientes sobre los pueblos indígenas relacionados al derecho a la autonomía y a la libre determinación, así como a la construcción de interculturalidad.

Vícam pueblo – territorio yaqui (27-29, septiembre 2021)

El territorio yaqui en el desierto de Sonora es el epicentro de dos innovaciones de profundo calado social, político y cultural donde por primera vez los protagonistas son los pueblos indígenas. La primera innovación exhaustiva y valiente es la Propuesta de Iniciativa de Reforma Constitucional sobre Derechos de los Pueblos Indígenas y Afromexicano, que fue entregada al presidente Andrés Manuel López Obrador, el 28 de septiembre en Vícam, Sonora. La segunda innovación por su sólida vértebra intercultural es el anuncio del Plan de Justicia Yaqui, en ese mismo lugar. Estas innovaciones, en el sentido de que no tienen precedente e implican gran creatividad en sus alcances, son componentes del proyecto de construcción de una nación pluricultural, intercultural y con pluralismo jurídico que ha llevado con empeño la administración actual. Se demuestra que la voluntad política que emana desde el centro del poder es indispensable para generar inclusión y reconocimiento, y se constata que estos pueblos están en el umbral de decidir por sí mismos, y por anteponer sus propias ideas de futuro o de destino.

La propuesta de reforma a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, reforma y adiciona diversas disposiciones en favor de los derechos de los pueblos indígenas y, por primerísima vez, afromexicano. Si el artículo primero es garante de los derechos humanos, este se enriquece con la disposición de que los pueblos indígenas y afromexicano son libres e iguales y serán protegidos contra todo tipo de discriminación y racismo. El artículo segundo es central a la reforma; su diseño no deja lugar a la ambigüedad de interpretación, más aún, muestra que la nación ha alcanzado una etapa en la que hace un llamado a que todos los pueblos alcancen su plenitud. Así, la nación mexicana es una unidad en su diversidad, y para ello, los pueblos indígenas y afromexicano tienen derecho a la libre determinación que se ejercerá en un marco constitucional de autonomía. La unidad nacional que alienta esta reforma se construye en apego al respeto de la diversidad y su libertad. Porque la reforma realmente busca que los anhelos de igualdad y diversidad sean alcanzados, y porque para ello se requiere que los pueblos lleven a cabo sus propias propuestas de organización, gobierno, control de tierras y territorios, así como de recursos naturales, se reconoce que los pueblos y comunidades indígenas y afromexicana sean reconocidos como sujetos de derecho público con personalidad jurídica y patrimonio propio. Otro aspecto que es sumamente innovador son las disposiciones para garantizar la participación de las mujeres indígenas y afromexicana en el desarrollo, en la educación, en la propiedad y posesión de la tierra y recursos naturales en condiciones de igualdad. En verdad, no hay tema de interés, y en beneficio de los pueblos y comunidades que haya quedado fuera de esta reforma.

¿Qué tuvo que haber pasado para que el gobierno federal pusiera tanto empeño en esta obra de reforma? Por un lado, el reconocimiento de que hay una deuda histórica que saldar con los pueblos indígenas que hace referencia a su debida inclusión en una nación nutrida por la diversidad de sus pueblos y comunidades; por el otro, que no puede haber progreso, bienestar, felicidad, si una generosa porción de poblaciones indígenas y afromexicana es mantenida en situaciones de dominio colonial. Es un acto de congruencia y rectitud empeñarse en sumar esfuerzos profundos para iniciar con aquello que es principal: proporcionar un marco jurídico que garantice el bienestar de los pueblos de acuerdo con las formas y en las circunstancias que los pueblos decidan. Es la madurez política de que la autonomía y la libre determinación son instrumentos para promover transformaciones internas sin aquellos miedos de que la práctica de estas libertades socava los Estados y flagelan su unidad.

Ha llamado mucho mi atención el procedimiento, la disciplina y el rigor con la que se llevó a cabo la compilación y el análisis de la iniciativa de reforma que inició en junio de 2019. Se invirtieron más de dos años, se hicieron cientos de foros y asambleas por toda la república en la que participaron autoridades tradicionales y demás representantes, se realizaron foros con las comunidades de migrantes en Estados Unidos; más de trece mil personas formaron parte de consultas y discusiones; intervino un grupo de 29 mujeres y hombres formados en distintas disciplinas y con diferentes experiencias profesionales de alto nivel. Fue un ejercicio ejemplar, multidisciplinario, que logró hacer fluir el escenario que desde abajo proponía, es decir, las voces de mujeres y hombres, y desde arriba, se valoraba el impacto o trascendencia atenidos a una impecable técnica jurídica. Cada palabra, cada línea, cada párrafo, cada artículo fueron cuidadosamente revisados, y se vigiló que cualquier disposición fuera aceptada o rechazada en consenso. Se tuvo mucho cuidado en recoger las demandas y aspiraciones de los pueblos y comunidades en cuanto a sus formas normativas e históricas de procurarse gobierno y justicia, así como a alentar la libertad de asociación entre municipios. Nada se dejó afuera o fue considerado de importancia secundaria. He sido parte de ese Comité de Expertos por lo que he quedado admirada de la coordinación y la disciplina, de la devoción del liderazgo, del conocimiento pleno del constitucionalismo y de las corrientes más avanzadas del pluralismo jurídico; esa claridad de metas caracterizó el trabajo coordinador e intelectual del titular del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas, el abogado mixe, Adelfo Regino, y sus muy profesionales equipos de trabajo.

Siendo parte de ese Comité, volví a sentir esa admiración cuando presencié en la comunidad Tórim, en la Casa de la Niñez Indígena de Pótam, en Vícam pueblo, la cercana colaboración entre los pueblos mixe y yaqui que lograron materializar el Plan de Justicia Yaqui. A grandes rasgos se trata de un plan para devolver al pueblo yaqui su territorio fragmentado, la rehabilitación de su rio, y el bienestar integral de la gente. No me queda duda de que estamos ante un caso de trabajo colaborativo intercultural que inicia con una metodología participativa en la cual la experiencia, los conocimientos los saberes indígenas fluyen, son intercambiados, son aprendidos, son aplicados entre indígenas para indígenas. Es, por lo tanto, otro ejemplo con profundidad de innovación. Ese plan de reconstitución de tierras, aguas y de bienestar, podría haber sido un producto más de una política pública indigenista de antaño, elaborada por técnicos y profesionales no indígenas desde sus escritorios y cubículos citadinos. Indigenismo lineal de pasadas administraciones que por su rígida verticalidad se concentraba en la única institución diseñada para atender a los pueblos indígenas, es decir, no podía concebirse una política en favor de pueblos indígenas que fuera transversal que involucrara a las cabezas de sector, a los titulares de las distintas secretarías, a los tomadores de decisión institucional. Entonces, para restituir las tierras se convocó al titular de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, para que volviera a fluir y sonar el río con sus complejidades -derivadas de los acueductos construidos que distribuyen el agua de manera ventajosa a las ciudades sonorenses-, intervino la Comisión Nacional del Agua, para planear y construir el hospital, la universidad, la sala de usos múltiples, los titulares de salud, de educación, de cultura tuvieron que involucrarse directamente, como dijo Hugo Aguilar, uno de los intelectuales mixes de este proyecto, por aquí vino y pasó todo el “funcionariado federal”. Para construir los caminos del desierto que unen a algunas de las comunidades yaqui se aprendió de los campesinos y artesanos, provenientes de la sierra mixe, a organizar el trabajo de acuerdo con sus históricas practicas comunitarias que han dado muy buenos resultados en la construcción de infraestructura tanto en su natal Oaxaca como en otras entidades de la federación. Solo siendo así, puede lograrse una política transversal comprometida con el desarrollo de los pueblos indígenas. Sin duda, para mí representa un ejemplo de construcción de política pública de nuevo signo que ya empiezo a compartir con mis alumnos universitarios y a la que habré de darle seguimiento en el futuro cercano. A la bandera yaqui y a la bandera mixe, las ondea el mismo viento que hace sonar también los instrumentos de latón de la banda de Tlahuitoltepec, sus jóvenes músicos dirigidos por el maestro Aristeo, comparten lado a lado, los instrumentos que acompañan la danza del venado, la flauta, el tambor, los raspadores, los bates de agua, las sonajas de bule.

Otra vivencia me causó admiración y emoción. Quienes nos hemos dedicado al estudio de las naciones y los pueblos indígenas sabemos que siempre encontraremos numerosos simbolismos y referencias al pasado. Es la fuente de orgullo y de pertenencia en dónde se forja la identidad, el pasado, los ancestros, la continuidad, la tierra, el agua, el paisaje; también se incluye la vivencia presente de saberse excluidos y rechazados, muchas luchas emprendidas pocos resultados obtenidos. Las autoridades de los 8 pueblos yaqui, reunidos en la comunidad de Tórim, para instalar la Comisión Presidencial de Justicia para el Pueblo Yaqui, recordaron la historia colectiva de agravios, injusticias y violencias para despojarlos de sus tierras y aguas. Tomó la palabra una autoridad tradicional, el más joven de ellos, y reflexiona, preguntándose: “¿Cuánto diera para que mis antepasados supieran que hay un gobierno que respeta las tierras, las aguas, la cultura?, cuando solo había para nosotros planes de exterminio y deportación, ¿Cuántas puertas no se tocaron para nuestra lucha incansable?, ya que enfrentábamos procesos amargos y trágicos. Nos toca por mandato llevar esta lucha con amor y responsabilidad …” Son así, algunas muestras del discurso actual imbuido de conciencia por la defensa de sus tierras pues es un asunto histórico, ancestral y de identidad reflejada en el apego al simbolismo y la cultura. En ese evento se aprobó el Plan de Justicia Yaqui con las autoridades tradicionales y funcionarios de alto rango de la SEMARNAT, la SEP y la SEGOB en la mesa de honor.

Empecé esta contribución de corte etnográfico y de divulgación, haciendo referencia a mi primera experiencia sobre las autonomías que conocí en China hace 38 años cómo formas novedosas de interrelación y articulación de los pueblos originarios con los Estados. Empecé así porque quiero acentuar que jamás imaginé que, en México, la posibilidad de que los pueblos construyeran sus autonomías y tuvieran las condiciones para darse sus propias formas de gobierno pudieran ser realidad sin imaginar utopías o abultar los deseos. Subrayo: no había visto tanta creatividad y profesionalismo para abordar la realidad indígena y afromexicana, haciendo mano de las rutas a seguir y de las soluciones a tomar en cuenta bajo la lógica de un intercambio de sabidurías y reciprocidad, sin imitaciones, ni dogmas, ni recetas. Lo que han estado logrando los pueblos indígenas beneficia a México porque emana de aquí. Han transcurrido dos siglos de un Estado excluyente y ambiguo con respecto a la administración y respeto a sus diversidades, de gobiernos que han preferido beneficiar y alentar todo aquello que se aleja de su originalidad mesoamericana. Y un siglo de una nación que no resiste más ser únicamente mestiza. Esto en verdad significa un rumbo diferente, desconocido para muchos, y por ello, causante de miedos y temores, pero también la oportunidad para la emancipación de los pueblos originarios y la revitalización de aquello que nos es intrínsecamente humano: la renovación y fortaleza de todas las culturas y de todas las lenguas. Y para que ello sea posible, los pueblos indígenas y afromexicano requieren acceso al poder a través de las rutas de la autonomía. Lo que más me alegra es que la inteligencia indígena es la que ha pensado y guiado estas profundas innovaciones en los ámbitos de gobierno y cultura que habrán de iniciar tiempos más amables, de inclusión, de respeto, de igualdad en la dinámica transformadora del Estado-nación.


Autonomía étnica en China Cuaderno de Investigación (29), IIS-UNAM y Plaza y Valdés, México, 2001. Etnicidad y conflicto en las Américas, Territorios y reconocimiento constitucional, Vol. I, IIS-UNAM, 2013. Etnicidad y conflicto en las Américas, Violencia y Activismo político, Vol. II, IIS-UNAM, México, 2013. Conflictos étnicos y etnonacionalismos en las Américas. Reportes de Investigación, Abya-Yala, Quito, 2009. Estados y autonomías en democracias contemporáneas. Bolivia, Ecuador, España y México, Unión Europea, IIS-UNAM, Plaza y Valdés.



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