Tirsa tiene 16 años de edad, está embarazada y es muy probable que el bebé que lleva en su vientre –igual que ella– vea la luz del mundo en medio del bullicio de la incontrolable música, los gritos de terror de quienes se suben a los juegos mecánicos y el anuncio de la siguiente función de los circos que se han instalado en la feria.

Ella nació en medio de la celebración de las fiestas patronales de Mejicanos, un popular municipio del norte de la capital salvadoreña. Espera continuar sus estudios de bachillerato luego del parto. «Ojalá que sea alguien más preparado», dice su madre, Gloria de Martínez, que se ha auto encerrado en una taquillera que parece una celda. Allí se encarga de vender los boletos para la noria o Chicago, propiedad de la familia.

Ellas son dos de los seis miembros de la familia Martínez Jiménez que pasan la mayor parte del año viajando de pueblo en pueblo, ofreciendo sus servicios de juegos mecánicos (ruedas de feria) y antojitos fritos o salcochados, donde sea que se celebren fiestas patronales.

Todos ellos, incluyendo una decena de empleados, se levantan muy temprano y se acuestan a dormir entrada la madrugada del día siguiente. Su vida gitana es dura, soportan las inclemencias del clima, lluvioso o caluroso: viajan permanentemente, se instalan en lugares muchas veces sin los servicios básicos, tienen deudas, duermen bajo la plataforma que sostiene la Chicago o improvisadas tiendas de campaña; y muy pocas veces vuelven a casa para descansar. Unos quince pueblos visitan en el año.

Esta noche de martes, están contentos por varias razones. Para ser el segundo día de los siete que estarán instalados en las afueras del Estadio Cuscatlán, el escenario deportivo del cual los salvadoreños están orgullosos, las ventas no han estado tan malas; y también porque un periodista y un camarógrafo de una estación local de televisión les están entrevistando sobre su labor y su vida fiestera y viajera.

El reportero y el cámara se han salido de su cotidiano horario para escarbar entre el lodo que dejó una reciente lluvia –principal enemigo de los Martínez Jiménez que reduce el ingreso de ventas– y una marea de gente que desafía al covid, el miedo a las ruedas más extremas y, sobre todo, sus presupuestos económicos que, sin duda, a muchos les dejarán mareados cuando vuelvan a la realidad luego de la efímera diversión de comida, ruedas, circo y uno que otro recuerdo.

El equipo, micrófono y cámara en mano, no pierde de vista a esta familia gitana, que va por el país cantando, divirtiendo y sufriendo. Hay extraño parecido en sus profesiones, los primeros venden alegría en medio de la tristeza; los segundos intentan ser portadores de buenas noticias o heroicas historias, sin importar la hora, la fecha o el lugar. La pasión periodística involucra a mujeres y hombres que estas vacaciones trabajan en el terreno, mojándose y comiendo en horas dispares, pero que ambos –fiesteros y periodistas– se sienten bien con lo que hacen.

Son conscientes de que sus trabajos la mayor parte de veces no son remunerados por el esfuerzo y el sacrificio que supone; pero les gusta, lo aman, sonríen al llevarlo adelante y hacen que las vidas de los demás se transformen por un fugaz momento o para siempre.

Los fiesteros han comenzado a apagar las ruedas, las luces y el fuego que mantiene caliente los antojitos propios de la fecha y el lugar, simplemente ya no tiene a qué dar calor, las ollas han sido volteadas. La madrugada ha entrado a la hora más oscura.

Los artistas del Circo Cocolito hacen cuentas, comen en los graderíos huérfanos de público que se han marchado, sus rostros vuelven a ser reales; a lo lejos el único comedor abierto tiene en sus mesas comensales que recién han dejado de trabajar en las ruedas y la policía tranquila se retira, sus órdenes han sido acatadas, el silencio debe reinar en el campo de la feria.

Muy pocos se percatan de lo que verdaderamente se celebra. A eso le darán importancia –quizá– hasta el 5 de agosto cuando se haga mención a la Transfiguración del Maestro de Galilea, frente a cinco personas, dos hombres que no viven en este mundo (Elías y Moisés), y tres que sí (Pedro, Juan y Santiago), cuando su ser es lleno de luz y ratificado como el Hijo del Dios Viviente.

Pero el silencio de esta madrugada hace reflexionar al que escribe sobre las veces que los fiesteros mostraron su fe en que las cosas les irían bien a todos, pese a la deteriorada economía de gran parte del pueblo y a los embates de las plagas, la esperanza de un nuevo sol vuelve a brillar. Porque el amanecer indica que el Señor sigue confiando en la humanidad, como los fiesteros que hoy será mejor que ayer.

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