La indignación mundial provocada por la invasión de las tropas rusas en Ucrania tiene, además de la tragedia intrínseca, algunos efectos colaterales para la cultura del país ofensor que de una forma directa y muy evidente ha visto cómo la cancelación de los artistas y creadores rusos se ha sucedido en cascada en nuestros escenarios y en el mundo. Eso sin contar iniciativas tan peregrinas como la petición ciudadana al ayuntamiento de Florencia de derribar una estatua de Dostoievski.

Hoy las artes, la música, la literatura y el cine rusos son contemplados con suspicacia, cuando no con absoluto rechazo, y en ocasiones se hace difícil mantener esa distinción que pedía el ministro de Cultura, Miquel Iceta, entre el Gobierno ruso y el pueblo ruso, porque la línea divisoria entre ambos es sutil y compleja ya que numerosas actividades de tipo privado tienen también un apoyo económico oficial del gobierno ruso.

¿Con qué derecho?

En el Ayuntamiento de Barcelona han querido establecer una frontera clara, pero la mayoría de las veces compleja de trazar, y es la petición a las instituciones culturales de la ciudad que no veten a los artistas rusos si estos se manifiestan abiertamente contra la guerra de Ucrania. La medida es, cuanto menos, discutible y así lo expresa Xénia Dyakonova, nacida en San Petersburgo y radicada en Barcelona desde 1999. Poeta, crítica literaria y traductora, ha vertido al catalán a autores como Anton Chéjov o Anna Politkovskaya. “Tengo amigos artistas y si vienen aquí y se les obliga a pronunciarse contra la guerra, al volver a su país irán a la cárcel. Por otro lado –se lamenta- ¿con qué derecho los van a interrogar?”. Por contra y felizmente, Dyakonova está impartiendo estos días un seminario sobre ‘Los hermanos Karámazov’ y está a punto de ofrecer unas jornadas sobre Mijail Bulgakov en la llibrería Nollegiu, sobre los que han pesado la menor sombra de posible suspensión.

Hace un mes y medio, uno de los más interesantes escritores rusos actuales, Maxim Osípov vino a Barcelona a presentar su libro de cuentos y habló muy libremente contra Putin. Explicó que buena parte de la intelectualidad rusa actual es crítica con el presidente ruso, esa intelectualidad que Occidente puede acabar cancelando sin matices principalmente porque existe un gran desconocimiento de quién es quién en el actual panorama literario ruso, tanto aquí como, incluso, en la propia Rusia. Y es que los actuales escritores rusos se ven obligados a expresar sus quejas en pequeñas revistas y canales de comunicación alternativos que raramente llegan al gran público. “Putin ha cortado esos canales de comunicación –explica Andréi Kozinets, traductor del gran Vassili Grossman-. El presidente de Rusia es una figura enigmática, aislada del mundo real, no utiliza internet y se informa a base de los dosieres que le proporcionan sus subordinados. No creo que le interese la lectura, en la medida en que le interesaba a Stalin, quien lo leía todo porque eso suponía ejercer el control sobre el pensamiento. Además entonces la palabra de un poeta o de un escritor tenía entonces un enorme potencial, desde luego mucho más que ahora”.

Escritores contra Putin

Kozinets, nacido en los Urales soviéticos y criado en Bielorrusia, residente en Barcelona desde hace décadas, afirma que hay que tener cuidado con la palabra ‘rusofobia’, que ha sido utilizada por Putin para enardecer el nacionalismo de una población básicamente desinformada. “Yo no utilizaría la palabra rusofobia en las cancelaciones que están llevando a cabo las instituciones culturales. Las sanciones deberían ir dirigidas básicamente a personalidades que se han posicionado a favor de Putin, creo que hay una diferencia entre aquellos que no se han posicionado por miedo en contra de la guerra y los que lo han hecho a favor. Pienso en el ya fallecido Eduard Limónov o en Zajar Prilepin, traducido al castellano, un autor de mucho talento que escribió un libro estremecedor sobre su experiencia bélica en Chechenia. Lo incomprensible es que ahora haya apoyado a los separatistas del Donbás. Ellos si han sido abiertamente pro-Putin, pero no es la norma”.

Haberse situado históricamente bajo la bota rusa es algo que marca a fuego a los ciudadanos de los países de la antigua órbita soviética. La escritora checo-catalana Monika Zgustovà tiene recuerdos muy claros de la invasión en Praga, que obligó a sus padres a emigrar a Estados Unidos. “En Checosvaloquia entonces el aprendizaje del ruso era obligatorio, pero yo amé esa lengua por su gran peso cultural aún sabiendo que era la del invasor y que a mi alrededor despertaba, inevitablemente, un gran odio”.

Zgustovà comprende el rechazo “porque necesitamos hacer evidente nuestra repulsa contra ese monstruo del mal absoluto que es Putin”, pero alerta que en el mismo paquete cancelador puedan encontrarse también a Shostákovich o a Anna Ajmátova, trágicamente represaliados por el poder absolutista de Stalin. “Incluso Dostoievski, de quien han querido derribar de su estatua, fue capaz de escribir una novela como ‘Los endemoniados’ una repulsa política sobre el clima de violencia al que puede llevar el nihilismo moral”.



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