Manel Barriere Figueroa | La ficción audiovisual lleva décadas alertándonos sobre el fin del mundo. En el cine de catástrofes de los 60 y 70, rascacielos en llamas, ciudades arrasadas por intensos terremotos o barcos zozobrados tras el impacto de una gran ola servían de escenario para que el héroe de turno hiciera frente a las mayores dificultades, incluida la cobardía y miseria humanas. Hoy en día los acontecimientos amenazan con la extinción de la vida sobre la tierra y los supervivientes quedan a merced de un nuevo paradigma en el que impera la ley del más fuerte o del más desalmado.

Series como The Walkin Dead o películas como En la carretera, son una muestra paradigmática de este subgénero, que a menudo podría interpretarse como una alegoría de las diversas crisis sistémicas que nos acechan con un sesgo político claramente conservador: el colapso de la sociedad tal y como la conocemos nos acerca a la barbarie pues el ser humano es incapaz de auto gestionarse y sin las instituciones de poder actuales caería en una despiadada lucha por la supervivencia.

Pero con el tiempo estos tópicos parecen condenados a estancarse, por la falta de una perspectiva real y de una ética que encaje con la nueva consciencia colectiva surgida en los últimos años, ante las evidencias científicas sobre todo, pero también por el empuje del ecologismo. Algo parece estar moviéndose en el terreno de la ficción post apocalíptica debido a una demanda creciente de imaginarios que aporten un halo de esperanza en el fututo, sin caer en la ingenuidad.

Puede que se trate solo de algunas obras aisladas como El ministerio del futuro de Kim Stanley Robinson, o simplemente un renovado interés por algunas de las obras más combativas como la trilogía de MADDADDAM de Margaret Atwood, pero sea como sea, parece clara la posibilidad de un cambio de tendencia que proponga una nueva mirada sobre el género humano y su capacidad de sobrevivir como tal sin devorarse a sí mismo.

En este sentido resulta significativa la serie de HBO Estación Once. Después de la extinción de una gran parte de la población mundial debido a una mutación del virus de la gripe, los supervivientes se reorganizan en pequeñas comunidades muy alejadas de la seguridad, comodidad y capacidad de consumo a la que estamos acostumbrados en los países del primer mundo, pero también de los peores escenarios que el género plantea habitualmente.

La trama se articula alrededor de una constelación de personajes relacionados entre sí y separados por los acontecimientos. Ante la catástrofe no se trata de luchar por uno mismo en un mundo deshumanizado, sino de superar el trauma de la pérdida que cada uno arrastra consigo. Este trauma compartido genera una suerte de conflicto de valores que les aleja e incluso les enfrenta. El reencuentro final y la curación a través del reconocimiento mutuo, abre la posibilidad de dejar atrás el miedo y la violencia para caminar hacia un nuevo futuro.

El autor de la serie es el novelista Patrick Somerville, quien participó como guionista en The Leftovers, otra serie de ciencia ficción que aborda el sufrimiento por la pérdida de los seres queridos a partir de la desaparición repentina de un tres por ciento de la población mundial. Estación Once presenta algunas similitudes con esta serie creada por Damon Lindelof (quien fuera creador también de Perdidos), el tono emocional, por ejemplo, o la indagación en lo que hay de trascendente en la experiencia humana, pero narra de forma cruzada la historia de los supervivientes y de quienes perecieron, vinculando pasado, presente y futuro de forma que sus vidas adquieren un nuevo sentido pese a las circunstancias que han atravesado. No hay misterio, como en The Leftovers o Perdidos, no se trata de seguir adelante pese a lo insondable, se trata de reconocer lo trascendente en la propia humanidad, en los pequeños actos que hacemos para cuidarnos y protegernos colectivamente.

Una de las protagonistas de la serie es una joven actriz que con su compañía de comediantes y músicos se dedica a representar obras de Shakespeare por los diferentes enclaves donde la gente ha empezado a recomponer sus vidas. Es a través de la ficción, de su capacidad de proyectarnos hacia otros seres y de identificarnos con sus emociones y sentimientos que los protagonistas superan los traumas sufridos, y tal vez sea esa la propuesta, superar la ansiedad y el miedo ante lo que está por venir para poder hacerle frente con nuestra humanidad, una humanidad compartida, aquello que no hay que dejarse arrebatar pase lo que pase.  Como otras obras citadas más arriba, Estación Once no se acerca a la utopía ni lo pretende, pero contar un mundo en el que se puede vivir sin todas aquellas cosas que hoy nos parecen imprescindibles e impensable su desaparición, ya es un paso adelante con una carga política nada desdeñable.



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