El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, busca provocar emociones. Ayer, dos de las bellas artes se unieron sin conocerse en la sala de compresores del Pozo Santa Bárbara, y la emoción fue tal que las lágrimas desbordaron las miradas. Era el cierre de la instalación «Voladuras controladas» del escultor Herminio. El franquín, artista cuya obra ha recorrido mundo y que está considerado uno de los creadores asturianos con más presencia internacional, clausuraba una muestra muy especial para él porque le había permitido «conocer la cuenca minera y a sus gentes». Herminio estaba emocionado y locuaz explicando cada una de sus piezas. Algo ya de por sí especial porque es un hombre poco dado a la palabra en público. Pero faltaba algo que algunos sabían que podría desmoronar todos esos equilibrios sobre los que se asienta Herminio. El escultor siempre trabaja con música y en más de una ocasión había confesado a sus cercanos que antes de ponerse a trabajar en su taller siempre suena Pipo Prendes. Hay quien decía ayer que Herminio había asegurado que no se quería morir sin ver cantar al candasín. No se conocían y la magia de Juan Ponte, concejal de Cultura de Mieres y músico, y todo su equipo, los reunieron ayer. El resultado: el llanto emocionado.

Herminio, emocionado, escuchando la música del candasín. | D. O.


Herminio había recorrido toda su instalación con un privilegiado medio centenar de personas. Explicó cada obra, dio detalles de la creación, enlazó sus magnetismos con «las tensiones de la mina, las de las estructuras (castilletes y galerías), las de los mineros (físicas y mentales)», con las de sus creaciones. Detalló que un niño le había dicho en As Quintas, su sala de exposiciones en La Caridad (El Franco) que se quedaría a vivir en esa obra que parece una araña que se nace, vive, muere y renace de forma distinta ante los ojos del espectador. «Son más de 400 partículas que se unen y se separan y que nunca forman una estructura igual», explicó el artista. La vida, que se construye y se desmorona, vino a decir.

El escultor fue detallando una a una sus creaciones, con los apuntes de Luis Feás, comisario de la exposición, y César Ripoll, artista y estudioso que hizo su tesis sobre el escultor de La Caridad. Mientras, Juan Ponte estaba discretamente pendiente de su teléfono móvil. Cuando Herminio y Ripoll explicaban la última pieza, una señal del concejal sirvió para avisar a Pipo Prendes y su escudero, el guitarrista Fernando Pérez Vega, de que podían entrar en la sala. El escultor dio por cerrado el recorrido y caminó por la sala. No había visto a los músicos pero tan solo unas notas en las guitarras y la voz de Pipo diciendo «querido Herminio» hicieron que se llevase las manos a los ojos para intentar contener las lágrimas. Desde una lejanía discreta siguió el concierto, emocionado. En la introducción de una de las canciones «Un paso más», Pipo Prendes explicó que en la vida hay de vez en cuando un revés que te obliga a empezar de nuevo. Herminio buscó con la mirada a su esposa, Tere Fernández, para que inmortalizase aquel momento, quería tener un vídeo para el recuerdo. La barbilla del escultor temblaba con la de un niño que quería quedarse a vivir en una de sus obras.

Al acabar el pequeño concierto, Juan Ponte tomó de nuevo la palabra para agradecer el trabajo de su equipo. Quería poner en primer plano a los que nunca lo están, al equipo técnico, pero también quería alejar del foco a los artistas, quería que el abrazo que se dieron, los dos con lágrimas de admiración y complicidad en los ojos, fuese lo más privado posible. «Voladuras controladas» se clausura hoy, tras recibir más de 3.000 visitantes. Una muestra que consolida al Santa Bárbara como una sala expositiva que ya es referencia en Asturias.



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