Ayer, 10 de diciembre, cuando se celebraba el Día Universal de los Derechos Humanos, yo estaba recién llegada de África, con la sensación de vivir en la contradicción absoluta. Y eso a pesar de haber estado apenas media docena de jornadas en Senegal, probablemente uno de los países más tranquilos del continente.

Por tanto, de aquellos en los que la vida no sé si es mejor, pero sí al menos nos produce un menor shock. Y no lo digo yo, sino que según la misión EU-Mediterranean Political Dialogue Programme: Migration&Climate Change, de la fundación Friedrich Naumann, se trata de un referente de seguridad, entre otras cosas debido a la ausencia de golpes de Estado, tan comunes en la zona.

Pero yo vuelvo chocada, con el corazón al revés, el estómago atravesado y un cerebro echando chispas en forma de alerta. Dolorida, conmovida, emocionada, conmocionada, con ganas de gritar, ayudar, actuar. Con deseos de volver.

He ido a Senegal gracias a la diseñadora y activista valenciana Leticia Valera, que lleva más de veinte años trabajando en África, concretamente en ese país. Desde la experiencia de los viajes solidarios, pasó a ejercer la unión entre otras dos pasiones: la moda realizada por sus mujeres valencianas y senegalesas; y la cooperación como esperanza de vida máxima.

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Leticia crea. Con generosidad y amor. Crea los viajes personalizados, experienciales y solidarios. Crea porque es creadora. Crea su ropa y accesorios y las comercializa a través de su marca homónima, realizada en los talleres de Kassumay Senegal, en Dakar y M’Bour, y en Valencia, aquí con mujeres inmigrantes supervivientes de violencia de género.

También crea amor a través de su ONG, Kassumay, que cuando conoces alcanzas otra dimensión del destino y de las fórmulas que lo hacen posible mirando al cielo o al infierno. Porque trabaja para transformar la vida de la infancia por la vía de la educación, única fórmula capaz de romper el círculo vicioso de la pobreza, y para liberar a las senegalesas mediante alfabetización y trabajo.

La nuestra, la dimensión de diez mujeres en viaje de inmersión, no sabría a qué potencia elevarla. Pero sí sé que, tratándose de un grupo variopinto del mundo de la empresa, el cine, el arte, la moda, el periodismo…, en su inmensa mayoría no conocíamos el África subsahariana, hemos chocado contra una estratosfera de emociones. Unas emociones hechas de pobreza extrema, analfabetismo, higienización bajo mínimos… y también bellas sonrisas, paz, belleza y armonía, a cuatro horas y media de nuestra vida más o menos muelle.

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Volvemos, vuelvo, con la sensación de haber visitado un infierno de sonrisas de cielo, en un país que se define por una palabra, “teranga”, que significa hospitalidad.

Volvemos, vuelvo, con la sensación de haber realizado un viaje agitador de conciencias, que te descubre lo que en el fondo ya sabemos: no solo es que tengamos de todo, es que no sabemos disfrutar de todo, como niñas y niños cualquiera que, en su cumple, hastiados de tantos regalos, acaban jugando con una pinza de tender la ropa.

Pero hablaba de derechos humanos y no en vano.

Cuando se acude a Senegal, es parada obligatoria la isla de Gorea (Gorée en francés). No sé si podríamos denominarla isla de los esclavos. Supongo que no, porque había otros puntos desde donde se vendían cuerpos humanos para trabajar básicamente en la zafra en las colonias.

La realidad es que en la isla, a tres kilómetros de la costa de Dakar, existe una casa esa sí, llamada “de los esclavos”, de la que salían hombres, mujeres y niños vendidos; familias a las que se separaba cada uno en busca de un obligado destino, en un tercio de las ocasiones sin futuro. Pues ni siquiera la fortaleza por la que eran seleccionados, vendidos y comprados, garantizaba la supervivencia en la travesía.

Ya me habían avisado del impacto. Muy bestia. De esos momentos en los que renuncias a la clase humana, cruel hasta límites insospechados. La emoción era visible en cualquiera de los grupos a los que dirigieras la mirada. El dolor se reflejaba en todas las caras.

El alivio al salir de aquella casa, que es una de las muchas que para tal fin existían en la isla, el punto más occidental de África y, por tanto, más cercano a América, equivalía a respirar profundamente consolados por una cerveza o un plato típico senegalés reconociendo el cambio experimentado por la humanidad.

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¡¿Perdona?! ¿Cambio? La palabra cayuco no es un invento. Las canoas, los cayucos que llegan hoy a las Islas Canarias, tampoco (en 2022, más de diez mil personas). Y parten entre otros lugares de las costas senegalesas.

¿Acaso no se trata de otra manera de esclavitud? Personas vendidas por las mafias, con las falsas promesas de una tierra prometida, que no es la suya, que no es mejor y que en muchas ocasiones no llega nunca, pues tampoco hoy la supervivencia está garantizada en la travesía, tampoco si la hacen a pie.

No son esclavos. Uno no elige la esclavitud. Pero sí son seres esclavizados. De igual manera que las mujeres vendidas, víctimas de trata para la prostitución. También muchas subsaharianas. Esclavizadas. Prostituidas.

Y aún hay más. 174 años después de la abolición de la esclavitud en Senegal y en Francia; 185 años después de la abolición en España; 189 años después de la abolición en el Reino Unido, tan solo unas horas después de abandonar aquella casa en la isla, aliviadas por un tiempo de libertad, nos cruzamos con niñas y niños acarreando botes de plástico andando por las calles de la capital.

En soledad, aunque en grupo. Niños y niñas de la calle esclavizados por quienes teóricamente estaban destinados a liberarlos, esos profesores coránicos o como quiera que se llamen semejantes seres a quienes entregan lo recaudado y que por educación transmiten golpes. Niños y niñas talibés.

Sentí vergüenza.



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