El festival de cine internacional FiSáhara reúne la última semana de abril a activistas de los tres pueblos, víctimas de la colonización, bajo el lema ‘Caminando a nuestra tierra’.

Ausserd (Argelia)
Los samis hablan de «ealáhusa massin» -pérdida de las formas de vida-, los palestinos de «nakba«-el desastre- y los saharauis, de la «al-masīra l-kaḥla» -marcha negra-. La lengua en la que pronuncian estas palabras es diferente, como lo es la latitud en la que se produjeron los acontecimientos que describen. Sin embargo, en todas ellas, los hechos siguieron el mismo patrón: la expansión colonial de algunas comunidades sobre determinados territorios -a menudo, ricos en materias primas-, llevó a la represión, homogeneización cultural y, en los casos más extremos, al desplazamiento de la población indígena que los habitaba.
«Es la misma historia en todas partes», reflexiona Johannes Vang, cineasta y activista sami presente en la XIX edición del FiSáhara, el festival de cine que se celebra a finales de abril en Ausserd, el campamento de refugiados saharauis de Argelia. Vang ha acudido a presentar el documental La canción Sami de supervivencia, dirigido por Iara Lee. La película recorre las luchas de los pueblos indígenas del norte de Europa por mantener sus formas de vida, duramente reprimidas a lo largo del siglo XIX y XX por los estados que dividieron su territorio: Noruega, Suecia, Rusia y, más tarde, Finlandia.
Los israelíes, por su parte, reflejan en sus libros educativos que 1948 fue el año de la fundación del Estado que les había sido prometido en la Torá, mientras que Marruecos recuerda con orgullo «la marcha verde», en referencia a los 40.000 civiles a los que el rey Hassan II incitó a llegar al Sáhara Occidental y que provocó el exilio de unos 200.000 saharauis hacia Argelia a través del desierto. Allí, en Tinduf, la región al extremo sureste del país, los saharauis construyeron sus casas en lo que ahora son los cuatro campamentos de refugiados del país. Uno de ellos es Ausserd, donde se celebra el FiSáhara.
Expolio de recursos naturales
Una de las fórmulas más comunes de limitación de las formas de vida de los indígenas es coartando sus formas de subsistencia, alrededor de las cuales muchos pueblos establecen su identidad. Por eso, los samis de Suecia luchan por revertir las políticas de pesca que les imponen desde Oslo, que no diferencia entre sus formas de pesca y las de otros casos de pesca a pequeña escala. Esto, explican los activistas sami, hace que aquellos lugares donde siempre han pescado se llenen de turistas que, como ellos, obtienen una licencia para hacerlo.
En todos los países escandinavos, la legislación estatal establece cotas estacionales y geográficas para llevar a cabo la pesca de salmón. Esto, explica una de las activistas entrevistadas para el documental expuesto en FiSáhara, se disfraza de «conservación». Este término, ahonda, es la actual «excusa para imponer estas prohibiciones».
Por contraparte, Oslo se reservó durante mucho tiempo el derecho a determinar qué uso hacía de los ríos de los que tradicionalmente subsistían las comunidades samis. En la década de los setenta, el Gobierno noruego aprobó la creación de una planta hidroeléctrica en el río Alta, lo que provocó importantes protestas. Estas no lograron acabar con el proyecto, pero sí dieron lugar a la creación de un Parlamento sami que, desde entonces, debía ser consultado antes de que se instalara un proyecto similar.
Este órgano, sin embargo, no tiene capacidad para bloquear decisiones. Por ello, proyectos mineros como el de Repparfjord, de cobre, o el proyecto ferroviario Artic Railway, que atraviesan los territorios samis, han continuado adelante pese a que no cuentan con su aprobación.
En lo relativo a Palestina y el Sáhara Occidental, prácticas como la pesca se ven aún más limitadas por la falta absoluta falta de control sobre estos recursos. En 2007, Israel impidió a los palestinos de la Franja de Gaza adentrarse más de seis kilómetros en el Mediterráneo. La excusa era la seguridad nacional, en peligro desde que Hamás ganó las elecciones el año anterior. El cierre del mar mermó no sólo la alimentación de los saharauis, sino una parte importante de su comercio. Durante el genocidio de finales de 2023, esta restricción se llevó al extremo: en momentos puntuales, Israel prohibió a la población palestinas meterse en el mar bajo amenaza de muerte.
El bloqueo para navegar mar adentro también impide a los palestinos acceder a los yacimientos de gas natural que hay bajo el lecho marino, y que facilitarían la autonomía energética de un enclave completamente dependiente de Israel. Tierra adentro, en Cisjordania, son las enormes bolsas de agua subterránea lo que queda fuera del alcance de los palestinos, al ser explotadas por la potencia ocupante.
En el Sáhara Occidental, la expulsión de la mayoría de la población autóctona de sus tierras permitió a Marruecos acaparar los importantes caladeros de peces que bañan esta región. En 2021, el Tribunal de Justicia de la UE anuló los acuerdos comerciales que los 27 habían establecido con Marruecos, que justificaban la explotación de los caladeros para beneficio de Rabat. Debido a que el Sáhara es un territorio no autónomo aún pendiente de descolonización, Marruecos no puede disponer de él ni de sus recursos como le plazca. Esto, a efectos prácticos, es sustituido por una política de hechos consumados.

