El número de refugiados ucranianos que buscan refugio en otros países europeos va en aumento. Según las estimaciones de la ONU, ya hay casi tres millones. La hermana Jolanta, de las Hermanas Salesianas de Don Bosco que trabajan en Europa del Este y que llevan 25 años en Lviv, nos cuenta que decenas de miles de personas llegan cada día a la ciudad, situada a menos de 100 kilómetros de la frontera polaca.

En la medida de lo posible, las hermanas organizan viajes a Polonia para ellos, distribuyen ayuda humanitaria, preparan envíos de productos de primera necesidad y medicamentos al interior de Ucrania, cocinan y ofrecen comida caliente a quienes la necesitan tras la agotadora huida de una semana de Sumy, Kharkiv o Mariupol.

Su trabajo es incesante.

El último esfuerzo se realizó el pasado sábado. No fue fácil para las salesianas asegurar el viaje a Polonia de dos madres con hijos de pocos meses. La primera parada fue ir a la estación de tren de Lviv en busca de un autobús a Polonia. Pero la falta de plazas (se agotaron rápidamente), obligó a las hermanas a buscar una solución alternativa. Es un viaje difícil y peligroso. En los pasos fronterizos con Polonia, la nieve y la escarcha hacen que la temperatura descienda muy por debajo de los cero grados y la espera a veces puede superar fácilmente las 20 horas. Es inaceptable que dos madres y sus hijos de un año esperen en esas condiciones.

Sólo tras varias llamadas telefónicas, la hermana consiguió encontrar un conductor dispuesto a llevar a las dos mujeres y sus bebés en su minibús, que había llegado a Ucrania cargado de ayuda humanitaria, hasta Polonia. Les recibieron en la frontera personas de una pequeña ciudad del centro de Polonia.

 

 

Sor Jolanta está firmemente convencida de que «a pesar de todo, el bien debe ganar«. Ella es una de las 28 religiosas de la Inspectoría Salesiana con sede en Breslavia, al sureste de Polonia, que trabajan en Ucrania, Bielorrusia, Rusia y Georgia.

La superiora, sor Malgorzata, acaba de llegar a Breslavia desde Bielorrusia, «donde«, dice, «muchos jóvenes y padres de familia tienen miedo de ser llamados a las armas por una causa que no les parece en absoluto justa«. Señala que «la mayoría de la sociedad bielorrusa no está de acuerdo con las decisiones de las autoridades, pero sin embargo no se atreve a oponerse a los gobernantes, por miedo a las durísimas sanciones, que incluyen varios años de cárcel, en caso de desobediencia«.

No todos los refugiados que llegan a Polonia desde Ucrania tienen alguien a quien pedir ayuda, direcciones a las que dirigirse o familiares dispuestos a acogerlos, dicen las salesianas.

«Muy a menudo son personas que cogen el primer tren disponible con tal de que les lleve lejos de la guerra«, prosigue la Hna. Malgorzata, subrayando que estas personas están aún más necesitadas de todo que las demás porque «llegan a Wroclaw agotadas, sin saber polaco y sin ninguna referencia. Por eso, varias veces al día vamos a la estación de tren para saber quién necesita ayuda«.

En la comunidad salesiana de Breslavia, donde desde el comienzo de la invasión rusa se cortan sábanas para hacer vendas para los heridos del frente y se preparan redes de camuflaje para cubrir las posiciones de los soldados ucranianos, varias madres con hijos han encontrado asilo.

Unos cuarenta de ellos han sido acogidos en la casa de los religiosos de Pieszyce, donde uno de los religiosos de origen ucraniano les ayuda a aprender polaco y a realizar los trámites burocráticos, a encontrar trabajo y, si es posible, un hogar permanente.

«Algunas de esas madres con hijos volverán a Ucrania tras el fin de la guerra, pero muchas no tendrán dónde ir, ni hogar ni vida. Mujeres que tendrán que reconstruir su vida desde cero«, señala la hermana Malgorzata con un velo de amargura pero sin resignación.

Las Salesianas también están en Moscú. Ahora, «su misión es llevar la paz entre la gente, estar cerca de la gente y ayudarla«.

«Hay mucha gente en Rusia que está absolutamente en contra de la invasión de Ucrania«, dice Sor Teresa, de Odessa, que también participa en estos días, junto con otras dos hermanas, en la distribución de la ayuda humanitaria traída desde el oeste del país por algunos valientes sacerdotes y laicos que, como tantos hombres y mujeres, no tienen miedo de desafiar los bombardeos y los misiles del ejército ruso. «Han llegado los medicamentos para la sala de neonatología«, dice, explicando por qué trabaja incluso los domingos.

Según la monja, los rumores locales afirman que Odessa se libró de las bombas y la destrucción porque se supone que se convertirá en la capital de una «Nueva Ucrania» bajo el mandato de Putin. «Quizá«, añade, «porque ahora la mayoría de la población de Odesa es prorrusa, pero sólo porque los ucranianos han huido. También parece que algunos sacerdotes ortodoxos animan a los habitantes a acoger con entusiasmo al ejército ruso que ha venido a liberar la ciudad«.

En la oración incesante de las monjas está toda Ucrania, empezando por Kiev y sus habitantes bajo la amenaza de un inminente bombardeo. Pero también Irpin, uno de los suburbios de la metrópoli con 3 millones de habitantes. En septiembre, en la capital ucraniana, Kiev, los salesianos inauguraron una escuela para acompañar a los jóvenes hasta la obtención de un diploma. El proyecto está actualmente en suspenso, pero la hermana Irena no está dispuesta a abandonar su querida Ucrania. «He decidido quedarme aquí para ayudar a la gente«, dice la hermana, fortalecida en sus intenciones por la adoración diaria, a pesar de los bombardeos, que ha continuado en Lviv como antes en Kiev.



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