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En las cuentas anuales de Pescanova siempre faltaba información relativa a filiales de pesca extractiva, que no eran pocas. Los barcos de la compañía operaban en Namibia, Angola, Mozambique, Uruguay, Malvinas, Georgias del Sur, la Antártida, Chile o Australia, bajo el aparente paraguas de empresas mixtas. Cada vez que la auditora Ernst & Young pedía esos datos –BDO no los reclamó cuando ejerció de auditora–, en Chapela decían que era información sensible, necesariamente secreta para evitar que la competencia les copiase las zonas de pesca. No había que fiarse, por eso crearon una legión armada antipiratas en Quelimane o Beira tras el secuestro del ‘Vega 5’, cuya propiedad Pescanova negó hasta la saciedad. “Es que si no nos persiguen”, vino a decir su expresidente durante el juicio.

Todo eran carreras, no siempre legítimas: por ser la pesquera más inversora, por tener la granja más grande, la mejor marca, la triquiñuela contable más ingeniosa y la crítica más pequeña. Inadmisible cualquier reproche interno o externo, que el presidente Manuel Fernández de Sousa atribuía a «envidias, morbo» y a la «persecución política». A galope entre su visión y su fantasía, escapando en realidad de sí mismo. Nunca asumió que fue su gestión –la última, sobre todo a raíz de las fusiones bancarias y el crac de 2008– la que le acorraló. La mano negra en la multinacional Pescanova fue el propio Fernández de Sousa.

Contrató a un asesor de prensa para difundir «su verdad» y hasta se creó una página web (era ‘manuelfernandezdesousa.es’, dada de alta en mayo de 2013), que duró menos que los rodaballos que criaba en Mira. “Es una maniobra de Elvira Rodríguez con Feijóo”, llegó a decir a un confidente, en referencia a la entonces (2013) presidenta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y al expresidente de la Xunta de Galicia.

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Como si no hubiese 109 bancos atrapados en todo el mundo, con deudas vencidas, y un perímetro societario que los administradores concursales de Deloitte tardaron meses en desenredar. Igualmente se veía “objetivo político y mediático de todos por morbo, envidia”, con “traidores” dentro de Pescanova. Mano de hierro y vocabulario mordaz, dejó de regalar en Navidades langostinos de su filial andaluza Acuinova (cerrada) a dirigentes del PSOE después del carpetazo del bipartido a su factoría en Cabo Touriñán.

Que constara su malestar. Impertérrito incluso cuando ya había sido desahuciado de la compañía, llamando a las puertas de la prensa para censurar cualquier reprobación a sus inversiones. Porque Pescanova SA estaba mal pero era suya, abandonada por sus socios, quebrada pero suya.

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