Marinero en un bar de París, George Grosz Luis Ángel VEGA bilbao


Con coherencia, la exposición se abre con obras de George Grosz, Otto Dix, Christian Schad o Karl Hubbuch, que retratan sórdidos after hours y prostíbulos, cuerpos emaciados por el hambre y carcomidos por el vicio, donde chapotean ricos y pobres, como si se tratase de una visión del Apocalipsis, y donde la fealdad y los humores nauseabundos ejercen una hipnótica atracción. Esta primera parte de la exposición, dedicada a los “Nuevos roles, nuevos modelos”, ahonda en el cambio que la guerra ejerció en las costumbres y los modos de vida, con una mujer trabajadora y liberada, y una mayor libertad para los homosexuales.

Erótica velada, Max Ernst. L. Á. V.


Es la época que descubre la velocidad, y que experimenta los grandes avances del cine y la fotografía, que esta muestra “exhibe juntos, un paralelismo que hoy en día, en la era de la ubicuidad del teléfono inteligente, parece muy obvio”, reza el programa de la exposición.

Un visitante toma una foto de una de las obras expuestas. Mariola Riera


De ahí la preponderancia en esta muestra de autores como Man Ray o Moholy-Nagy, mientras suena Berlin, sinfonía de una ciudad, de Walter Ruttmann. Aquí es posible ver el primer retrato artístico en un fotomatón, en el que André Breton, fundador del Surrealismo parece ensayar una de las típicas fotografías de muertos del siglo XIX, o los collages de Kurt Schwitters o Max Ernst, mientras una pantalla exhibe imágenes de ese mundo frío e inhóspito de la Metrópolis de Fritz Lang. Pero también hay lugar para esa musa del París de los años veinte que fue Josephine Baker, de la que el conde Harry Kessler escribió en febrero de 1926: “Aparte de una muselina rosa, completamente desnuda… una criatura encantadora, pero casi completamente ausente de erotismo. Con ella piensas tanto en el erotismo como con una bella bestia de presa”.

Novia de Marinero. Otto Dix. L. Á. V.


Dadá tiene también un amplio espacio en la muestra, con el Cabaret Voltaire de Zürich o la revista Schall un Rauch (Ruido y Humo) de Max Reinhardt. Resulta chocante que esta parte del recorrido por los años veinte se ilustre musicalmente con la Sinfonía de Cámara número 1 de Schönberg, una obra de 1906, cuando hubiesen sido más adecuadas obras de este autor más avanzadas, abiertamente dodecafónicas.

La exposición diseñada por Bieito, que estos días atrás ha recibido visitantes tan ilustres como el arquitecto británico afincado en Suiza Norman Foster y su esposa, la experta en arte –y de origen gallego como Bieito– Elena Ochoa, también presta atención a otras artes minoritarias, pero que esta época experimentan un avance inusitado, como es la danza. El programa explica: “Uno de los grandes retos que afrontamos ahora, en la década de 2020. Es cómo lograr el equilibrio entre cuerpo, mente y sociedad. La danza es una metáfora válida para este anhelo”. Para ilustrar este concepto la muestra se va un poco antes en el siglo XX, a la experiencia libertaria de Monte Verità, en Ascona.

Otros capítulos de la exhibición prestan atención a la moda, con Cocó Chanel como gran protagonista, o la arquitectura y el diseño, con las grandes aportaciones de la Bauhaus, primero instalada en Weimar y luego Dessau. Hay que reconocer que la muestra supone un recorrido bastante completo por el arte de esta época.

¿Vamos a unos nuevos años veinte? Nada que objetar. Fue una época de creatividad desatada, salvo que también fue una década de hambre y dolor, y que desembocó en los años treinta y cuarenta, sangrientos y apocalípticos.



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